Archivo del sitio

Podemos: recuperar la ingenuidad

En latín, ingenuus era el nacido libre y no esclavo; por extensión, también el noble de carácter. A veces, quien es noble de carácter, quien es capaz de pensar en el interés común y no solo en el propio, es tenido por tonto. Quizá por esta razón la palabra “ingenuo” ha terminado teniendo en castellano una connotación despectiva.

En España, miles de ingenuos se manifestaron el 15M; luego, esos mismos ingenuos sostuvieron sobre sus espaldas un movimiento y, más tarde, un partido en el que cabían personas de ideologías diversas que pedían el fin de la vieja política, que demandaban justicia e ilusión para todos, y clamaban contra la corrupción que campaba a sus anchas por nuestro país. Muchos estaremos de acuerdo en que la palabra “ingenuidad” resulta adecuada para describir algunos elementos de esta historia, pero no coincidiremos en nuestra interpretación del término. Algunos pensamos que era necesaria esa dosis de ingenuidad, esa insólita libertad con respecto a las consignas de los partidos, esa arriesgada fe en la posibilidad del cambio.

Hoy hemos conocido los resultados de la consulta sobre el método de votación para Vistalegre 2. Esos resultados muestran, a mi juicio, que en Podemos quedan aún muchos ingenuos. Más que pablistas, más que errejonistas y, desde luego, más que anticapitalistas. Las cuentas cuadran porque hay ingenuos en cada una de esas familias. Quizá sean la mayoría en todas. Una mayoría que quizá ingenuamente crea a Echenique cuando dice que esta votación no es un plebiscito sobre Iglesias y Errejón, una mayoría que quizá ingenuamente ha votado por un determinado sistema de elección no porque fuera el de Pablo o el de Íñigo, sino porque les parecía el más justo.

También están, claro, los que no son ingenuos, esto es, los que “conocen” bien los entresijos del partido, los que “saben” que el mal está en el otro bando, los que sospechan que, en realidad, esta votación sí era un plebiscito, aunque nadie lo reconociera. Estos son los mismos que preferirían quedarse en su casa el día de las elecciones y permitir que el PP volviera a ganarlas antes que votar a una candidatura de su propio partido que estuviera encabezada por “los otros”.

Yo, personalmente, tengo mi esperanza depositada en los ingenuos, en esos ingenuos que todavía creen que no se trata de elegir entre Iglesias y Errejón, sino de construir una alternativa política, tolerante y abierta, capaz de echar al PP del gobierno de España y al PSOE del gobierno de Andalucía, capaz de forzar un cambio en el modelo energético, de poner coto a la corrupción y de mejorar las condiciones de vida de los más desfavorecidos.

Pablo Iglesias es un fan de Juego de Tronos. Errejón admira a Ernesto Laclau y a Chantal Mouffe. Estas dos filias tienen algo en común: una concepción agonística de la política. Según esta, la política es una búsqueda de la hegemonía en la que a cada bando lo define no solo lo que es, sino también quiénes son sus adversarios. Y a veces, como recuerda Maquiavelo (y también George R.R. Martin) los adversarios están en el propio bando y deben ser eliminados tan escrupulosamente como se eliminan los enemigos externos.

Sin embargo, los ingenuos no nos conformamos con aceptar la política como dicen los realistas que es y ha sido. Queremos que la política sea como puede y como debería ser. Pensamos en la política como una búsqueda colectiva del bien común que no excluye a nadie, y menos a los más cercanos. Por esto los ingenuos, esto es, los nacidos libres (según el diccionario de Latín) no nos dejaremos arrastrar fácilmente a la esclavitud de servir a un bando pudiendo seguir siendo libres, y seguiremos respondiendo ingenuamente a las preguntas que se nos hagan, cuando haya que votar, en vez de calcular a qué bando beneficia el resultado.

La ironía es que los cálculos de los sabihondos pueden irse al traste por no tener en cuenta a los ingenuos. No se equivoquen, aprendices de Borgia, de Lenin y de Tyrion Lannister: como hoy se ha podido comprobar, aunque en los aparatos abunden los rasputines, entre los inscritos y los votantes predominamos los ingenuos.

PABLO IGLESIAS Y JUEGO DE TRONOS: LA POLÍTICA DE LOS POLÍTICOS O LA POLÍTICA DE LA GENTE

La anécdota es conocida: el rey de España visita a los parlamentarios españoles en Bruselas y Pablo Iglesias le regala la colección en DVD de Juego de tronos.

Yo para regalo lo veo bien, la verdad. Quizá le habría hecho mejor apaño uno de esos regalos que las madres llaman “prácticos” (una atornilladora eléctrica o un peso de cocina, por ejemplo), pero todos tenemos un je-ne-sais-quoi frívolo en virtud del cual preferimos que nos regalen un espectacular sombrero de ala ancha que nunca nos pondremos o una serie de moda que nunca veremos.

Además, don Felipe no pensó que el regalo fuera con segundas ni con mala baba: don Felipe sabe que Pablo Iglesias ha leído, con tanto interés como él, mi entrada anterior sobre la monarquía y que, en consecuencia, cuando dice que es republicano lo dice con la boca chica, como cuando decía lo de la renta básica. Por eso, lejos de molestarse, don Felipe se pondría tan contento cuando abriera el envoltorio y comprobara que la serie estaba completa, aunque ya se figuraría que la serie no la podrá ver hasta que las niñas se pongan grandes (mientras tanto, habrá que seguir disfrutando en familia con Dora Exploradora).

