Las tres almas de Podemos

En una entrada anterior defendí la política de abajo arriba. Desde entonces, seguramente la mayor novedad en la política española ha sido la irrupción de Podemos, un movimiento cuyo principal reclamo es, precisamente, practicar una política de abajo arriba. Siguiendo con nuestro manual de política tridimensional, el ejercicio de hoy consiste en comprobar si esa etiqueta le cuadra a este nuevo grupo político.

La respuesta no es fácil porque dentro de Podemos conviven tres almas, y cada una de ellas interpreta de forma distinta eso de practicar la política de abajo arriba.

Esto que digo no es del todo nuevo. Algunos ilustrados comentaristas ya han dicho que hay dos tendencias en tensión dentro de Podemos. Yo digo que hay tres, porque algo tendré que añadir: con todo lo que se ha escrito sobre Podemos, no voy a perder el tiempo en decir lo mismo. Además, mejor que de “tendencias”, yo prefiero hablar de “almas”, que suena más poético.

 La primera de las almas de Podemos es la anticapitalista, que está presente sobre todo en los miembros del grupo Izquierda Anticapitalista y en antiguos militantes de partidos de izquierda. Para éstos, la política de abajo arriba consiste ante todo en la conquista del poder por los “de abajo” como paso ineludible en la construcción de una sociedad sin clases. De acuerdo con la tradición marxista, “los de abajo” se identifican con el proletariado (el del siglo XXI, que no es exactamente el mismo que el del XIX) y el instrumento sigue siendo la lucha de clases, aunque a los recursos tradicionales de ésta (las barricadas, las huelgas o el arte proletario) se suman ahora recursos técnicos novedosos, como los muros de Facebook y los Círculos Podemos. Quienes descalifican a Podemos como otro partido más de la extrema izquierda (por ejemplo, toda la “caverna mediática”, pero también Joaquín Sabina) se fijan sobre todo en esta primera de sus almas y, al hacerlo, solo cuentan parte de la verdad.

 La segunda es el alma que, siguiendo a los comentaristas de marras, podemos llamar populista. Es la que está más presente en la comisión promotora de Podemos y en sus portavoces más conocidos, como Pablo Iglesias. Estos siguen viendo la política como una defensa de los de abajo frente a los de arriba, aunque hacen una lectura más amplia de los de abajo, hasta incluir a todas las buenas gentes (los parados, los médicos, los estudiantes, los hipotecados, los investigadores…, muchos de ellos venidos del 15M y de las mareas ciudadanas) que se sienten justamente indignados y estafados por los de arriba, también novedosamente reinterpretados como la casta. En el discurso de estos portavoces las referencias a la lucha de clases y la revolución proletaria ceden el protagonismo a la reivindicación de incumplidos derechos constitucionales, como el derecho a la vivienda y al trabajo. Los anticapitalistas (y Willy Toledo) dicen que estos otros son, en realidad, socialdemócratas, lo cual viniendo de los anticapitalistas no es ningún cumplido. El nombre de populistas les viene de la influencia que han recibido de representantes del llamado “populismo latinoamericano” post-marxista, como el difunto Ernesto Laclau, un politólogo argentino con algunos aciertos teóricos y un gran desacierto práctico: haber vinculado voluntariamente la suerte de sus teorías a la del kirchnerismo. Le puede pasar (póstumamente) lo que le pasó a Philip Pettit cuando eligió a Zapatero como encarnación viviente de su republicanismo. Que el señor les conserve el olfato a los filósofos políticos.

