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La hegemonía de la hegemonía y el encuentro del encuentro, por Lilian Bermejo-Luque y Javier Rodríguez Alcázar

Hay una concepción de la política que se puede remontar al menos hasta Carl Schmitt y que han recogido, en cierta medida, representantes más recientes del realismo político como Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, autores de cabecera de algunos dirigentes de Podemos. De acuerdo con esta concepción lo político se define a partir de la dicotomía amigo/enemigo y de la pugna por conseguir la hegemonía. Aunque Mouffe, por ejemplo, suaviza algo la noción de antagonismo de Schmitt, en su visión agonística la política consistiría ante todo en que cada cual identifique su bando (algunos quizá puedan elegirlo; a la mayoría, el bando simplemente les toca) y luego ayude a ese bando suyo a derrotar al otro.

Esta concepción está muy extendida: en la teoría y en la práctica política; entre la derecha y la izquierda. Diríamos que es hegemónica. Por eso en el título de esta entrada se habla de “la hegemonía de la hegemonía”.

Naturalmente, la política confrontacional ya se practicaba, en España y en otros lugares, mucho antes de ser influida por estos autores. Somos también conscientes de que la siguen practicando con gran entrega y fruición muchos militantes que ni los han leído ni piensan leerlos. Pero creemos que esos militantes han podido encontrar cierto refrendo a sus ancestrales prácticas en la obra de los autores mencionados. La izquierda ha entendido la pugna por la hegemonía como una cuestión de clase. La clase trabajadora, sometida por la burguesía en el sistema capitalista, debía arrebatar a esta la hegemonía para dar paso a la sociedad sin clases, a la sociedad comunista. En cambio, para algunos teóricos podemitas influidos por Laclau y Mouffe y, en general, para los imbuidos de lo que se ha dado en llamar “populismo”, los enemigos no son los burgueses, sino “los de arriba”, y serían “los de abajo” los que habrían de disputar la hegemonía a los de arriba. La razón para adoptar esta perspectiva sería el reconocimiento de la complejidad de la situación en las sociedades post-industriales: entre “los de abajo” puede haber mujeres de origen burgués, empleados de clase media precarizados que pierden su casa porque no pueden pagar la hipoteca o jóvenes de familias acomodadas que solo encuentran trabajos que no se corresponden con su cualificación.

Un problema de la concepción agonística de la política, en cualquiera de sus versiones, es que los escenarios de acción política se multiplican y, con ellos, los enemigos y los grupos que pugnan por la hegemonía. Así, muchos militantes de izquierda con dilatada trayectoria reconocerán que han dedicado más tiempo a conseguir la hegemonía dentro de la izquierda que a ganarla para la izquierda misma. Incluso reconocerán que se han desgastado más intentando conseguir esa hegemonía dentro de su partido que intentando ganarla para el partido mismo. Por desgracia, también dirán que han encontrado dentro de la izquierda y del propio partido a sus más encarnizados enemigos. Como la hegemonía es un concepto dicotómico, puestos a luchar por ella frente a otros, ¿dónde trazar la divisoria entre “nosotros” y “ellos”?

La concepción agonística de la política ha sido hegemónica, como decimos, no solo entre los representantes de la “vieja política” o de la “vieja izquierda”. También la encontramos en un partido joven como Podemos, incluso a escala local. En la imaginación de algunos estrategas locales, el plan parece consistir en hacerse primero con la hegemonía en el círculo del barrio, luego en el municipio, luego en la región y así hasta la revolución universal. Por desgracia, a esas estrategias de lucha por la hegemonía les pasa lo que a los molinillos manuales de café: que se encasquillan en la primera vuelta. Entonces, la lucha se eterniza y la hegemonía nunca llega. El Frente Popular de Judea solo conoce victorias pírricas.

Una solución a los enfrentamientos internos que viene sufriendo Podemos consistiría en aleccionar a los militantes para que sean schmittianos solo por las mañanas, cuando peleen contra otros partidos en el Ayuntamiento o en los parlamentos, pero no por las tardes, cuando se reúnan con sus compañeros de partido en asambleas y comisiones. Pero estando fuera del alcance de la mayoría la capacidad para obrar tan súbitos cambios de talante, parece más realista abogar por que todos dejemos de ser schmittianos las 24 horas del día y adoptemos una visión menos agonística de la política. Para eso es necesario combatir la idea de que la política es “esencialmente” una lucha por la hegemonía y hacer ver que caben formas más cooperativas de practicarla. A esta apuesta por la cooperación se la podrá tildar de ingenua; a cambio, Carl Schmitt era nazi. Puestos a ser etiquetados injustamente, preferimos que nos recusen por ingenuos que por nazis.

