Que Europa nos asista: reflexiones domésticas tras el referéndum en Escocia

Ya está. Uff… Ya sabemos el resultado del referéndum escocés y la mayoría de los europeos suspiramos con alivio. Ahora bien: como en las películas de terror, no esperemos que la pesadilla termine con la muerte del primer zombie/vampiro/lunático en la segunda secuencia. La cosa va para largo, y así lo advierte Alex Salmond, el Ministro Principal de Escocia y líder independentista, en un twit, tras conocer la derrota de los suyos: Let’s not dwell on the distance we’ve fallen short – let us dwell on the distance we have travelled (“no nos fijemos en lo que nos ha faltado; fijémonos en lo que hemos recorrido”). O sea: hemos subido menos escalones de los que esperábamos, pero llegar arriba (¿al cadalso?; ¿al soñado paraíso de las gaitas y las varoniles faldas de cuadros?) es cuestión de tiempo.

Por lo pronto, el Reino Unido ha tenido que pagar un precio para evitar que los independentistas ganaran el referéndum: como un mercachifle en día de remate, Cameron ha tenido que prometer a los escoceses, durante las últimas semanas de campaña, aquellas cesiones de soberanía que no había querido conceder antes, y que pretendía evitar con el referéndum. Por ello, y por el susto que nos ha metido en el cuerpo, muchos comentaristas retratan hoy a Cameron como el tonto del bote de la política europea. Ahora bien, seamos justos: Cameron no será Richelieu, pero es un genio de la estrategia comparado con Rajoy: al menos, ha tenido los reflejos suficientes para desinflar el globo antes de que estallara. Es verdad que ahora los partidarios de la independencia comenzarán a inflarlo de nuevo, pacientemente, pero por ahora no ha estallado, y Cameron le ha pasado el marrón al siguiente. En cambio, Rajoy ha dejado pasar el tiempo de desinflar el globo, como yo modestamente le pedía en una entrada anterior, y en estos momentos aquí nos vemos: preguntándonos si el estallido del globo catalán es cuestión de semanas, de meses o de años, pero con la certeza de que, si no lo remedia un portentoso Deus ex machina, el globo va a estallar y nos va a salpicar a todos de un líquido que no sabemos qué lleva.

¿Quién es ese Deus ex machina? Puede que Cameron se acuerde de él, y hasta le rece, cuando dentro de algún tiempo se enfrente al segundo referéndum que ha prometido: el referéndum mediante el cual los ciudadanos del Reino Unido dirán si quieren o no seguir en la Unión Europea. El panorama de un Reino Unido fuera de la Unión Europea y presionado por los nacionalistas escoceses solo es mejor que el de un Reino Unido aislado de Europa y vecino de una Escocia independiente. Imaginar el frío que la conjunción de los dos nacionalismos (el escocés y el británico) puede llevar a las Islas debería advertirnos de lo que nos espera en toda Europa si seguimos alimentando los nacionalismos: los grandes (Francia, Hungría) y los pequeños (Córcega, Euskadi).

No tenemos, por ahora, otro Deus ex machina, ni otra solución, que fortalecer la Unión Europea y traspasar más competencias al Parlamento Europeo y a las demás instituciones de la Unión, avanzar por el camino hacia una Europa federal que quedó aplazada con el fiasco de la Constitución Europea: una Europa que se relacione con sus miembros, más o menos, como se relacionan los EE.UU. con el estado de Wisconsin (aunque, a ser posible, con una mayor dosis de pragmatismo y una menor carga de patriotismo). Claro que, al mismo tiempo, necesitamos ganar más credibilidad para esas instituciones europeas, aumentar su eficacia y reducir su coste. También necesitamos reducir el tamaño de las administraciones estatales e infraestatales a la vez que reforzamos las comunitarias: ¡ojalá pronto el plan de ordenación urbana de las ciudades españolas lo elabore un/a lejano/a funcionario/a europeo/a en vez del cuñado del alcalde, que casualmente también es primo de un promotor!

El proyecto de desmantelar España (o cualquier otro estado-nación europeo) conduce al desastre y va contra los tiempos; el de recentralizarla, también. La propuesta de un federalismo, simétrico o asimétrico, dentro de España equivale a seguir soportando el mismo agotador chantaje al que el nacionalismo catalán ha sometido al gobierno español desde la Transición hasta nuestros días, el mismo con el que Salmond amenaza al Reino Unido a partir de ahora. Necesitamos un planteamiento federal, pero no para los ya pequeños estados europeos, sino para construir una Europa federal, una Europa de los ciudadanos, no de los Estados ni de los pueblos, una Europa de afiliación voluntaria y reversible, a la que todo el mundo sienta que pertenece porque le conviene, no por su identidad.