 Queda, en mi opinión, un alma más de Podemos, en la que no suelen reparar sus detractores, un alma que se solapa con las otras dos y que, aunque sea más afín a la segunda, no acaba de identificarse con ninguna de ellas. La llamaré su alma democrática. Es el alma que se encarna, por ejemplo, en estos portavoces locales que insisten en que Podemos no es un partido, sino un método para la participación de personas con convicciones diversas, que no tiene ideología y que no es, dicen literalmente, ni de izquierdas ni de derechas, sino “sentido común”. A algunos estas palabras les sonarán ingenuas (el sentido común tiene muchas interpretaciones), pero creo que aquí encontramos la principal novedad de Podemos y la principal explicación de su inesperado éxito en las urnas; también creo que Podemos tiene futuro como proyecto político a largo plazo solo si este alma se impone a las otras dos. Y alguna tendrá que imponerse, porque hay que elegir entre primar los contenidos o primar el método. Verbigracia, si un grupo se llama a sí mismo “Izquierda Anticapitalista”, podemos inferir que sus miembros ya han decidido, antes de empezar a discutir, que el capitalismo es malo. Pero entonces, ¿para qué necesitan el método?

 En Podemos hay un método y unos contenidos. A mí el método me parece muy bien. Los contenidos, a veces sí y a veces no. Pero en estos momentos es más importante el método que los contenidos. ¿Por qué? Porque la gente de la calle no se cree los contenidos de los programas, y hace bien. Por ejemplo, ahora todo el mundo está de acuerdo en que hay que luchar contra la corrupción. ¡Hasta la presidenta de la Junta de Andalucía! ¡Hasta la vicepresidenta del gobierno! No paran de decir que ellas y sus partidos están comprometidos contra la corrupción, pero a estas alturas casi nadie les hace caso, como es natural.

 Por eso, a partidos como UPyD y Ciudadanos no les basta con decir que están contra la corrupción, por la transparencia, por la participación y contra la vieja política. Necesitan mostrar en su praxis que están muy lejos de las maneras del PP y del PSOE y, como señalé en una entrada anterior, justamente de eso no nos acaban de convencer. Podemos podría decepcionar a sus seguidores si cometiera el mismo error que UPyD y Ciudadanos: dar más importancia a los contenidos que al método y utilizar éste como un mero recurso pedagógico o propagandístico mediante el cual demostrar los axiomas que ya se aceptaban antes de aplicar el método. En otras palabras: Podemos corre el peligro de convertirse en un partido más (eso sí, de izquierdas) si se impone tanto su alma anticapitalista como su alma populista; de la misma manera que UPyD y Ciudadanos corren el peligro de convertirse en dos partidos más (eso sí, de centro), si siguen más preocupados por su escaparate programático que por el funcionamiento de sus tripas.

 Así pues, aquellos portavoces locales de Podemos tienen razón cuando dicen que lo fundamental es el método (la participación, la democracia, la movilización de los que no estaban movilizados) y no la ideología, el anticapitalismo, el populismo o la izquierda. Ellos quizá no han leído a Laclau, ni a Althusser, ni a Chantal Mouffe, ni a Gramsci, ni a Lacan ni a Derrida (o a lo mejor sí: vaya usted a saber). Pero han disuelto algunos dilemas viejunos sobre la viabilidad de la democracia participativa manejando los tuits y el whats up con unos dedos vertiginosos que son la envidia de los que tenemos más años; y han sabido conectar con la gente de la calle mejor que ninguno de esos políticos culturetas de izquierda que han intentado durante décadas, infructuosamente, explicarles a las masas las bondades del post-estructuralismo.

 Ojalá el alma democrática se imponga en Podemos al alma populista y al alma anticapitalista. Mi novia tiene más esperanzas que yo con respecto a esto. Quizá porque ella es de la Generación X y yo más bien pertenezco al Baby Boom, y los del Baby Boom somos pesimistas por buenas razones.

 Sería bueno para Podemos y para el país que acabara imponiéndose el alma democrática. Podemos podría recibir entonces el apoyo de gentes que no saben si quieren destruir el capitalismo o acabar con la globalización pero sí tienen claro que quieren encontrar puestos de trabajo para los jóvenes, reducir gastos estúpidos y privilegios irracionales, y echar a los políticos corruptos. Solo así podría Podemos superar el techo tradicional de IU y ser algo más que un partido que defiende los intereses de un bando.

