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El centro descentrado

Es lo que pasa cuando se confunde la política con un torneo de debate de la Northwestern University. Uno quiere ganarse al ala derecha del auditorio y agradar a los patrocinadores y entonces, ¡zas!, se le ocurre, por ejemplo, que uno puede defender la intervención militar de España en Siria, como hizo Albert Rivera un día de noviembre. O bien uno puede prometer un importante aumento en el gasto militar si llega a gobernar, y así lo hace el Programa Electoral de Ciudadanos para las elecciones generales de 2015 en su página 331. Como estamos de debate y hablamos por hablar, el aumento prometido puede ser bastante grande, pero no se preocupen: sobre este asunto ya volveremos “siempre que el contexto económico lo permita”. Esto último, por si no se han percatado ustedes, se parece bastante a la forma de hacer programas electorales (y no cumplirlos) del Partido Popular.

Cuando a Albert Rivera le preguntan de dónde va a sacar el dinero para algo suele acordarse del Senado. No hace falta cerrar escuelas ni hospitales para pagar las facturas, dirá, porque podemos cerrar el Senado. Ahora bien, para alcanzar “los objetivos presupuestarios a los que España se ha comprometido con sus socios y aliados, avanzando paulatinamente hacia la media del % del PIB destinado a Defensa de los países europeos de nuestro entorno” (la cita, de nuevo, proviene de la página 331 del Programa Electoral de Ciudadanos), para eso no basta con cerrar el Senado, ni varios Senados, ni todas las diputaciones provinciales. Porque estaríamos hablando de doblar, y algo más, el presupuesto militar español, pasando del 0,8% o 0,9% del PIB al entorno del 2% que recomienda la OTAN.

Con la promesa de doblar el gasto militar español “siempre que el contexto económico lo permita” pueden pasar dos cosas: que el contexto económico no lo permita, lo cual es malo (porque todos querríamos ver mejorar el contexto económico ese), o que sí lo permita, lo cual tampoco es bueno, porque gastar más de la cuenta en Defensa puede volver a jorobar dicho contexto económico (y, de paso, embarcar a nuestra gente en alguna aventura bélica de incierta salida). En cualquier caso, llegue o no Albert Rivera a ser presidente del gobierno, cumpla o no su promesa de doblar el presupuesto militar, lo que está claro es que ni esa promesa ni el afán por mandar tropas a Siria son propias de un partido moderado. Son más bien típicas de un partido de extrema derecha (y de François Hollande, que hace tiempo no sabe de qué es, y así le va a su partido). De hecho, ni siquiera un partido oficialmente de derechas como el PP se ha atrevido a ir tan lejos en estos dos asuntos.

Ahora bien, ¿por qué un partido dizque de centro se descuelga de pronto con propuestas de extrema derecha? Quizá porque toca compensar otras propuestas suyas que son tenidas por izquierdosas por parte de su potencial electorado de centro-derecha, como mantener la ley de plazos para el aborto y oponerse al fracking. Ciudadanos quiere agradar a sus posibles votantes de centro-derecha y de centro-izquierda, intenta que su rueda siga girando triunfalmente en torno al eje del estricto centro político y con ese fin sus estrategas golpean la llanta a uno y otro lado en cuanto detectan alguna desviación. Pero con tanto golpe la llanta se abolla y la rueda, que dista ya de ser perfectamente redonda, chirría cuando gira y produce un desagradable traqueteo cuando tiene que rodar sobre el mundo real.

El avance de Ciudadanos es innegable, pero su maquinaria arrastra algunas averías, que son de esas averías que uno puede ignorar un tiempo pero que acaban saliendo a la larga. De algunas de esas averías ya avisé hace algún tiempo, aunque poco antes, reconozco, me había dejado engañar por las apariencias. Las apariencias eran que Ciudadanos parecía encarnar una forma realmente nueva de hacer política, que había dejado atrás la simple taxonomía lineal de las izquierdas y las derechas y reclamaba un lugar original en una cartografía más compleja, bidimensional o, incluso, tridimensional. Sin embargo, en la práctica la estrategia política de Ciudadanos se ha reducido a buscar un hueco entre el PP y el PSOE y a hacer ese hueco lo más grande posible a base de no molestar demasiado a los votantes desencantados más moderados de ambos partidos y subrayar las diferencias con Podemos.

Un partido de centro no es mucha novedad, que digamos. Partidos-bisagra centristas han tenido su lugar, mayor o menor, en muchos países europeos durante las últimas décadas, y en España tenemos los precedentes de la UCD y el CDS de Adolfo Suárez, el político que Rivera ha adoptado como su principal modelo. Pero no nos engañemos: ser de centro no es, en sí mimo, una virtud. El centro era quizá la opción necesaria en la España de los años 70 (y seguramente el gran acierto de Suárez fue percatarse de ello), pero no aporta demasiado en la segunda década del siglo XXI, cuando las viejas encarnaciones del bipartidismo llevan décadas compitiendo por ese mismo espacio. Si en Ciudadanos fueran capaces de hacer una lectura tridimensional y no monodimensional de la política, quizá se darían cuenta de que en muchos asuntos pueden y deben estar más cerca de Podemos que del PP o del PSOE, y abrirían la puerta a escenarios mucho más interesantes, regeneradores y esperanzadores para después del 20-D.

Ojalá que Ciudadanos llegara a superar y desplazar al PP en las próximas elecciones. Esta sería una estupenda noticia, entre otras cosas porque demostraría que la ideología de los votantes no los ha hecho completamente ciegos y sordos ante la corrupción, la mediocridad y la desfachatez. Ojalá, al menos, que Albert Rivera consiga un buen resultado en las próximas elecciones, aunque no gane. Pero ojalá que, en cualquiera de los dos escenarios, alcance a comprender que no estamos en los años 70 y que sus opciones no se reducen a un plácido suicidio en el regazo del PP o del PSOE. Para empezar, Rivera puede llamar a Nick Clegg (el ya políticamente malogrado líder de los liberal-demócratas británicos) y preguntarle qué le pasa a un partido centrista que pierde la imaginación tras la elecciones y se convierte en un apéndice de la vieja política.

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