Ahora bien: ¿cómo se llamarán esos estados federales dentro de Europa? ¿Serán Alemania, España, Italia… o más bien Baviera, Cataluña, Lombardía? Bueno: ¿a quién le preocupa el tamaño de Wisconsin?

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Las tres almas de Podemos

En una entrada anterior defendí la política de abajo arriba. Desde entonces, seguramente la mayor novedad en la política española ha sido la irrupción de Podemos, un movimiento cuyo principal reclamo es, precisamente, practicar una política de abajo arriba. Siguiendo con nuestro manual de política tridimensional, el ejercicio de hoy consiste en comprobar si esa etiqueta le cuadra a este nuevo grupo político.

La respuesta no es fácil porque dentro de Podemos conviven tres almas, y cada una de ellas interpreta de forma distinta eso de practicar la política de abajo arriba.

Esto que digo no es del todo nuevo. Algunos ilustrados comentaristas ya han dicho que hay dos tendencias en tensión dentro de Podemos. Yo digo que hay tres, porque algo tendré que añadir: con todo lo que se ha escrito sobre Podemos, no voy a perder el tiempo en decir lo mismo. Además, mejor que de “tendencias”, yo prefiero hablar de “almas”, que suena más poético.

 La primera de las almas de Podemos es la anticapitalista, que está presente sobre todo en los miembros del grupo Izquierda Anticapitalista y en antiguos militantes de partidos de izquierda. Para éstos, la política de abajo arriba consiste ante todo en la conquista del poder por los “de abajo” como paso ineludible en la construcción de una sociedad sin clases. De acuerdo con la tradición marxista, “los de abajo” se identifican con el proletariado (el del siglo XXI, que no es exactamente el mismo que el del XIX) y el instrumento sigue siendo la lucha de clases, aunque a los recursos tradicionales de ésta (las barricadas, las huelgas o el arte proletario) se suman ahora recursos técnicos novedosos, como los muros de Facebook y los Círculos Podemos. Quienes descalifican a Podemos como otro partido más de la extrema izquierda (por ejemplo, toda la “caverna mediática”, pero también Joaquín Sabina) se fijan sobre todo en esta primera de sus almas y, al hacerlo, solo cuentan parte de la verdad.

 La segunda es el alma que, siguiendo a los comentaristas de marras, podemos llamar populista. Es la que está más presente en la comisión promotora de Podemos y en sus portavoces más conocidos, como Pablo Iglesias. Estos siguen viendo la política como una defensa de los de abajo frente a los de arriba, aunque hacen una lectura más amplia de los de abajo, hasta incluir a todas las buenas gentes (los parados, los médicos, los estudiantes, los hipotecados, los investigadores…, muchos de ellos venidos del 15M y de las mareas ciudadanas) que se sienten justamente indignados y estafados por los de arriba, también novedosamente reinterpretados como la casta. En el discurso de estos portavoces las referencias a la lucha de clases y la revolución proletaria ceden el protagonismo a la reivindicación de incumplidos derechos constitucionales, como el derecho a la vivienda y al trabajo. Los anticapitalistas (y Willy Toledo) dicen que estos otros son, en realidad, socialdemócratas, lo cual viniendo de los anticapitalistas no es ningún cumplido. El nombre de populistas les viene de la influencia que han recibido de representantes del llamado “populismo latinoamericano” post-marxista, como el difunto Ernesto Laclau, un politólogo argentino con algunos aciertos teóricos y un gran desacierto práctico: haber vinculado voluntariamente la suerte de sus teorías a la del kirchnerismo. Le puede pasar (póstumamente) lo que le pasó a Philip Pettit cuando eligió a Zapatero como encarnación viviente de su republicanismo. Que el señor les conserve el olfato a los filósofos políticos.