 Seamos, por un momento, incluso más optimistas e imaginemos que el alma democrática se impusiera, en general, en los nuevos partidos y movimientos políticos (Equo, UPyD, Ciudadanos, Podemos) por encima de sus dogmas respectivos. Entonces podríamos aspirar a una política mucho más de abajo arriba, una política que escuche a la gente y busque soluciones libres de dogmas a los retos de un mundo cambiante; una política en la que no habría desaparecido la confrontación, en la que convivirían almas diversas, pero que tendría, al menos, alma.

 En cuanto a los viejos partidos, hace tiempo que vendieron su alma y lo mejor es que la marea se lleve pronto los cadáveres.

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Manual de política tridimensional, primer ejercicio: ¿monarquía o república?

Prometí en la entrada anterior de este blog discutir posibles objeciones a mi propuesta de una taxonomía tridimensional para la política e ilustrar esta mediante ejemplos y ejercicios. Ahora bien, puesto que las objeciones son prolijas de responder y los ejemplos numerosos, voy a dividir este manual práctico de geometría política en varias entregas. Esta decisión me permite, además, empezar con un acontecimiento de actualidad (la reciente abdicación de Juan Carlos I) y dedicarle a tan regio asunto una entrada para él solo, comme il faut.

Imaginemos que los marcianos han llegado en gran número a la Tierra. No se trata de una invasión organizada, como la de la Guerra de los Mundos, sino de una desordenada desbandada que, por razones que no hacen al caso, ha traído a varios miles de familias marcianas hasta la Tierra a bordo de sus vehículos particulares. Dada la imposibilidad de aplicar las leyes de inmigración en este caso (pues las naves han llegado con los niveles de su especial combustible marciano en la reserva y no podemos devolver los tripulantes a su planeta), y dada la incompatibilidad de los marcianos con las temperaturas de las regiones templadas, la ONU acuerda crear para ellos un Estado en la Antártida. Los marcianos habrán de redactar la Constitución de ese Estado y decidir cómo quieren gobernarse.

Pues bien: este blog ha sido nombrado (a saber por qué) asesor constitucional del nuevo Estado marciano de la Antártida, y antes que nada se nos pide consejo acerca de su forma de gobierno. El autor de este blog no simpatiza a priori con la monarquía, especialmente si hablamos de una monarquía absoluta, y conoce bien las razonables objeciones que suelen dirigirse a esa institución. Con todo, la respuesta de este blog a la consulta es tajante: no diremos una palabra al respecto mientras no sepamos mejor cómo son los marcianos (por ahora solo sabemos que no soportan el calor) y cómo quieren vivir. Nuestro compromiso con la política de abajo arriba nos impide comprometernos con ninguna solución a priori, aunque sabemos de otros pensadores más temerarios que, con los mismos datos, no dudan en producir informes defendiendo ora la monarquía parlamentaria, ora la república presidencialista.

Podemos, eso sí, prevenir a los marcianos contra algunos errores cometidos en el pasado por los terrícolas. Por ejemplo, es posible que los marcianos crean en alguna divinidad y que, aprovechándose de esa peculiaridad suya, algún avispado marciano intente justificar su inopinada ocupación del trono de la Antártida aduciendo que la divinidad así lo ha querido. Pero si alguno lo intentare, entonces instruiríamos a los marcianos en un conocido argumento que encontramos en los escritos de David Hume. Lo que señala Hume es que si aceptamos que quien ocupa el trono está legitimado a hacerlo porque la divinidad lo ha permitido, también habremos de admitir que cualquier otro hecho sucede porque esa divinidad lo permite, incluido el hecho de que un magnicida asesine al monarca y ocupe su puesto invocando, como su antecesor, la gracia de la divinidad. Lo que Hume viene a señalar, pues, es que la diferencia entre lo legítimo y lo ilegítimo no puede venir dada por lo que una divinidad omnipotente permite que suceda, porque entonces todo lo que sucede se convierte en legítimo y la diferencia se desvanece. Señalaré, de paso, que esto vale para los reyes marcianos y para los reyes de España: la justificación teológica de la monarquía es ineficaz, incluso, en un país (dizque) mayoritariamente católico.

