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Las izquierdas y el optimismo

Hay cosas que uno hace como con miedo, porque ya se barrunta lo que va a pasar. Verbigracia, el otro día yo ya sabía lo que me iba a pasar si hacía lo que me disponía a hacer, pero lo hice. Qué demonios.

Resulta que me llegaron por Twitter unas estadísticas esperanzadoras. Unos gráficos muy interesantes de Max Roser, de la Universidad de Oxford, que mostraban cómo han mejorado (espectacularmente) varios parámetros desde 1820 hasta nuestros días. Por ejemplo, según esos gráficos, si en 1820 el 94% de la población mundial vivía en la pobreza extrema, ahora solo el 10% de los habitantes del mundo vive en esas terribles condiciones. O si en 1820 había un 88% de personas analfabetas en el mundo, ahora hay (todavía) un 15%. A estos gráficos los acompañaban otros, igualmente espectaculares, sobre democracia, educación básica, vacunación y mortalidad infantil.

Lo que más me alegró de mirar los gráficos fue prolongar aquellas líneas con la imaginación y pensar que en pocos años la pobreza extrema podría desaparecer; o que todos los niños y las niñas del mundo podrían tener acceso a educación básica hacia el año 2050, si las cosas no se tuercen.

Pues sí: yo me alegré. Creo que todo biennacido debería alegrarse de algo así. Es verdad que a todos esos datos se les pueden poner reparos. Por ejemplo, es discutible que la riqueza, medida en dólares per capita, sea el mejor indicador de la buena vida; pero también es verdad que la pobreza extrema tiene una definición muy precisa, que vivir en una situación de pobreza extrema es algo terrible, y que debemos alegrarnos de que el porcentaje de personas que viven en situación de pobreza extrema sea menor cada década que pasa. ¿O no? También es verdad que en ese 86% de personas que han recibido o reciben actualmente algún tipo de instrucción (comparadas con el 17% que la recibían o habían recibido en 1820), se incluyen tanto los que van a Eton como los que se amontonan junto a otros 40 compañeros, alrededor de un único maestro o maestra, en una pobre barraca sin luz eléctrica. Pero al menos van a la escuela muchos y muchas más que en 1820, y también deberíamos alegrarnos por eso. ¿O no?

Sí, yo me alegré, me sentí (moderadamente) esperanzado y decidí compartir mi alegría a través de Twitter. Pero dudé, porque sabía lo que iba a pasar. La gran mayoría de mis seguidores en Twitter son, para entendernos, de izquierdas (yo, pecador de mí, también lo soy), y entre los de izquierdas el optimismo no tiene buena prensa. Cuando alguien dice que las cosas van mejor, la gente de izquierdas tiende a pensar que ese alguien es un tonto del bote, o que no está bien informado o, peor aún, que ese alguien es de derechas. Pero me irritó pensar esto. ¿Por qué la alegría debe ser patrimonio de conservadores y neoliberales? ¿Estamos condenados los de izquierdas a ser siempre los cenizos y aguafiestas de las reuniones familiares?

Me armé, pues, de valor y retuiteé los gráficos, diciéndome a mí mismo: “seguro que me dicen lo de la desigualdad”. Y me lo dijeron: un amigo contestó enseguida recordándome que la desigualdad está creciendo en el mundo. Tuve, pues, que aclarar que lo sabía y que me parecía terrible. Estaba siendo sincero: lamento que aumenten las desigualdades casi tanto como si la culpa fuera mía, y creo firmemente que hay que tomar medidas para cambiar esa tendencia. Ahora bien: tan cierto como que aumentan las desigualdades es el hecho de que el número de personas vacunadas se ha triplicado en los últimos 30 años. ¿Tengo menos derecho que un neoliberal a alegrarme por esta noticia? ¿O tengo que torcer el gesto porque la proporción de niños que mueren antes de cumplir los cinco años se haya reducido del 43% al 4% en los últimos 200 años?

Otro tuitero me señaló que el mismo tipo de Oxford cuyos gráficos yo reproducía incluye en su web otros menos halagüeños, y me envió uno del mismo autor sobre cambio climático. Claro: es que el tipo este de Oxford es un tipo serio, y en el mundo hay datos muy malos. Casi todos los relacionados con el medio ambiente son muy malos. En realidad, también es muy mal dato el que siga habiendo un 10% de la población mundial en situación de pobreza extrema, o que un 15% no haya aprendido a leer. Son malos datos porque hace tiempo que podríamos y deberíamos haber erradicado la pobreza y el analfabetismo, porque técnicamente es posible, y los de izquierdas tenemos toda la razón al recordarlo y al reclamar cambios urgentes. Pero el que sean malos esos datos no impide que sean mejores que hace unas décadas, y mucho mejores que hace 200 años.

¿O es que solo hemos de creer los de izquierdas al tipo de Oxford cuando nos envía datos malos y hemos de desconfiar por sistema de las buenas noticias? Si los datos son fiables, el resistirse a aceptarlos y reproducirlos cuando son positivos solo sirve para desprestigiar nuestras posiciones y amargar al prójimo. Quizá, además, esa contumacia consiga desanimar a quienes quieren cambiar el mundo desde posiciones de izquierda, con la única excepción de aquellos fanáticos convencidos de que cuanto peor, mejor. Y yo no estoy convencido de tal cosa. Yo estoy convencido de que hay realidades, como la del cambio climático, que van mal y que pueden ir mucho peor si la especie humana no actúa con determinación; y también estoy convencido de que lo que ha mejorado, como las magnitudes a las que me refería más arriba, no lo ha hecho espontáneamente, o porque una fuerza misteriosa nos guíe teleológicamente por el camino del progreso: esos logros han sido trabajosamente alcanzados gracias al esfuerzo y al sacrificio de muchas generaciones de mujeres y hombres de todas las latitudes y de todos los oficios, y entre toda esa gente ocupan un lugar destacado miles de pensadores, activistas, sindicalistas y gente llana de izquierdas que han luchado arduamente para conquistar derechos que hoy nos parecen evidentes. Estas conquistas deben mucho a la fe y al optimismo de quienes las lograron, y ahora nos arriesgamos a perderlas si perdemos esa fe y ese optimismo.

Ahora bien, ser optimista no es lo mismo que comulgar con ruedas de molino. Como a todos mis compañeros de la izquierda, me parece inaceptable que, a pesar de las capacidades tecnológicas y los recursos que están ya a disposición de los seres humanos, el acceso de los niños y las niñas a la educación reglada, a las vacunas o a una atención sanitaria adecuada siga dependiendo del país y la familia en la que hayan tenido la suerte de nacer; y, desde luego, es inaceptable que millones de personas sigan viviendo en la más extrema pobreza. Tenemos que reclamar que esas situaciones, y muchas más, cambien, y que lo hagan deprisa. Pero tenemos que hacerlo con la confianza de que el cambio es posible. Y lo es. Prueba de ello es que muchos datos relativos a la condición humana han mejorado a lo largo de los últimos siglos, y la izquierda debería estar orgullosa de haber contribuido, con sus denuncias, sus propuestas y su lucha, a esa mejora. Si estamos dispuestos a seguir luchando tenemos derecho al optimismo; incluso tenemos derecho a una contenida alegría.

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