En un reciente artículo, Amador Fernández-Savater habla de una “política del encuentro” como punto de partida para redefinir las clases sociales a partir de la condición más común en nuestro tiempo: la precarización. Hay que saludar las palabras de Fernández-Savater porque no es tan frecuente que alguien en la tradición de la izquierda hable más del encuentro que de la hegemonía. Es tan infrecuente como encontrar el Arca Perdida. Por eso en el título hablamos del “encuentro del encuentro”.

Ahora bien, la propuesta de Fernández-Savater no acaba de llevarnos muy lejos. Es verdad que para Fernández-Savater el sujeto político ya no está dado, sino que ha de auto-construirse, que tiene una conformación variable y que puede ser el resultado de un “encuentro”. Pero Fernández-Savater, como Laclau, Mouffe y otros muchos autores posmodernos, no acaba de explicarnos por qué razón deberíamos alinearnos con un determinado sujeto político, por muy volátil, posmoderno y encontrado que sea. Si no hallamos esa razón, ¿cómo sabremos que hemos construido el sujeto político adecuado? ¿Cómo diferenciar un populismo guay de, por ejemplo, un populismo de derechas (fascista)? Albert Rivera también está intentando reconstruir un sujeto (los españoles) frente a un adversario (los separatistas); ¿por qué su relato estaría errado y el nuestro no?

Creemos que se necesitan otros mimbres. Debemos trascender tanto el concepto mismo de clase como la dicotomía arriba/abajo y redefinir la política. En realidad, no es un cambio de agenda tan radical. Al fin y al cabo, el objetivo de los marxistas y anarquistas del XIX no era que el proletariado sojuzgara eternamente a la clase burguesa y disfrutara de su conquistada hegemonía por los siglos de los siglos, sino más bien construir una sociedad en la que todo el mundo conviviera fraternamente. Tampoco es el objetivo del movimiento feminista conseguir la hegemonía de las mujeres sobre los hombres, sino terminar con la hegemonía que tradicionalmente han ejercido los varones en las sociedades patriarcales. Anarquistas, comunistas y feministas han querido convencernos de que una sociedad justa e igualitaria es preferible no porque sea mejor para una determinada clase o género, sino porque finalmente es mejor para todos, incluso para quienes se resisten a renunciar a sus privilegios. Pero ahora muchos en la izquierda parecen tan resignados a no conseguir estos objetivos que se afanan menos por construir esa vida en común que por la épica de la victoria sobre el enemigo.

Partiendo más de las aspiraciones últimas de esas tradiciones de la izquierda que de sus enredos estratégicos, estamos desarrollando una concepción de la política que llamamos minimalismo político. El nombre se debe a que no somos tan ambiciosos como otros filósofos, que postulan una finalidad que cualquier comunidad política debería perseguir en todo tiempo y lugar. Para los utilitaristas, esa finalidad es el bienestar; para Kant, la libertad; para Hobbes, la seguridad; para otros, la virtud o la justicia. En fin, el hecho de que entre ellos no se pongan de acuerdo nos parece un indicio de que quizá la estrategia no vaya bien encaminada. Nosotros preferimos pensar que cada comunidad determina por sí misma cuáles son sus fines. Para nosotros, la política no es más que un intento de responder a la pregunta “¿qué hacemos?” y quien se hace esa pregunta no es necesariamente una clase social, sino cualquier comunidad constituida (una comunidad de vecinos, una ciudad, un país). La buena política es la que ofrece buenas respuestas a esta pregunta. La derecha hace mala política porque sus respuestas tienden a beneficiar solo a unos pocos. A veces, incluso perjudican a todos a la larga, como en el caso de la inacción ante el cambio climático.

Sin duda, averiguar qué es lo mejor para el conjunto en cada caso no es tarea sencilla. Se requiere conocimiento empírico sobre las aspiraciones y necesidades de la comunidad y sobre los medios a nuestro alcance, además de capacidad para establecer prioridades y hacer planes a largo plazo. Pero que la respuesta a “¿qué hacemos?” no sea sencilla no significa que la pregunta no tenga sentido. Que pueda haber respuestas a esta pregunta y que sea posible construir un acuerdo en torno a ella, nos lleva a pensar que el antagonismo político no es ni inevitable ni irreductible, como piensan los autores de marras.

