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PABLO IGLESIAS Y JUEGO DE TRONOS: LA POLÍTICA DE LOS POLÍTICOS O LA POLÍTICA DE LA GENTE

La anécdota es conocida: el rey de España visita a los parlamentarios españoles en Bruselas y Pablo Iglesias le regala la colección en DVD de Juego de tronos.

Yo para regalo lo veo bien, la verdad. Quizá le habría hecho mejor apaño uno de esos regalos que las madres llaman “prácticos” (una atornilladora eléctrica o un peso de cocina, por ejemplo), pero todos tenemos un je-ne-sais-quoi frívolo en virtud del cual preferimos que nos regalen un espectacular sombrero de ala ancha que nunca nos pondremos o una serie de moda que nunca veremos.

Además, don Felipe no pensó que el regalo fuera con segundas ni con mala baba: don Felipe sabe que Pablo Iglesias ha leído, con tanto interés como él, mi entrada anterior sobre la monarquía y que, en consecuencia, cuando dice que es republicano lo dice con la boca chica, como cuando decía lo de la renta básica. Por eso, lejos de molestarse, don Felipe se pondría tan contento cuando abriera el envoltorio y comprobara que la serie estaba completa, aunque ya se figuraría que la serie no la podrá ver hasta que las niñas se pongan grandes (mientras tanto, habrá que seguir disfrutando en familia con Dora Exploradora).

Descartada la hipótesis de la mala baba, yo pienso que Pablo Iglesias le regaló los DVD a don Felipe porque le gusta la serie y quiere que otros disfruten tanto como él (él, claro, no tiene niñas pequeñas y, después de visitar algunas casas okupas y asambleas de barrio, no se escandaliza con tanto fornicio y tanto degüello). La serie le gusta hasta el punto de que ha coordinado un libro sobre el asunto. Uno casi diría que es un poco friki del tema.

Ahora bien, ¿por qué le gusta tanto Juego de tronos a Pablo Iglesias; por qué cree, seguramente de forma sincera, que el rey podría verla con aprovechamiento? Mi explicación es que Pablo Iglesias es un político vocacional camino de convertirse en político profesional, por mucho que abomine de esta figura. Como a cualquier político vocacional, le fascina, igual que a los historiadores de la vieja escuela, la política extraordinaria: la política de los señores de la guerra y sus conquistas, la política de las intrigas, los magnicidios y los elocuentes discursos, la política de los bandos irreconciliables, las revoluciones tumultuosas y los vencedores inmisericordes; la política, en definitiva, de la conquista del poder. Quizá se vea como aquel gran jefe del clan Stark vallecano que redime finalmente a su pueblo y manda a galeras a la arrogante casta Lannister de la Moraleja.

Esta forma de entender la política tiene tanto ascendiente que ni siquiera consiguen librarse de ella quienes, en la izquierda, han abandonado la vieja retórica de la lucha de clases y abogan por un populismo que incluye a las clases medias, a una gran mayoría de gente corriente que sufre los abusos de una minoría ociosa y corrupta. Entre los defensores de ese populismo están dos autores que han influido muy notablemente en los líderes de Podemos: Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. Uno esperaría que entre las consecuencias de ese giro populista estuviera una visión más constructiva e integradora de la política, una concepción que buscara restañar heridas y fracturas, proponer proyectos que pudieran ser asumidos, idealmente, por todos, o al menos por una gran mayoría. Sin embargo, en estos autores pervive todavía una visión de la política como confrontación entre los nuestros y un enemigo que, aunque ya no se construya como uno de los polos de la dicotomía capitalista/proletariado, sigue siendo igualmente necesario para elaborar una estrategia agonística de conquista del poder. Así se pone de manifiesto en un momento de esta entrevista de Iglesias a la señora Mouffe.

Yo, sin embargo, tiendo a ver a la gente no como a esta tropa Stark que pelea contra los Lannister, sino como a esos extras de origen diverso que en Juego de tronos ven pasar al galope a los señores de la guerra y temen que su casa terminará chamuscada.