 Queda, en mi opinión, un alma más de Podemos, en la que no suelen reparar sus detractores, un alma que se solapa con las otras dos y que, aunque sea más afín a la segunda, no acaba de identificarse con ninguna de ellas. La llamaré su alma democrática. Es el alma que se encarna, por ejemplo, en estos portavoces locales que insisten en que Podemos no es un partido, sino un método para la participación de personas con convicciones diversas, que no tiene ideología y que no es, dicen literalmente, ni de izquierdas ni de derechas, sino “sentido común”. A algunos estas palabras les sonarán ingenuas (el sentido común tiene muchas interpretaciones), pero creo que aquí encontramos la principal novedad de Podemos y la principal explicación de su inesperado éxito en las urnas; también creo que Podemos tiene futuro como proyecto político a largo plazo solo si este alma se impone a las otras dos. Y alguna tendrá que imponerse, porque hay que elegir entre primar los contenidos o primar el método. Verbigracia, si un grupo se llama a sí mismo “Izquierda Anticapitalista”, podemos inferir que sus miembros ya han decidido, antes de empezar a discutir, que el capitalismo es malo. Pero entonces, ¿para qué necesitan el método?

 En Podemos hay un método y unos contenidos. A mí el método me parece muy bien. Los contenidos, a veces sí y a veces no. Pero en estos momentos es más importante el método que los contenidos. ¿Por qué? Porque la gente de la calle no se cree los contenidos de los programas, y hace bien. Por ejemplo, ahora todo el mundo está de acuerdo en que hay que luchar contra la corrupción. ¡Hasta la presidenta de la Junta de Andalucía! ¡Hasta la vicepresidenta del gobierno! No paran de decir que ellas y sus partidos están comprometidos contra la corrupción, pero a estas alturas casi nadie les hace caso, como es natural.

 Por eso, a partidos como UPyD y Ciudadanos no les basta con decir que están contra la corrupción, por la transparencia, por la participación y contra la vieja política. Necesitan mostrar en su praxis que están muy lejos de las maneras del PP y del PSOE y, como señalé en una entrada anterior, justamente de eso no nos acaban de convencer. Podemos podría decepcionar a sus seguidores si cometiera el mismo error que UPyD y Ciudadanos: dar más importancia a los contenidos que al método y utilizar éste como un mero recurso pedagógico o propagandístico mediante el cual demostrar los axiomas que ya se aceptaban antes de aplicar el método. En otras palabras: Podemos corre el peligro de convertirse en un partido más (eso sí, de izquierdas) si se impone tanto su alma anticapitalista como su alma populista; de la misma manera que UPyD y Ciudadanos corren el peligro de convertirse en dos partidos más (eso sí, de centro), si siguen más preocupados por su escaparate programático que por el funcionamiento de sus tripas.

 Así pues, aquellos portavoces locales de Podemos tienen razón cuando dicen que lo fundamental es el método (la participación, la democracia, la movilización de los que no estaban movilizados) y no la ideología, el anticapitalismo, el populismo o la izquierda. Ellos quizá no han leído a Laclau, ni a Althusser, ni a Chantal Mouffe, ni a Gramsci, ni a Lacan ni a Derrida (o a lo mejor sí: vaya usted a saber). Pero han disuelto algunos dilemas viejunos sobre la viabilidad de la democracia participativa manejando los tuits y el whats up con unos dedos vertiginosos que son la envidia de los que tenemos más años; y han sabido conectar con la gente de la calle mejor que ninguno de esos políticos culturetas de izquierda que han intentado durante décadas, infructuosamente, explicarles a las masas las bondades del post-estructuralismo.

 Ojalá el alma democrática se imponga en Podemos al alma populista y al alma anticapitalista. Mi novia tiene más esperanzas que yo con respecto a esto. Quizá porque ella es de la Generación X y yo más bien pertenezco al Baby Boom, y los del Baby Boom somos pesimistas por buenas razones.

 Sería bueno para Podemos y para el país que acabara imponiéndose el alma democrática. Podemos podría recibir entonces el apoyo de gentes que no saben si quieren destruir el capitalismo o acabar con la globalización pero sí tienen claro que quieren encontrar puestos de trabajo para los jóvenes, reducir gastos estúpidos y privilegios irracionales, y echar a los políticos corruptos. Solo así podría Podemos superar el techo tradicional de IU y ser algo más que un partido que defiende los intereses de un bando.

 Seamos, por un momento, incluso más optimistas e imaginemos que el alma democrática se impusiera, en general, en los nuevos partidos y movimientos políticos (Equo, UPyD, Ciudadanos, Podemos) por encima de sus dogmas respectivos. Entonces podríamos aspirar a una política mucho más de abajo arriba, una política que escuche a la gente y busque soluciones libres de dogmas a los retos de un mundo cambiante; una política en la que no habría desaparecido la confrontación, en la que convivirían almas diversas, pero que tendría, al menos, alma.

 En cuanto a los viejos partidos, hace tiempo que vendieron su alma y lo mejor es que la marea se lleve pronto los cadáveres.