Este mero pensamiento puede producir, creemos, cierto alivio entre quienes llevan mucho tiempo contemplando con desaliento cómo las distintas facciones de su partido se destruyen entre sí, sin más plan aparente que el de conseguir la hegemonía. Pero, ¿tiene alguna traducción más significativa en la práctica? Creemos que sí. Para empezar, puede frenar las dinámicas de enfrentamiento dentro de nuestras organizaciones políticas. Los autores de este artículo y algunos compañeros y compañeras estamos empeñados en que el partido en el que militamos gaste menos energías en la confrontación interna y pueda utilizarlas para mejorar las condiciones de vida de la gente de nuestra ciudad. Si nos hacen caso y nuestra candidatura está presente en el Consejo Ciudadano Municipal de Granada, el siguiente paso será promover la confluencia de fuerzas políticas progresistas en la ciudad. Estos planes quizá recuerden a los cuentos de la lechera de los defensores de la hegemonía que hemos criticado más arriba, pero la estrategia de la hegemonía no nos ha llevado demasiado lejos hasta ahora. Está por ver dónde nos lleve la estrategia del encuentro.

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Las tres almas de Podemos

En una entrada anterior defendí la política de abajo arriba. Desde entonces, seguramente la mayor novedad en la política española ha sido la irrupción de Podemos, un movimiento cuyo principal reclamo es, precisamente, practicar una política de abajo arriba. Siguiendo con nuestro manual de política tridimensional, el ejercicio de hoy consiste en comprobar si esa etiqueta le cuadra a este nuevo grupo político.

La respuesta no es fácil porque dentro de Podemos conviven tres almas, y cada una de ellas interpreta de forma distinta eso de practicar la política de abajo arriba.

Esto que digo no es del todo nuevo. Algunos ilustrados comentaristas ya han dicho que hay dos tendencias en tensión dentro de Podemos. Yo digo que hay tres, porque algo tendré que añadir: con todo lo que se ha escrito sobre Podemos, no voy a perder el tiempo en decir lo mismo. Además, mejor que de “tendencias”, yo prefiero hablar de “almas”, que suena más poético.

 La primera de las almas de Podemos es la anticapitalista, que está presente sobre todo en los miembros del grupo Izquierda Anticapitalista y en antiguos militantes de partidos de izquierda. Para éstos, la política de abajo arriba consiste ante todo en la conquista del poder por los “de abajo” como paso ineludible en la construcción de una sociedad sin clases. De acuerdo con la tradición marxista, “los de abajo” se identifican con el proletariado (el del siglo XXI, que no es exactamente el mismo que el del XIX) y el instrumento sigue siendo la lucha de clases, aunque a los recursos tradicionales de ésta (las barricadas, las huelgas o el arte proletario) se suman ahora recursos técnicos novedosos, como los muros de Facebook y los Círculos Podemos. Quienes descalifican a Podemos como otro partido más de la extrema izquierda (por ejemplo, toda la “caverna mediática”, pero también Joaquín Sabina) se fijan sobre todo en esta primera de sus almas y, al hacerlo, solo cuentan parte de la verdad.

 La segunda es el alma que, siguiendo a los comentaristas de marras, podemos llamar populista. Es la que está más presente en la comisión promotora de Podemos y en sus portavoces más conocidos, como Pablo Iglesias. Estos siguen viendo la política como una defensa de los de abajo frente a los de arriba, aunque hacen una lectura más amplia de los de abajo, hasta incluir a todas las buenas gentes (los parados, los médicos, los estudiantes, los hipotecados, los investigadores…, muchos de ellos venidos del 15M y de las mareas ciudadanas) que se sienten justamente indignados y estafados por los de arriba, también novedosamente reinterpretados como la casta. En el discurso de estos portavoces las referencias a la lucha de clases y la revolución proletaria ceden el protagonismo a la reivindicación de incumplidos derechos constitucionales, como el derecho a la vivienda y al trabajo. Los anticapitalistas (y Willy Toledo) dicen que estos otros son, en realidad, socialdemócratas, lo cual viniendo de los anticapitalistas no es ningún cumplido. El nombre de populistas les viene de la influencia que han recibido de representantes del llamado “populismo latinoamericano” post-marxista, como el difunto Ernesto Laclau, un politólogo argentino con algunos aciertos teóricos y un gran desacierto práctico: haber vinculado voluntariamente la suerte de sus teorías a la del kirchnerismo. Le puede pasar (póstumamente) lo que le pasó a Philip Pettit cuando eligió a Zapatero como encarnación viviente de su republicanismo. Que el señor les conserve el olfato a los filósofos políticos.