¿Cómo podría legitimarse, entonces, la monarquía u otra forma de gobierno? Quizá algunos marcianos respondan: “Las leyes”. Esto es: un rey es el rey legítimo si lo es de acuerdo con las leyes vigentes. El problema es que los marcianos de la Antártida aún no tienen leyes. Están tratando, precisamente, de dotarse de algunas. Entre otras, de las leyes que establezcan quién debe gobernar. ¿Sobre qué base elegir, entonces, una u otra forma de gobierno y plasmarla en las leyes?

Este escenario marciano, por extraño que parezca, es pertinente para el caso español, porque nos recuerda que las leyes tienen un origen y una justificación. Esto significa que en algún momento hubo que preguntarse qué leyes eran las adecuadas y que en cualquier momento podemos preguntarnos si esas leyes siguen siendo las más adecuadas. En particular, quienes (empezando por el gobierno español) dicen que D. Felipe de Borbón está legitimado para ocupar el trono que deja vacante su padre porque así lo establecen las leyes, están respondiendo con una verdad obvia a una pregunta que nadie les ha hecho. Pues la pregunta interesante, la pregunta que sí hacen algunos, es si deberíamos cambiar las leyes, por los procedimientos que las mismas leyes permiten, bien para terminar con la monarquía, bien para consultar a los ciudadanos españoles acerca de la continuidad o no de esa monarquía.

De esta forma, llegamos a un punto en el que marcianos y españoles se enfrentan a una reflexión no tan diferente: ¿nos conviene o no tener un monarca? Pues bien, para esta pregunta también tenía respuesta Hume en los mismos escritos anteriormente mencionados. Dice Hume:

Pero ¿a quién debemos obediencia? ¿Quién es nuestro legítimo soberano? Esta pregunta es con frecuencia la más difícil de todas, y permite infinitas discusiones. Cuando la gente está tan contenta que puede responder: nuestro soberano actual, que ha heredado su corona, por línea directa, de aquellos ancestros que nos han gobernado durante siglos, esta respuesta no admite réplica alguna (…)

 Según Hume, pues, el criterio último es que la gente esté satisfecha con el monarca y con la institución. Traducido a la jerga de mi propuesta, podríamos decir: el criterio es que una institución y una persona contribuyan mejor que otras, en un momento determinado, a realizar los objetivos de la gente. Este criterio desarma a aquellos conservadores que quieren convencernos de que el heredero de la corona tiene siempre derecho al trono, sean cuales sean sus virtudes, las de sus progenitores y las circunstancias del país (quizá porque piensen, aunque no siempre lo digan, que el rey es rey por la gracia de Dios). También desarma a quienes son republicanos a priori y creen que es siempre racional deponer a cualquier monarca y sustituirlo por un presidente de la república, ya hablemos de marcianos o de españoles, ya se trate de Alfonso XIII o de Juan Carlos I, ya vivamos en 1931 o en 1975. Finalmente, contradice el perezoso razonamiento de quienes sostienen que el heredero al trono debe heredarlo simplemente porque así lo establecen las leyes, pues lo que generalmente están pidiendo sus interlocutores es, precisamente, que se cambien las leyes.

En fin, los marcianos sabrán lo que les conviene. Yo no digo nada, porque no les conozco. A los españoles les conozco algo más, y sobre la base de ese conocimiento me atrevo a sugerir que quizá no sea mala idea mantener la monarquía precisamente ahora que pasa a ocuparla alguien bien preparado y razonable; alguien que, parece, puede hacer bastante bien aquello que la Constitución le encomienda (y que, dicho sea de paso, no es tanto). Ahora bien, como en último término la única legitimidad digna de ese nombre que puede esgrimir ese futuro rey es la que le proporciona el apoyo del pueblo, también digo que la monarquía puede y debe terminar en España cuando este futuro rey, o alguno de sus sucesores, deje de hacer razonablemente bien aquello que esperamos que haga.