La política, de abajo arriba

Hay muchas formas de clasificar y etiquetar las actitudes y las ideologías políticas. La más habitual consiste en distinguir entre las que son “de derechas” y las que son “de izquierdas”. Ahora bien, en nuestro complejo mundo esa taxonomía parece demasiado simple y hace muy difícil la respuesta a muchas preguntas. Verbigracia: ¿era más de izquierdas Mao o Gandhi?; ¿es más de derechas nacionalizar empresas, como hizo Franco, o privatizarlas, como hizo Margaret Thatcher?; ¿soy más de izquierdas si defiendo la existencia de televisiones públicas al servicio del gobierno, aunque el gobierno sea de derechas?; ¿me convierto en alguien de derechas si critico el gasto público ineficiente? Y, como estas, muchas más preguntas de dudosa respuesta.

Así pues, sería útil tener criterios algo más finos a la hora de ubicar a los partidos, a los programas y a uno mismo. Con ese propósito, algunos politólogos han propuesto que, en vez de situar las posiciones políticas a lo largo de una sola línea que va de izquierda a derecha, utilicemos las dos dimensiones de un plano, de la siguiente manera.

Primero, en lo que en mi escuela llamaban el eje de abscisas situamos a cada cual según justifique en mayor o menor medida la planificación colectiva de la economía: más a la izquierda cuanto más la justifique. En el eje de ordenadas, situamos las posiciones en función de su mayor o menor propensión al autoritarismo en la vida social: en un extremo, los defensores de un Estado autoritario, en el otro, los partidarios de la desaparición del Estado. La ubicación de cada cual resultaría de la combinación de las dos anteriores en lo que mis maestros llamaban un plano cartesiano.

Esta representación en dos dimensiones permite hilar más fino que la representación sobre una línea. Así, por ejemplo, un estalinista y un anarquista clásico, que quedarían igualmente a la izquierda según el eje de abscisas, ocuparían posiciones muy alejadas con respecto al de ordenadas.

A veces recomiendo a mis alumnos y a mis amigos que se sometan a un curioso test (“la brújula política”), diseñado hace ya algunos años. Éste permite, respondiendo unas cuantas preguntas, averiguar dónde cae uno mismo en ese mapa bidimensional. Los autores del test también especulan sobre dónde caerían distintos personajes históricos, de someterse al interrogatorio. Si los lectores de este blog quieren hacer ellos mismos la prueba, así como contemplar esa especulación sobre la ubicación de conocidos líderes políticos en el plano cartesiano, pueden encontrar ambas cosas aquí.

Ahora bien, ya va siendo hora de que la filosofía política se ponga ¡por fin! al nivel de la geometría euclídea y piense en tres dimensiones. Con esta finalidad, propongo que añadamos un tercer eje, vertical al plano, que ordene las actitudes políticas según su grado de apriorismo y dogmatismo: más arriba cuanto más inmunes a los hechos; más abajo cuanto más dispuestas a cambiar en función de lo que el tiempo y las circunstancias vayan enseñando. Los que se sitúan en la parte alta de este nuevo eje intentan practicar la política “de arriba abajo”, imponiendo a la vida política unos principios de validez universal y vigencia casi eterna. Los que nos situamos en la parte baja pretendemos, en cambio, aprender de la vida política de nuestro tiempo y de nuestro contexto, estamos dispuestos a dejarnos convencer por los argumentos y los datos, estamos abiertos a modificar las estrategias y hasta los principios, si con ello se consigue mejorar la práctica política. ¿Y en qué consiste mejorar la práctica política? En conseguir que la política sirva a los intereses y las necesidades de la gente, tal y como la propia gente los defina, y no a los objetivos que visionarios, filósofos, políticos o gurús de diverso pelaje se empeñen en imponer a sus prójimos.

Así pues, quienes entendemos la política “de abajo arriba” entendemos que esto significa dos cosas distintas pero relacionadas:

  1. En primer lugar, queremos dejar que sean los ciudadanos, los de abajo, quienes establezcan los objetivos de la acción política, en lugar de ser utilizados como mano de obra para realizar objetivos fijados por otros.
  2. En segundo lugar, creemos que la política consiste en averiguar los mejores medios para conseguir los objetivos de la gente, y eso es algo que se descubre empíricamente, aprendiendo de lo que ha ocurrido y de lo que ocurre, y no a priori. En esto, la política no es como la geometría euclídea ni, en general, como las matemáticas: no se trata de deducir a partir de axiomas, sino de inducir, trabajosamente, unas recetas que más o menos puedan funcionar durante algún tiempo, a partir de sucesivos ensayos y numerosos errores.