A la mayoría de la gente, incluso a quienes más nos interesa la política, no nos seduce el juego político tanto como a los políticos. La política nos interesa como la mejor herramienta para resolver los problemas que surgen cuando hay que coordinar acciones e intereses individuales muy diversos. Por eso no entendemos la política en términos de confrontación; buscamos soluciones a problemas y nos cuesta considerar enemigos a quienes proponen una solución distinta de la nuestra. Nuestros problemas no tienen que ver con la constitución de la Mesa del Parlamento, sino con la calidad de la enseñanza o la diferencia de sueldo entre hombres y mujeres. Valoramos cosas como la libertad, el bienestar, la seguridad y la justicia, aunque desconfiamos cuando oímos esas palabras pronunciadas en los discursos de los políticos y las traducimos en términos más llanos: nos gustaría que no hubiera más pobres ni más analfabetos, queremos un trabajo estable, queremos hablar sin miedo, ir a dónde nos dé la gana, sentirnos protegidos de epidemias, atentados terroristas y desmanes financieros. También esperamos que los gestores de la cosa pública resuelvan nuestros problemas cotidianos, que mantengan limpios esos sumideros que siempre se atascan cuando llueve, que sustituyan de una vez esa luz que parpadea en la farola de la esquina, que eliminen esa curva donde ya se han estrellado tres motoristas. Ahora bien, para los políticos profesionales preocuparse por los problemas de la gente es una estrategia instrumental para conseguir el poder. Así pues, comprendo que a Pablo Iglesias, como a otros políticos vocacionales, estos asuntos le parezcan algo aburridos, comparados con los objetivos de domesticar el capitalismo y desterrar la casta. Pero debería entender que para la gente el poder es un instrumento y no un fin en sí mismo; no un trofeo que arrebata a otros sino la posibilidad de que sus peticiones se escuchen y sus objetivos se realicen.

Pablo Iglesias no llegaría muy lejos si quisiera convertirse en otro campeón del gran torneo de la política tradicional, donde muchos y experimentados campeones montan unos soberbios alazanes que se alimentan en los pesebres del IBEX35. Si quiere realizar una contribución realmente importante, si de verdad quiere hacer gran política, Pablo Iglesias tiene que olvidarse de la política como confrontación y dejar a la gente que siga explicando lo que quiere. No debe permitir que lo aburra la rutina de los Círculos locales y las votaciones por internet. Debe dejar Juego de tronos para el ocio del fin de semana y seguir escuchando a la gente que anda por la calle.

Manual de política tridimensional, primer ejercicio: ¿monarquía o república?

Prometí en la entrada anterior de este blog discutir posibles objeciones a mi propuesta de una taxonomía tridimensional para la política e ilustrar esta mediante ejemplos y ejercicios. Ahora bien, puesto que las objeciones son prolijas de responder y los ejemplos numerosos, voy a dividir este manual práctico de geometría política en varias entregas. Esta decisión me permite, además, empezar con un acontecimiento de actualidad (la reciente abdicación de Juan Carlos I) y dedicarle a tan regio asunto una entrada para él solo, comme il faut.

Imaginemos que los marcianos han llegado en gran número a la Tierra. No se trata de una invasión organizada, como la de la Guerra de los Mundos, sino de una desordenada desbandada que, por razones que no hacen al caso, ha traído a varios miles de familias marcianas hasta la Tierra a bordo de sus vehículos particulares. Dada la imposibilidad de aplicar las leyes de inmigración en este caso (pues las naves han llegado con los niveles de su especial combustible marciano en la reserva y no podemos devolver los tripulantes a su planeta), y dada la incompatibilidad de los marcianos con las temperaturas de las regiones templadas, la ONU acuerda crear para ellos un Estado en la Antártida. Los marcianos habrán de redactar la Constitución de ese Estado y decidir cómo quieren gobernarse.