¿Cómo se demuestra el apoyo del pueblo? Algunos piden que se celebre un referéndum. Quizá sería inteligente que el propio heredero de la corona lo pidiera. Seguramente lo ganaría y reforzaría su legitimidad para las próximas décadas. Así pues, no me parece mal ni que se pida ni que se haga. Sin embargo, me llama la atención que ciertos partidos y grupos pongan tanto empeño en este asunto, como si lo que estuviera en juego fuera la deposición de un zar de poderes omnímodos y su sustitución por el Consejo Obrero y Campesino de Comisarios del Pueblo. Dada por supuesta la democracia parlamentaria, más bien estamos hablando de elegir entre un rey como el de Holanda o un presidente como el de Alemania (¿sabe alguien, fuera de esos países, cómo se llama alguno de ellos?).

Ojalá el referéndum, y otras fórmulas de consulta, fueran mucho más habituales en nuestra práctica política. Pero, puestos a pedir referendos, ¿no se nos ocurren unas cuantas cuestiones mucho más urgentes e importantes sobre las que consultar al pueblo?

Hemos planteado un ejercicio y es el momento de resumir la solución. El problema era: ¿monarquía o república? La respuesta de abajo arriba es que debemos elegir aquella institución que previsiblemente ayude mejor a realizar los fines de la gente, aquí y ahora. Un referéndum puede ser un buen instrumento para averiguar cuáles son esos fines y para reforzar la legitimidad de las instituciones, aunque no el único ni siempre el más adecuado. En todo caso, Felipe VI debe ser consciente de que el futuro y la legitimidad de la institución que representa dependen sobre todo de una cosa: de cómo lo haga; y también debe ser consciente de que quienes han de juzgar cómo lo hace son los españoles de nuestro tiempo. Lo que valió para los españoles de 1975 o para los marcianos de la Antártida puede no ser lo más adecuado para los españoles del siglo XXI.

La política, de abajo arriba

Hay muchas formas de clasificar y etiquetar las actitudes y las ideologías políticas. La más habitual consiste en distinguir entre las que son “de derechas” y las que son “de izquierdas”. Ahora bien, en nuestro complejo mundo esa taxonomía parece demasiado simple y hace muy difícil la respuesta a muchas preguntas. Verbigracia: ¿era más de izquierdas Mao o Gandhi?; ¿es más de derechas nacionalizar empresas, como hizo Franco, o privatizarlas, como hizo Margaret Thatcher?; ¿soy más de izquierdas si defiendo la existencia de televisiones públicas al servicio del gobierno, aunque el gobierno sea de derechas?; ¿me convierto en alguien de derechas si critico el gasto público ineficiente? Y, como estas, muchas más preguntas de dudosa respuesta.

Así pues, sería útil tener criterios algo más finos a la hora de ubicar a los partidos, a los programas y a uno mismo. Con ese propósito, algunos politólogos han propuesto que, en vez de situar las posiciones políticas a lo largo de una sola línea que va de izquierda a derecha, utilicemos las dos dimensiones de un plano, de la siguiente manera.

Primero, en lo que en mi escuela llamaban el eje de abscisas situamos a cada cual según justifique en mayor o menor medida la planificación colectiva de la economía: más a la izquierda cuanto más la justifique. En el eje de ordenadas, situamos las posiciones en función de su mayor o menor propensión al autoritarismo en la vida social: en un extremo, los defensores de un Estado autoritario, en el otro, los partidarios de la desaparición del Estado. La ubicación de cada cual resultaría de la combinación de las dos anteriores en lo que mis maestros llamaban un plano cartesiano.

Esta representación en dos dimensiones permite hilar más fino que la representación sobre una línea. Así, por ejemplo, un estalinista y un anarquista clásico, que quedarían igualmente a la izquierda según el eje de abscisas, ocuparían posiciones muy alejadas con respecto al de ordenadas.