Ya estamos pertrechados teóricamente para practicar la reflexión política tridimensional. Por hoy lo dejamos aquí. En la próxima entrada rebatiré algunas acusaciones que podría recibir mi propuesta, como la de ser populista y la de ser tecnocrática. Además, como en todo manual de geometría que se precie, propondré algunas aplicaciones, ejemplos y ejercicios.

Vamos a irnos… ¡como yo quiero! A propósito de Cataluña

En un vídeo que se ha hecho viral,  un motorista ebrio anuncia: “Vamos a irnos, pero vamos a irnos… ¡como yo quiero!”. A continuación, toma una pendiente a excesiva velocidad, hace volar a su acompañante y se estrella él mismo contra una pared. Algo parecido anunció Artur Mas, presidente de la Generalitat, cuando puso en marcha el proceso hacia la consulta sobre la independencia de Cataluña: Mas anunció que Cataluña iba a irse, y que iba a irse como él quería, y no de otra manera.

Ciertamente, no puedo saber si Cataluña se irá finalmente o no. Tampoco sé si, de irse, acabará tan mal como el motorista ebrio, ni cuántos hierros y cascotes caerían sobre nuestras cabezas si Cataluña terminara estrellándose.  Sí sé que, de irse Cataluña, se irá como Mas quiere y no de otra manera, y que parte de la culpa la tendrá la clase política española, con el presidente del Gobierno a la cabeza. Nuestros políticos se acusan mutuamente de ser demasiado blandos o demasiado duros con el soberanismo y discuten si debemos permitir que Cataluña se vaya como Mas quiere; también discuten hasta dónde debemos llegar para impedirlo, y discuten si debemos impedirlo aplicando la Constitución, o si más bien debemos modificar la Constitución para impedirlo. Sus actitudes son diferentes pero, a mi juicio, todos ellos comparten un error de estrategia: todos dan por buena la disyuntiva planteada por Mas y sus aliados: o se acepta que Cataluña se vaya como Mas quiere, o no se acepta que pueda irse.

Antes de defender una estrategia alternativa, dejaré claro que el nacionalismo me parece una de las ideologías más estériles y anacrónicas, y que igualmente pernicioso me parece el nacionalismo catalán que el andaluz, el serbio que el español, el alemán que el cubano. También creo que uno de los mayores errores de buena parte de la izquierda en el siglo XX ha sido incorporar en mayor o menor grado el ideario nacionalista, o al menos ser condescendiente con él. Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht tenían razón cuando acusaron de incongruencia al SPD por apoyar la entrada de Alemania en la Primera Guerra Mundial, traicionando el espíritu internacionalista del socialismo.

Bueno, ya está. Espero que lo dicho baste para que no se me considere sospechoso de nacionalismo.

Ahora paso a argumentar por qué creo que el Estado español debería convocar un referéndum en Cataluña sobre el asunto de la independencia.

Algunos basan la defensa de un referéndum como el que se propone para Cataluña en la existencia de ciertos derechos naturales. Ahora bien, ¿de dónde provendrían esos derechos? Hay quienes, como John Locke, han sostenido que son otorgados por Dios, pero las justificaciones teológicas no son aceptables como fundamento político en sociedades plurales como la nuestra. Además, aunque admitiéramos la existencia de Dios, aún tendríamos que ponernos de acuerdo sobre qué versión de ese Dios dar por buena y sobre cómo interpretar Sus opiniones en el tema de los derechos. Y si ya resulta complicado reconocer derechos naturales a los individuos, imagínense a los pueblos; pues no tenemos claro ni qué son los derechos naturales ni qué son los pueblos. En concreto: ¿Qué opinaría Dios sobre un posible derecho a decidir de Cataluña? (Quizá Artur Mas no debería fiarse de Dios: un personaje de uno de los Episodios nacionales de Galdós, El equipaje del rey José, sostiene que Dios es español. Mas querría preguntarle mejor a la Virgen de Monserrat).

Creo que no tenemos más derechos que los que acordamos reconocernos unos a otros, ya sea legal o moralmente. No acepto, pues, la existencia de “derechos naturales”, por razones similares (aunque no idénticas) a las que ya expuso Jeremy Bentham hace unos doscientos años.