Pues bien: este blog ha sido nombrado (a saber por qué) asesor constitucional del nuevo Estado marciano de la Antártida, y antes que nada se nos pide consejo acerca de su forma de gobierno. El autor de este blog no simpatiza a priori con la monarquía, especialmente si hablamos de una monarquía absoluta, y conoce bien las razonables objeciones que suelen dirigirse a esa institución. Con todo, la respuesta de este blog a la consulta es tajante: no diremos una palabra al respecto mientras no sepamos mejor cómo son los marcianos (por ahora solo sabemos que no soportan el calor) y cómo quieren vivir. Nuestro compromiso con la política de abajo arriba nos impide comprometernos con ninguna solución a priori, aunque sabemos de otros pensadores más temerarios que, con los mismos datos, no dudan en producir informes defendiendo ora la monarquía parlamentaria, ora la república presidencialista.

Podemos, eso sí, prevenir a los marcianos contra algunos errores cometidos en el pasado por los terrícolas. Por ejemplo, es posible que los marcianos crean en alguna divinidad y que, aprovechándose de esa peculiaridad suya, algún avispado marciano intente justificar su inopinada ocupación del trono de la Antártida aduciendo que la divinidad así lo ha querido. Pero si alguno lo intentare, entonces instruiríamos a los marcianos en un conocido argumento que encontramos en los escritos de David Hume. Lo que señala Hume es que si aceptamos que quien ocupa el trono está legitimado a hacerlo porque la divinidad lo ha permitido, también habremos de admitir que cualquier otro hecho sucede porque esa divinidad lo permite, incluido el hecho de que un magnicida asesine al monarca y ocupe su puesto invocando, como su antecesor, la gracia de la divinidad. Lo que Hume viene a señalar, pues, es que la diferencia entre lo legítimo y lo ilegítimo no puede venir dada por lo que una divinidad omnipotente permite que suceda, porque entonces todo lo que sucede se convierte en legítimo y la diferencia se desvanece. Señalaré, de paso, que esto vale para los reyes marcianos y para los reyes de España: la justificación teológica de la monarquía es ineficaz, incluso, en un país (dizque) mayoritariamente católico.

¿Cómo podría legitimarse, entonces, la monarquía u otra forma de gobierno? Quizá algunos marcianos respondan: “Las leyes”. Esto es: un rey es el rey legítimo si lo es de acuerdo con las leyes vigentes. El problema es que los marcianos de la Antártida aún no tienen leyes. Están tratando, precisamente, de dotarse de algunas. Entre otras, de las leyes que establezcan quién debe gobernar. ¿Sobre qué base elegir, entonces, una u otra forma de gobierno y plasmarla en las leyes?

Este escenario marciano, por extraño que parezca, es pertinente para el caso español, porque nos recuerda que las leyes tienen un origen y una justificación. Esto significa que en algún momento hubo que preguntarse qué leyes eran las adecuadas y que en cualquier momento podemos preguntarnos si esas leyes siguen siendo las más adecuadas. En particular, quienes (empezando por el gobierno español) dicen que D. Felipe de Borbón está legitimado para ocupar el trono que deja vacante su padre porque así lo establecen las leyes, están respondiendo con una verdad obvia a una pregunta que nadie les ha hecho. Pues la pregunta interesante, la pregunta que sí hacen algunos, es si deberíamos cambiar las leyes, por los procedimientos que las mismas leyes permiten, bien para terminar con la monarquía, bien para consultar a los ciudadanos españoles acerca de la continuidad o no de esa monarquía.