A veces recomiendo a mis alumnos y a mis amigos que se sometan a un curioso test (“la brújula política”), diseñado hace ya algunos años. Éste permite, respondiendo unas cuantas preguntas, averiguar dónde cae uno mismo en ese mapa bidimensional. Los autores del test también especulan sobre dónde caerían distintos personajes históricos, de someterse al interrogatorio. Si los lectores de este blog quieren hacer ellos mismos la prueba, así como contemplar esa especulación sobre la ubicación de conocidos líderes políticos en el plano cartesiano, pueden encontrar ambas cosas aquí.

Ahora bien, ya va siendo hora de que la filosofía política se ponga ¡por fin! al nivel de la geometría euclídea y piense en tres dimensiones. Con esta finalidad, propongo que añadamos un tercer eje, vertical al plano, que ordene las actitudes políticas según su grado de apriorismo y dogmatismo: más arriba cuanto más inmunes a los hechos; más abajo cuanto más dispuestas a cambiar en función de lo que el tiempo y las circunstancias vayan enseñando. Los que se sitúan en la parte alta de este nuevo eje intentan practicar la política “de arriba abajo”, imponiendo a la vida política unos principios de validez universal y vigencia casi eterna. Los que nos situamos en la parte baja pretendemos, en cambio, aprender de la vida política de nuestro tiempo y de nuestro contexto, estamos dispuestos a dejarnos convencer por los argumentos y los datos, estamos abiertos a modificar las estrategias y hasta los principios, si con ello se consigue mejorar la práctica política. ¿Y en qué consiste mejorar la práctica política? En conseguir que la política sirva a los intereses y las necesidades de la gente, tal y como la propia gente los defina, y no a los objetivos que visionarios, filósofos, políticos o gurús de diverso pelaje se empeñen en imponer a sus prójimos.

Así pues, quienes entendemos la política “de abajo arriba” entendemos que esto significa dos cosas distintas pero relacionadas:

  1. En primer lugar, queremos dejar que sean los ciudadanos, los de abajo, quienes establezcan los objetivos de la acción política, en lugar de ser utilizados como mano de obra para realizar objetivos fijados por otros.
  2. En segundo lugar, creemos que la política consiste en averiguar los mejores medios para conseguir los objetivos de la gente, y eso es algo que se descubre empíricamente, aprendiendo de lo que ha ocurrido y de lo que ocurre, y no a priori. En esto, la política no es como la geometría euclídea ni, en general, como las matemáticas: no se trata de deducir a partir de axiomas, sino de inducir, trabajosamente, unas recetas que más o menos puedan funcionar durante algún tiempo, a partir de sucesivos ensayos y numerosos errores.

Ya estamos pertrechados teóricamente para practicar la reflexión política tridimensional. Por hoy lo dejamos aquí. En la próxima entrada rebatiré algunas acusaciones que podría recibir mi propuesta, como la de ser populista y la de ser tecnocrática. Además, como en todo manual de geometría que se precie, propondré algunas aplicaciones, ejemplos y ejercicios.

Vamos a irnos… ¡como yo quiero! A propósito de Cataluña

En un vídeo que se ha hecho viral,  un motorista ebrio anuncia: “Vamos a irnos, pero vamos a irnos… ¡como yo quiero!”. A continuación, toma una pendiente a excesiva velocidad, hace volar a su acompañante y se estrella él mismo contra una pared. Algo parecido anunció Artur Mas, presidente de la Generalitat, cuando puso en marcha el proceso hacia la consulta sobre la independencia de Cataluña: Mas anunció que Cataluña iba a irse, y que iba a irse como él quería, y no de otra manera.

Ciertamente, no puedo saber si Cataluña se irá finalmente o no. Tampoco sé si, de irse, acabará tan mal como el motorista ebrio, ni cuántos hierros y cascotes caerían sobre nuestras cabezas si Cataluña terminara estrellándose.  Sí sé que, de irse Cataluña, se irá como Mas quiere y no de otra manera, y que parte de la culpa la tendrá la clase política española, con el presidente del Gobierno a la cabeza. Nuestros políticos se acusan mutuamente de ser demasiado blandos o demasiado duros con el soberanismo y discuten si debemos permitir que Cataluña se vaya como Mas quiere; también discuten hasta dónde debemos llegar para impedirlo, y discuten si debemos impedirlo aplicando la Constitución, o si más bien debemos modificar la Constitución para impedirlo. Sus actitudes son diferentes pero, a mi juicio, todos ellos comparten un error de estrategia: todos dan por buena la disyuntiva planteada por Mas y sus aliados: o se acepta que Cataluña se vaya como Mas quiere, o no se acepta que pueda irse.