En cualquier caso, un derecho no existe legalmente si no ha sido legalmente reconocido, y las leyes españolas, empezando por la Constitución, no reconocen el derecho a decidir de Cataluña. Hasta aquí, todo claro. Esto es lo que repiten los políticos españoles que se oponen a la consulta soberanista, y en esto no se equivocan. Ahora bien: una cosa son las leyes y otra cosa el sentido común, y a veces el sentido común puede obligar a cambiar las leyes.

Verbigracia:  ¿qué hacemos cuando nos encontramos con un montón de gente que quiere decidir si Cataluña continúa o no en España? La respuesta legal es que da igual cuánta gente lo quiera, mientras la ley no lo permita. La respuesta del sentido común es: depende de cuán grande sea ese montón. Recordemos, por ejemplo, que Alfonso XIII dejó el trono de España en 1931 porque los partidos monárquicos perdieron… ¡unas elecciones municipales! (y las perdieron, en realidad, solo en las capitales de provincia: en los pueblos ganaron los partidos monárquicos). Ciertamente, el rey no tenía ninguna obligación legal de irse, pero se fue, y seguramente hizo lo más sensato.

Otro ejemplo más reciente: con la ley en la mano, el referéndum del 28 de febrero de 1980 lo perdieron los partidarios del “Sí”. Este referéndum determinó finalmente que Andalucía avanzara hacia su autonomía por el camino del artículo 151 de la Constitución (igual que las llamadas “comunidades históricas”) en vez de por la vía del artículo 143. Pero la Constitución establecía que para ello era necesario que al menos el 50% por cierto de los censados en todas y cada una de las ocho provincias andaluzas votara afirmativamente. Conseguir esto era ciertamente difícil. De hecho, no se consiguió: en Almería “solo” votó a favor el 42,07% del censo (no es que votaran muchos en contra, pero la abstención fue mayor que en otras provincias). Legalmente, pues, el asunto tendría que haber terminado ahí, pero habría sido un escándalo que no se tomara en consideración una opción apoyada en las urnas por casi 2.500.000 andaluces y rechazada expresamente solo por unos 152.000. Así que se cambiaron las leyes que fue necesario cambiar y finalmente el autogobierno andaluz se desarrolló de acuerdo con el artículo 151.

Los partidos que se oponen al referéndum en Cataluña consideran suficiente decir que el referéndum de autodeterminación es imposible porque es ilegal. ¿Seguirán diciendo lo mismo si el 70% de la población catalana apoya el referéndum? ¿Necesitarán que el apoyo llegue al 80% para ceder? Pues el porcentaje no para de subir, y más subirá mientras se siga creyendo que es posible parar las ilusiones solo con leyes.

La proclamación de la Segunda República, el 28 de febrero o la reciente “primavera árabe” muestran hasta qué punto la ilusión de la gente puede saltar por encima de las leyes; y en los últimos años el número de gente ilusionada en Cataluña por la posibilidad de la independencia no ha parado de crecer. Quizá los independentistas no han ganado, en lo tocante a razones, a los partidarios de seguir en España, pero sí parecen haber ganado la batalla de las ilusiones. Frente a eso, los políticos más duros invocan las leyes, pero esta estrategia parece tener el efecto de alimentar esas ilusiones. En cambio, los políticos más blandos están dispuestos a ir cediendo, como han cedido desde la Transición, y proponen un federalismo asimétrico que no satisface a los independentistas y condena al Estado español a seguir sufriendo el chantaje constante de los nacionalismos periféricos.

Frente a esta disyuntiva, existe una voz bastante extendida en la calle que, sin embargo, ningún partido representa: un “si quieren irse, que se vayan; pero si se quedan, que se queden aceptando las mismas reglas que los demás”. Es una voz que puede comprender las diferencias culturales, pero no las asimetrías económicas; una voz que entiende que los más ricos deben pagar más impuestos y los pobres deben recibir más ayuda, sin importar dónde hayan nacido; una voz que entiende que el Estado administra la soberanía que le han cedido las personas, no los pueblos.

Esta voz pediría al Estado español que, igual que el británico en el caso de Escocia, tome la iniciativa y convoque un referéndum en Cataluña, en los plazos que él mismo establezca, y que determine las condiciones en las que se otorgaría la independencia. Pues es el Estado quien legítimamente puede establecer tales condiciones, así como el momento de la consulta y el contenido de la pregunta, y no Mas y sus socios, que, dicho sea de paso, han mostrado cierta inclinación a hacer trampas con las preguntas. Si para convocar ese referéndum es necesario cambiar la Constitución, cámbiese: tenemos un ejemplo reciente de que la Constitución se puede cambiar muy deprisa cuando hay interés.

No nos engañemos: este referéndum que propongo podrían ganarlo los partidarios de la independencia. Pero de esa circunstancia no tendría por qué seguirse ninguna de las catastróficas situaciones que algunos auguran. La independencia de Cataluña tendrá sin duda un coste, y muchos pensamos que de entrada traerá más problemas que beneficios; pero una Cataluña independiente seguramente acabará integrándose en la Unión Europea y estableciendo buenas relaciones con sus vecinos, porque ni a Cataluña ni a España ni a la Unión Europea les interesa otra cosa.

Ahora bien, ese referéndum también lo podrían ganar los partidarios de la unidad de España. Para ello, sin embargo, necesitarían oponer a la ilusión soberanista lo que Ortega llamó, en La España invertebrada, “un proyecto sugestivo de vida en común”.  Esto requeriría, entre otras cosas, renovar la clase política española y reducir el poder de los partidos tradicionales. Además, sería necesario que los partidos pequeños se atrevieran a dejar de repetir las mismas tonterías que dicen los grandes, o al menos a dar cabida a ideas menos esclerotizadas. Si finalmente ese referéndum lo ganasen quienes se oponen a la disgregación del Estado español, esa victoria sería una buena noticia no tanto por el mantenimiento de la unidad del Estado sino, sobre todo, porque indicaría que éste comienza a merecer la confianza de los ciudadanos.

En cualquier caso, si hoy podemos pensar, con más esperanzas que en los tiempos de Ortega, en “un proyecto sugestivo de vida en común” ese proyecto es Europa. A pesar de que el camino hacia la unidad europea no está en su mejor momento, muchos seguimos pensando que ése es nuestro único futuro viable. Si somos capaces de avanzar sólidamente hacia la integración europea, si somos capaces de transferir más y más competencias a los órganos comunitarios, si somos capaces de sustituir las ensoñaciones nacionalistas por un ideal primero europeísta pero, en último término, cosmopolita, entonces la cuestión de que Cataluña permanezca o no dentro del Estado español puede acabar dándonos más o menos igual.

Postdata:

No crean que me hago demasiadas ilusiones con esto del referéndum: los grandes partidos nacionales se aferran a las viejas ideas y parecen tener asegurada una larga vida, con la ayuda de un sistema electoral favorable y unos medios de comunicación mayoritariamente a su servicio. Y en cuanto a que los pequeños se abran a nuevas ideas, ya me referí en una entrada anterior a un comentario de Lilian Bermejo Luque sobre este mismo tema, que Rosa Díez (o alguno de sus colaboradores) retiraron, junto con algunos comentarios más, del blog personal de la líder de UPyD. ¿Habrá algún partido más receptivo?

La destrucción del alma: Bosnia, la guerra y unas mulas transfronterizas

Ya lo sé. Ahora tocaba una entrada cuyo título empezara así: “Cosas que nunca pensé que haría: (3)”.  Pero resulta que antes de escribir la tercera entrega de esta aclamada serie tengo que aclarar con el mundo unas cuantas cosas. Resulta, por otra parte, que el mundo va al paso que va, y que no quería tener a mis ávidos lectores abandonados por tanto tiempo.

Además, me ha llegado por correo un libro del que quiero hablar. Es la traducción al español de The Shattering of the Soul, un estremecedor testimonio sobre la guerra en Yugoslavia recogido por mi amiga Janja Bec. El libro incluye diez de las muchas entrevistas que Janja realizó entre noviembre de 1995 y enero de 1996 a mujeres que malvivían en campos de refugiados de Eslovenia tras haber escapado, por los pelos, de la muerte en Bosnia. Eran humildes campesinas que habían perdido sus casas en la guerra. También habían perdido a sus hijos o a otros seres queridos, asesinados por soldados o por sus propios vecinos.

Este libro aporta el testimonio en primera persona de quienes vivieron primero el desconcierto, luego el terror y, finalmente, el inmenso dolor de ver morir a los suyos durante los días de la guerra; recoge historias de vecinos buenos que salvaron a quienes súbitamente se habían convertido en “los otros”, cuando “los suyos” estaban a punto de matarlos, pero también testimonios de “buenos vecinos” a quienes la guerra convirtió en verdugos, ladrones y violadores. Las mujeres raramente explican las causas; solo cuentan su historia y comparten su sufrimiento. Pero de vez en cuando surge una denuncia. Dice Dzvahira (p. 33):

¿Quién nos ha metido en todo esto? ¿Para qué necesitábamos todo esto? Los líderes lo necesitaban. Temían perder los sillones en que se sentaban…

Ahora el libro, traducido por Carla Matteini, ha sido publicado por una pequeña editorial de Madrid, Continta me tienes. Richard Goldstone, que fue fiscal general en el Tribunal de la Haya para la guerra de la Antigua Yugoslavia, ha escrito el Prólogo. Gervasio Sánchez ha aportado unas fotografías tan impresionantes como ésta de la portada, que muestra la Biblioteca de Sarajevo destruida:

Libro Janja Bec

Janja Bec, que vive en Serbia y ha sido candidata al Premio Nobel de la Paz, se ha visto relegada y silenciada por llamar a las cosas por su nombre. Por ejemplo, por llamar genocidio al genocidio de Srebrenica, donde en julio de 1995 soldados del ejército de la República Srpska y paramilitares serbios asesinaron a más de ocho mil personas desarmadas, bosnios musulmanes, mientras los cascos azules holandeses que debían protegerlos pensaban en el queso de bola. A algunos serbios les molesta que Janja, que también es serbia, señale a todos los criminales de guerra, incluidos los serbios, y que denuncie que algunos asesinos de Srebrenica hayan hecho carrera en el ejército de la República Srpska, mientras las mujeres que entrevistó en los campos de refugiados siguen viviendo en la miseria.

Hace unos años tuve la suerte de compartir con ella aulas en Split y en Dubrovnic. En Dubrovnik, Janja se esforzaba por mantener viva la memoria del genocidio y de los crímenes de guerra, y las voces de quienes reclamaban justicia. En Split juntábamos profesores y estudiantes de toda Europa para hablar de la reconstrucción de los Balcanes y del futuro.

Durante tres años, los cursos en Split incluyeron una actividad especial: profesores y alumnos viajábamos hasta Mostar, donde unos amigos de la Universidad de Granada estaban empeñados en promover la colaboración entre las dos universidades (una croata, otra bosnio-musulmana) en las que se había dividido la antigua universidad. Ardua tarea, porque es más fácil romper las cosas que luego recomponerlas.

Todos los años, en el viaje de Split a Mostar, nos encontrábamos con algo que poco antes no estaba allí: una frontera, la que ahora separaba Croacia de Bosnia-Herzegovina. Todos los años pasábamos un rato en tierra de nadie (o, mejor dicho, carretera de nadie), helados de frío, porque todos los años los guardias le ponían pegas a alguien de la expedición. Los de la Unión Europea no teníamos problemas. Mira por dónde, los que lo tenían más difícil eran los que venían de más cerca.

Uno de esos años, mientras llamábamos por teléfono a Mostar para pedir ayuda, observé a un campesino que araba su finca en paralelo a la carretera. Araba como antiguamente, con un arado romano tirado por dos mulas. La finca, según colegí, estaba allí antes que la frontera, porque el campesino, cada vez que daba una vuelta, cruzaba como si tal cosa la línea imaginaria de la frontera, que atravesaba su finca. Y sus mulas igual: con la misma naturalidad.

Mientras tanto, nosotros seguíamos discutiendo con los guardias, que no dejaban pasar a alguno de los nuestros por algún peregrino motivo. Los macedonios lo tenían difícil por una cosa y los kosovares, por otra. A una profesora búlgara no la dejaron entrar porque no llevaba visado, y los búlgaros solo podían pasar sin visado en verano. Se ve que los búlgaros se vuelven peligrosos con el frío.

El labrador y sus mulas habían completado ya otro surco, de punta a punta de la finca, y volvían a cruzar la frontera, y nosotros seguíamos discutiendo con los guardias.

Los vicerrectores de Móstar habían llamado al Ministerio, pero el Ministerio no podía hacer nada. Finalmente, algunos tenían que regresar a Split en un autobús de línea. Nosotros subíamos resignados al que nos llevaba a Mostar, mientras las mulas y el campesino seguían arando la tierra. Quizá el campesino nos miraba de reojo y entendía algo de lo que pasaba. Las mulas seguro que no entendían nada. Pero no porque fueran menos inteligentes que nosotros. Si hubieran podido hablar quizá habrían dicho algo, no sé si en serbo-croata, en serbio, en croata o en bosnio, porque allí, como aquí, no se ponen de acuerdo sobre cómo se llama su lengua; quizá habrían hablado en la lengua de las mulas, y seguramente habrían dicho algo sobre las fronteras y la estupidez humana.

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