 Queda, en mi opinión, un alma más de Podemos, en la que no suelen reparar sus detractores, un alma que se solapa con las otras dos y que, aunque sea más afín a la segunda, no acaba de identificarse con ninguna de ellas. La llamaré su alma democrática. Es el alma que se encarna, por ejemplo, en estos portavoces locales que insisten en que Podemos no es un partido, sino un método para la participación de personas con convicciones diversas, que no tiene ideología y que no es, dicen literalmente, ni de izquierdas ni de derechas, sino “sentido común”. A algunos estas palabras les sonarán ingenuas (el sentido común tiene muchas interpretaciones), pero creo que aquí encontramos la principal novedad de Podemos y la principal explicación de su inesperado éxito en las urnas; también creo que Podemos tiene futuro como proyecto político a largo plazo solo si este alma se impone a las otras dos. Y alguna tendrá que imponerse, porque hay que elegir entre primar los contenidos o primar el método. Verbigracia, si un grupo se llama a sí mismo “Izquierda Anticapitalista”, podemos inferir que sus miembros ya han decidido, antes de empezar a discutir, que el capitalismo es malo. Pero entonces, ¿para qué necesitan el método?

 En Podemos hay un método y unos contenidos. A mí el método me parece muy bien. Los contenidos, a veces sí y a veces no. Pero en estos momentos es más importante el método que los contenidos. ¿Por qué? Porque la gente de la calle no se cree los contenidos de los programas, y hace bien. Por ejemplo, ahora todo el mundo está de acuerdo en que hay que luchar contra la corrupción. ¡Hasta la presidenta de la Junta de Andalucía! ¡Hasta la vicepresidenta del gobierno! No paran de decir que ellas y sus partidos están comprometidos contra la corrupción, pero a estas alturas casi nadie les hace caso, como es natural.

 Por eso, a partidos como UPyD y Ciudadanos no les basta con decir que están contra la corrupción, por la transparencia, por la participación y contra la vieja política. Necesitan mostrar en su praxis que están muy lejos de las maneras del PP y del PSOE y, como señalé en una entrada anterior, justamente de eso no nos acaban de convencer. Podemos podría decepcionar a sus seguidores si cometiera el mismo error que UPyD y Ciudadanos: dar más importancia a los contenidos que al método y utilizar éste como un mero recurso pedagógico o propagandístico mediante el cual demostrar los axiomas que ya se aceptaban antes de aplicar el método. En otras palabras: Podemos corre el peligro de convertirse en un partido más (eso sí, de izquierdas) si se impone tanto su alma anticapitalista como su alma populista; de la misma manera que UPyD y Ciudadanos corren el peligro de convertirse en dos partidos más (eso sí, de centro), si siguen más preocupados por su escaparate programático que por el funcionamiento de sus tripas.

 Así pues, aquellos portavoces locales de Podemos tienen razón cuando dicen que lo fundamental es el método (la participación, la democracia, la movilización de los que no estaban movilizados) y no la ideología, el anticapitalismo, el populismo o la izquierda. Ellos quizá no han leído a Laclau, ni a Althusser, ni a Chantal Mouffe, ni a Gramsci, ni a Lacan ni a Derrida (o a lo mejor sí: vaya usted a saber). Pero han disuelto algunos dilemas viejunos sobre la viabilidad de la democracia participativa manejando los tuits y el whats up con unos dedos vertiginosos que son la envidia de los que tenemos más años; y han sabido conectar con la gente de la calle mejor que ninguno de esos políticos culturetas de izquierda que han intentado durante décadas, infructuosamente, explicarles a las masas las bondades del post-estructuralismo.

 Ojalá el alma democrática se imponga en Podemos al alma populista y al alma anticapitalista. Mi novia tiene más esperanzas que yo con respecto a esto. Quizá porque ella es de la Generación X y yo más bien pertenezco al Baby Boom, y los del Baby Boom somos pesimistas por buenas razones.

 Sería bueno para Podemos y para el país que acabara imponiéndose el alma democrática. Podemos podría recibir entonces el apoyo de gentes que no saben si quieren destruir el capitalismo o acabar con la globalización pero sí tienen claro que quieren encontrar puestos de trabajo para los jóvenes, reducir gastos estúpidos y privilegios irracionales, y echar a los políticos corruptos. Solo así podría Podemos superar el techo tradicional de IU y ser algo más que un partido que defiende los intereses de un bando.

 Seamos, por un momento, incluso más optimistas e imaginemos que el alma democrática se impusiera, en general, en los nuevos partidos y movimientos políticos (Equo, UPyD, Ciudadanos, Podemos) por encima de sus dogmas respectivos. Entonces podríamos aspirar a una política mucho más de abajo arriba, una política que escuche a la gente y busque soluciones libres de dogmas a los retos de un mundo cambiante; una política en la que no habría desaparecido la confrontación, en la que convivirían almas diversas, pero que tendría, al menos, alma.

 En cuanto a los viejos partidos, hace tiempo que vendieron su alma y lo mejor es que la marea se lleve pronto los cadáveres.

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