Antes de defender una estrategia alternativa, dejaré claro que el nacionalismo me parece una de las ideologías más estériles y anacrónicas, y que igualmente pernicioso me parece el nacionalismo catalán que el andaluz, el serbio que el español, el alemán que el cubano. También creo que uno de los mayores errores de buena parte de la izquierda en el siglo XX ha sido incorporar en mayor o menor grado el ideario nacionalista, o al menos ser condescendiente con él. Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht tenían razón cuando acusaron de incongruencia al SPD por apoyar la entrada de Alemania en la Primera Guerra Mundial, traicionando el espíritu internacionalista del socialismo.

Bueno, ya está. Espero que lo dicho baste para que no se me considere sospechoso de nacionalismo.

Ahora paso a argumentar por qué creo que el Estado español debería convocar un referéndum en Cataluña sobre el asunto de la independencia.

Algunos basan la defensa de un referéndum como el que se propone para Cataluña en la existencia de ciertos derechos naturales. Ahora bien, ¿de dónde provendrían esos derechos? Hay quienes, como John Locke, han sostenido que son otorgados por Dios, pero las justificaciones teológicas no son aceptables como fundamento político en sociedades plurales como la nuestra. Además, aunque admitiéramos la existencia de Dios, aún tendríamos que ponernos de acuerdo sobre qué versión de ese Dios dar por buena y sobre cómo interpretar Sus opiniones en el tema de los derechos. Y si ya resulta complicado reconocer derechos naturales a los individuos, imagínense a los pueblos; pues no tenemos claro ni qué son los derechos naturales ni qué son los pueblos. En concreto: ¿Qué opinaría Dios sobre un posible derecho a decidir de Cataluña? (Quizá Artur Mas no debería fiarse de Dios: un personaje de uno de los Episodios nacionales de Galdós, El equipaje del rey José, sostiene que Dios es español. Mas querría preguntarle mejor a la Virgen de Monserrat).

Creo que no tenemos más derechos que los que acordamos reconocernos unos a otros, ya sea legal o moralmente. No acepto, pues, la existencia de “derechos naturales”, por razones similares (aunque no idénticas) a las que ya expuso Jeremy Bentham hace unos doscientos años.

En cualquier caso, un derecho no existe legalmente si no ha sido legalmente reconocido, y las leyes españolas, empezando por la Constitución, no reconocen el derecho a decidir de Cataluña. Hasta aquí, todo claro. Esto es lo que repiten los políticos españoles que se oponen a la consulta soberanista, y en esto no se equivocan. Ahora bien: una cosa son las leyes y otra cosa el sentido común, y a veces el sentido común puede obligar a cambiar las leyes.

Verbigracia:  ¿qué hacemos cuando nos encontramos con un montón de gente que quiere decidir si Cataluña continúa o no en España? La respuesta legal es que da igual cuánta gente lo quiera, mientras la ley no lo permita. La respuesta del sentido común es: depende de cuán grande sea ese montón. Recordemos, por ejemplo, que Alfonso XIII dejó el trono de España en 1931 porque los partidos monárquicos perdieron… ¡unas elecciones municipales! (y las perdieron, en realidad, solo en las capitales de provincia: en los pueblos ganaron los partidos monárquicos). Ciertamente, el rey no tenía ninguna obligación legal de irse, pero se fue, y seguramente hizo lo más sensato.