Descartada la hipótesis de la mala baba, yo pienso que Pablo Iglesias le regaló los DVD a don Felipe porque le gusta la serie y quiere que otros disfruten tanto como él (él, claro, no tiene niñas pequeñas y, después de visitar algunas casas okupas y asambleas de barrio, no se escandaliza con tanto fornicio y tanto degüello). La serie le gusta hasta el punto de que ha coordinado un libro sobre el asunto. Uno casi diría que es un poco friki del tema.

Ahora bien, ¿por qué le gusta tanto Juego de tronos a Pablo Iglesias; por qué cree, seguramente de forma sincera, que el rey podría verla con aprovechamiento? Mi explicación es que Pablo Iglesias es un político vocacional camino de convertirse en político profesional, por mucho que abomine de esta figura. Como a cualquier político vocacional, le fascina, igual que a los historiadores de la vieja escuela, la política extraordinaria: la política de los señores de la guerra y sus conquistas, la política de las intrigas, los magnicidios y los elocuentes discursos, la política de los bandos irreconciliables, las revoluciones tumultuosas y los vencedores inmisericordes; la política, en definitiva, de la conquista del poder. Quizá se vea como aquel gran jefe del clan Stark vallecano que redime finalmente a su pueblo y manda a galeras a la arrogante casta Lannister de la Moraleja.

Esta forma de entender la política tiene tanto ascendiente que ni siquiera consiguen librarse de ella quienes, en la izquierda, han abandonado la vieja retórica de la lucha de clases y abogan por un populismo que incluye a las clases medias, a una gran mayoría de gente corriente que sufre los abusos de una minoría ociosa y corrupta. Entre los defensores de ese populismo están dos autores que han influido muy notablemente en los líderes de Podemos: Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. Uno esperaría que entre las consecuencias de ese giro populista estuviera una visión más constructiva e integradora de la política, una concepción que buscara restañar heridas y fracturas, proponer proyectos que pudieran ser asumidos, idealmente, por todos, o al menos por una gran mayoría. Sin embargo, en estos autores pervive todavía una visión de la política como confrontación entre los nuestros y un enemigo que, aunque ya no se construya como uno de los polos de la dicotomía capitalista/proletariado, sigue siendo igualmente necesario para elaborar una estrategia agonística de conquista del poder. Así se pone de manifiesto en un momento de esta entrevista de Iglesias a la señora Mouffe.

Yo, sin embargo, tiendo a ver a la gente no como a esta tropa Stark que pelea contra los Lannister, sino como a esos extras de origen diverso que en Juego de tronos ven pasar al galope a los señores de la guerra y temen que su casa terminará chamuscada.

A la mayoría de la gente, incluso a quienes más nos interesa la política, no nos seduce el juego político tanto como a los políticos. La política nos interesa como la mejor herramienta para resolver los problemas que surgen cuando hay que coordinar acciones e intereses individuales muy diversos. Por eso no entendemos la política en términos de confrontación; buscamos soluciones a problemas y nos cuesta considerar enemigos a quienes proponen una solución distinta de la nuestra. Nuestros problemas no tienen que ver con la constitución de la Mesa del Parlamento, sino con la calidad de la enseñanza o la diferencia de sueldo entre hombres y mujeres. Valoramos cosas como la libertad, el bienestar, la seguridad y la justicia, aunque desconfiamos cuando oímos esas palabras pronunciadas en los discursos de los políticos y las traducimos en términos más llanos: nos gustaría que no hubiera más pobres ni más analfabetos, queremos un trabajo estable, queremos hablar sin miedo, ir a dónde nos dé la gana, sentirnos protegidos de epidemias, atentados terroristas y desmanes financieros. También esperamos que los gestores de la cosa pública resuelvan nuestros problemas cotidianos, que mantengan limpios esos sumideros que siempre se atascan cuando llueve, que sustituyan de una vez esa luz que parpadea en la farola de la esquina, que eliminen esa curva donde ya se han estrellado tres motoristas. Ahora bien, para los políticos profesionales preocuparse por los problemas de la gente es una estrategia instrumental para conseguir el poder. Así pues, comprendo que a Pablo Iglesias, como a otros políticos vocacionales, estos asuntos le parezcan algo aburridos, comparados con los objetivos de domesticar el capitalismo y desterrar la casta. Pero debería entender que para la gente el poder es un instrumento y no un fin en sí mismo; no un trofeo que arrebata a otros sino la posibilidad de que sus peticiones se escuchen y sus objetivos se realicen.

Pablo Iglesias no llegaría muy lejos si quisiera convertirse en otro campeón del gran torneo de la política tradicional, donde muchos y experimentados campeones montan unos soberbios alazanes que se alimentan en los pesebres del IBEX35. Si quiere realizar una contribución realmente importante, si de verdad quiere hacer gran política, Pablo Iglesias tiene que olvidarse de la política como confrontación y dejar a la gente que siga explicando lo que quiere. No debe permitir que lo aburra la rutina de los Círculos locales y las votaciones por internet. Debe dejar Juego de tronos para el ocio del fin de semana y seguir escuchando a la gente que anda por la calle.

A %d blogueros les gusta esto: