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Brexit: para poca salud, ninguna

No quiero parecer frívolo, así que empiezo diciendo que la salida del Reino Unido de la Unión Europea es algo malo y preocupante. Pero me apresuro a añadir que este referéndum sobre el Brexit y su resultado no son las primeras cosas malas y preocupantes que le ocurren a la UE a lo largo de su historia, y que los sucesivos gobiernos británicos han sido responsables durante décadas de algunas de ellas.

El proyecto de la Unión Europea ha sido el intento más prometedor, hasta ahora, de sacar las relaciones internacionales de una situación semejante al estado de naturaleza hobbesiano y acercarlas al sueño kantiano de una paz perpetua mediante la integración voluntaria de Estados democráticos en una entidad supranacional. Ahora bien, un pesado hidroavión que despega de una ciénaga no puede permitirse la temeridad de poner sus motores a medio gas y prohibirse a sí mismo volar por encima de los árboles. El éxito del proyecto requería que los europeos creyeran firmemente que la unión era un juego win-win en el que si un país ganaba no necesariamente perdían los demás; requería una cesión progresiva y constante de soberanía desde los Estados nacionales a las instituciones europeas; requería integración económica, pero también fiscal, política, social, jurídica y educativa; requería una constitución compartida y unas instituciones más democráticas y eficaces que las de los Estados miembros; quizá requería también una moneda única, siempre y cuando esta viniera arropada por una radical armonización de las políticas económicas y fiscales y por mecanismos contundentes de protección social y de solidaridad entre países.

Como la cabra tira al monte, y los humanos al estado de naturaleza, todas esas medidas exigían un ejercicio incansable de pedagogía recíproca: de los gobernantes a los ciudadanos, de los gobernantes entre ellos y de los ciudadanos entre sí. Pero, con frecuencia, los políticos europeos han encontrado más rentable gritar que, por culpa de la dejadez del gobierno de aquí, los otros se estaban aprovechando de los nuestros con la ayuda de los corruptos burócratas de Bruselas, razón por la que los nuestros deberían votarnos a nosotros la próxima vez. Esta música, claro, les sonará a Nigel Farage, el repugnante dirigente del UKIP, pero ni la compuso él ni él ha sido su único intérprete. Numerosos políticos de cortas miras se han ganado la vida interpretándola y pasando la gorra en los mercados de sus países respectivos. En la lista están, claro, varios primeros ministros británicos, entre los que merecen especial mención Margaret Thatcher y David Cameron.

Sí, Cameron: el aparente europeísta que a última hora pedía con voz impostada el voto por la permanencia en la UE, no porque dicha permanencia debiera ilusionar a sus compatriotas sino porque, tras las últimas concesiones que él había rebañado a esos cansinos europeos (a los otros) con la amenaza del referéndum, seguir en Europa era un buen negocio. Pero Cameron no ha conseguido convencer a sus compatriotas de que el negocio era lo bastante bueno; tampoco nos habríamos mostrado, seguramente, muy entusiasmados los demás europeos si alguien nos hubiera preguntado nuestra opinión sobre las penúltimas maletas de plomo que debíamos subir al hidroavión europeo por exigencia británica. Al final, la relación UK/UE se parecía demasiado a un maduro matrimonio de conveniencia en el que cada parte languidece y desconfía de la otra; en esos casos, la única forma de evitar la ruptura consiste en que antes las partes mueran de aburrimiento.

Ahora toca hablar sobre el futuro. Hollande y Merkel van a hablar. Los demás también hablaremos. El próximo primer ministro británico quizá  di que estamos a tiempo de convencer a sus compatriotas de que vuelvan a subirse a nuestro avión si bajamos aún más las revoluciones de los motores europeos y les ofrecemos un mejor negocio. Pero con esa estrategia, como se ha visto, no levantaremos el vuelo. No se trata de atraer a los que se han ido, sino de entusiasmar a los que se quedan con un nuevo diseño del proyecto europeo. Ha llegado el momento de que los dirigentes europeos estén, por primera vez en muchos años, a la altura y nos dirijan el siguiente mensaje: soltado el lastre británico, somos más pobres pero más ligeros; revolucionemos los motores de la integración europea, fortalezcamos las instituciones, respaldemos el euro, fortalezcamos la democracia, protejamos los derechos de quienes viven y acojamos generosamente a quienes llaman a nuestra puerta. En definitiva, convenzámonos de que trabajamos para un proyecto que merece sacrificios y esfuerzos porque es mejor que lo que hay fuera y mejor que lo que teníamos.

Quizá, después de una arenga así, algunos se querrán bajar del avión. No les faltarán motivos, si tienen miedo a la altura, porque ese proyecto volará alto. Pero los que se queden tendrán algo en lo que creer. Habrán recuperado la ilusión y, como la ilusión es contagiosa, quizá llegue a ilusionar, algún día, incluso a los británicos.