De esta forma, llegamos a un punto en el que marcianos y españoles se enfrentan a una reflexión no tan diferente: ¿nos conviene o no tener un monarca? Pues bien, para esta pregunta también tenía respuesta Hume en los mismos escritos anteriormente mencionados. Dice Hume:

Pero ¿a quién debemos obediencia? ¿Quién es nuestro legítimo soberano? Esta pregunta es con frecuencia la más difícil de todas, y permite infinitas discusiones. Cuando la gente está tan contenta que puede responder: nuestro soberano actual, que ha heredado su corona, por línea directa, de aquellos ancestros que nos han gobernado durante siglos, esta respuesta no admite réplica alguna (…)

 Según Hume, pues, el criterio último es que la gente esté satisfecha con el monarca y con la institución. Traducido a la jerga de mi propuesta, podríamos decir: el criterio es que una institución y una persona contribuyan mejor que otras, en un momento determinado, a realizar los objetivos de la gente. Este criterio desarma a aquellos conservadores que quieren convencernos de que el heredero de la corona tiene siempre derecho al trono, sean cuales sean sus virtudes, las de sus progenitores y las circunstancias del país (quizá porque piensen, aunque no siempre lo digan, que el rey es rey por la gracia de Dios). También desarma a quienes son republicanos a priori y creen que es siempre racional deponer a cualquier monarca y sustituirlo por un presidente de la república, ya hablemos de marcianos o de españoles, ya se trate de Alfonso XIII o de Juan Carlos I, ya vivamos en 1931 o en 1975. Finalmente, contradice el perezoso razonamiento de quienes sostienen que el heredero al trono debe heredarlo simplemente porque así lo establecen las leyes, pues lo que generalmente están pidiendo sus interlocutores es, precisamente, que se cambien las leyes.

En fin, los marcianos sabrán lo que les conviene. Yo no digo nada, porque no les conozco. A los españoles les conozco algo más, y sobre la base de ese conocimiento me atrevo a sugerir que quizá no sea mala idea mantener la monarquía precisamente ahora que pasa a ocuparla alguien bien preparado y razonable; alguien que, parece, puede hacer bastante bien aquello que la Constitución le encomienda (y que, dicho sea de paso, no es tanto). Ahora bien, como en último término la única legitimidad digna de ese nombre que puede esgrimir ese futuro rey es la que le proporciona el apoyo del pueblo, también digo que la monarquía puede y debe terminar en España cuando este futuro rey, o alguno de sus sucesores, deje de hacer razonablemente bien aquello que esperamos que haga.

¿Cómo se demuestra el apoyo del pueblo? Algunos piden que se celebre un referéndum. Quizá sería inteligente que el propio heredero de la corona lo pidiera. Seguramente lo ganaría y reforzaría su legitimidad para las próximas décadas. Así pues, no me parece mal ni que se pida ni que se haga. Sin embargo, me llama la atención que ciertos partidos y grupos pongan tanto empeño en este asunto, como si lo que estuviera en juego fuera la deposición de un zar de poderes omnímodos y su sustitución por el Consejo Obrero y Campesino de Comisarios del Pueblo. Dada por supuesta la democracia parlamentaria, más bien estamos hablando de elegir entre un rey como el de Holanda o un presidente como el de Alemania (¿sabe alguien, fuera de esos países, cómo se llama alguno de ellos?).

Ojalá el referéndum, y otras fórmulas de consulta, fueran mucho más habituales en nuestra práctica política. Pero, puestos a pedir referendos, ¿no se nos ocurren unas cuantas cuestiones mucho más urgentes e importantes sobre las que consultar al pueblo?

Hemos planteado un ejercicio y es el momento de resumir la solución. El problema era: ¿monarquía o república? La respuesta de abajo arriba es que debemos elegir aquella institución que previsiblemente ayude mejor a realizar los fines de la gente, aquí y ahora. Un referéndum puede ser un buen instrumento para averiguar cuáles son esos fines y para reforzar la legitimidad de las instituciones, aunque no el único ni siempre el más adecuado. En todo caso, Felipe VI debe ser consciente de que el futuro y la legitimidad de la institución que representa dependen sobre todo de una cosa: de cómo lo haga; y también debe ser consciente de que quienes han de juzgar cómo lo hace son los españoles de nuestro tiempo. Lo que valió para los españoles de 1975 o para los marcianos de la Antártida puede no ser lo más adecuado para los españoles del siglo XXI.

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