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Que Europa nos asista: reflexiones domésticas tras el referéndum en Escocia

Ya está. Uff… Ya sabemos el resultado del referéndum escocés y la mayoría de los europeos suspiramos con alivio. Ahora bien: como en las películas de terror, no esperemos que la pesadilla termine con la muerte del primer zombie/vampiro/lunático en la segunda secuencia. La cosa va para largo, y así lo advierte Alex Salmond, el Ministro Principal de Escocia y líder independentista, en un twit, tras conocer la derrota de los suyos: Let’s not dwell on the distance we’ve fallen short – let us dwell on the distance we have travelled (“no nos fijemos en lo que nos ha faltado; fijémonos en lo que hemos recorrido”). O sea: hemos subido menos escalones de los que esperábamos, pero llegar arriba (¿al cadalso?; ¿al soñado paraíso de las gaitas y las varoniles faldas de cuadros?) es cuestión de tiempo.

Por lo pronto, el Reino Unido ha tenido que pagar un precio para evitar que los independentistas ganaran el referéndum: como un mercachifle en día de remate, Cameron ha tenido que prometer a los escoceses, durante las últimas semanas de campaña, aquellas cesiones de soberanía que no había querido conceder antes, y que pretendía evitar con el referéndum. Por ello, y por el susto que nos ha metido en el cuerpo, muchos comentaristas retratan hoy a Cameron como el tonto del bote de la política europea. Ahora bien, seamos justos: Cameron no será Richelieu, pero es un genio de la estrategia comparado con Rajoy: al menos, ha tenido los reflejos suficientes para desinflar el globo antes de que estallara. Es verdad que ahora los partidarios de la independencia comenzarán a inflarlo de nuevo, pacientemente, pero por ahora no ha estallado, y Cameron le ha pasado el marrón al siguiente. En cambio, Rajoy ha dejado pasar el tiempo de desinflar el globo, como yo modestamente le pedía en una entrada anterior, y en estos momentos aquí nos vemos: preguntándonos si el estallido del globo catalán es cuestión de semanas, de meses o de años, pero con la certeza de que, si no lo remedia un portentoso Deus ex machina, el globo va a estallar y nos va a salpicar a todos de un líquido que no sabemos qué lleva.

¿Quién es ese Deus ex machina? Puede que Cameron se acuerde de él, y hasta le rece, cuando dentro de algún tiempo se enfrente al segundo referéndum que ha prometido: el referéndum mediante el cual los ciudadanos del Reino Unido dirán si quieren o no seguir en la Unión Europea. El panorama de un Reino Unido fuera de la Unión Europea y presionado por los nacionalistas escoceses solo es mejor que el de un Reino Unido aislado de Europa y vecino de una Escocia independiente. Imaginar el frío que la conjunción de los dos nacionalismos (el escocés y el británico) puede llevar a las Islas debería advertirnos de lo que nos espera en toda Europa si seguimos alimentando los nacionalismos: los grandes (Francia, Hungría) y los pequeños (Córcega, Euskadi).

No tenemos, por ahora, otro Deus ex machina, ni otra solución, que fortalecer la Unión Europea y traspasar más competencias al Parlamento Europeo y a las demás instituciones de la Unión, avanzar por el camino hacia una Europa federal que quedó aplazada con el fiasco de la Constitución Europea: una Europa que se relacione con sus miembros, más o menos, como se relacionan los EE.UU. con el estado de Wisconsin (aunque, a ser posible, con una mayor dosis de pragmatismo y una menor carga de patriotismo). Claro que, al mismo tiempo, necesitamos ganar más credibilidad para esas instituciones europeas, aumentar su eficacia y reducir su coste. También necesitamos reducir el tamaño de las administraciones estatales e infraestatales a la vez que reforzamos las comunitarias: ¡ojalá pronto el plan de ordenación urbana de las ciudades españolas lo elabore un/a lejano/a funcionario/a europeo/a en vez del cuñado del alcalde, que casualmente también es primo de un promotor!

El proyecto de desmantelar España (o cualquier otro estado-nación europeo) conduce al desastre y va contra los tiempos; el de recentralizarla, también. La propuesta de un federalismo, simétrico o asimétrico, dentro de España equivale a seguir soportando el mismo agotador chantaje al que el nacionalismo catalán ha sometido al gobierno español desde la Transición hasta nuestros días, el mismo con el que Salmond amenaza al Reino Unido a partir de ahora. Necesitamos un planteamiento federal, pero no para los ya pequeños estados europeos, sino para construir una Europa federal, una Europa de los ciudadanos, no de los Estados ni de los pueblos, una Europa de afiliación voluntaria y reversible, a la que todo el mundo sienta que pertenece porque le conviene, no por su identidad.

Ahora bien: ¿cómo se llamarán esos estados federales dentro de Europa? ¿Serán Alemania, España, Italia… o más bien Baviera, Cataluña, Lombardía? Bueno: ¿a quién le preocupa el tamaño de Wisconsin?

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