Otro ejemplo más reciente: con la ley en la mano, el referéndum del 28 de febrero de 1980 lo perdieron los partidarios del “Sí”. Este referéndum determinó finalmente que Andalucía avanzara hacia su autonomía por el camino del artículo 151 de la Constitución (igual que las llamadas “comunidades históricas”) en vez de por la vía del artículo 143. Pero la Constitución establecía que para ello era necesario que al menos el 50% por cierto de los censados en todas y cada una de las ocho provincias andaluzas votara afirmativamente. Conseguir esto era ciertamente difícil. De hecho, no se consiguió: en Almería “solo” votó a favor el 42,07% del censo (no es que votaran muchos en contra, pero la abstención fue mayor que en otras provincias). Legalmente, pues, el asunto tendría que haber terminado ahí, pero habría sido un escándalo que no se tomara en consideración una opción apoyada en las urnas por casi 2.500.000 andaluces y rechazada expresamente solo por unos 152.000. Así que se cambiaron las leyes que fue necesario cambiar y finalmente el autogobierno andaluz se desarrolló de acuerdo con el artículo 151.

Los partidos que se oponen al referéndum en Cataluña consideran suficiente decir que el referéndum de autodeterminación es imposible porque es ilegal. ¿Seguirán diciendo lo mismo si el 70% de la población catalana apoya el referéndum? ¿Necesitarán que el apoyo llegue al 80% para ceder? Pues el porcentaje no para de subir, y más subirá mientras se siga creyendo que es posible parar las ilusiones solo con leyes.

La proclamación de la Segunda República, el 28 de febrero o la reciente “primavera árabe” muestran hasta qué punto la ilusión de la gente puede saltar por encima de las leyes; y en los últimos años el número de gente ilusionada en Cataluña por la posibilidad de la independencia no ha parado de crecer. Quizá los independentistas no han ganado, en lo tocante a razones, a los partidarios de seguir en España, pero sí parecen haber ganado la batalla de las ilusiones. Frente a eso, los políticos más duros invocan las leyes, pero esta estrategia parece tener el efecto de alimentar esas ilusiones. En cambio, los políticos más blandos están dispuestos a ir cediendo, como han cedido desde la Transición, y proponen un federalismo asimétrico que no satisface a los independentistas y condena al Estado español a seguir sufriendo el chantaje constante de los nacionalismos periféricos.

Frente a esta disyuntiva, existe una voz bastante extendida en la calle que, sin embargo, ningún partido representa: un “si quieren irse, que se vayan; pero si se quedan, que se queden aceptando las mismas reglas que los demás”. Es una voz que puede comprender las diferencias culturales, pero no las asimetrías económicas; una voz que entiende que los más ricos deben pagar más impuestos y los pobres deben recibir más ayuda, sin importar dónde hayan nacido; una voz que entiende que el Estado administra la soberanía que le han cedido las personas, no los pueblos.

Esta voz pediría al Estado español que, igual que el británico en el caso de Escocia, tome la iniciativa y convoque un referéndum en Cataluña, en los plazos que él mismo establezca, y que determine las condiciones en las que se otorgaría la independencia. Pues es el Estado quien legítimamente puede establecer tales condiciones, así como el momento de la consulta y el contenido de la pregunta, y no Mas y sus socios, que, dicho sea de paso, han mostrado cierta inclinación a hacer trampas con las preguntas. Si para convocar ese referéndum es necesario cambiar la Constitución, cámbiese: tenemos un ejemplo reciente de que la Constitución se puede cambiar muy deprisa cuando hay interés.

No nos engañemos: este referéndum que propongo podrían ganarlo los partidarios de la independencia. Pero de esa circunstancia no tendría por qué seguirse ninguna de las catastróficas situaciones que algunos auguran. La independencia de Cataluña tendrá sin duda un coste, y muchos pensamos que de entrada traerá más problemas que beneficios; pero una Cataluña independiente seguramente acabará integrándose en la Unión Europea y estableciendo buenas relaciones con sus vecinos, porque ni a Cataluña ni a España ni a la Unión Europea les interesa otra cosa.

Ahora bien, ese referéndum también lo podrían ganar los partidarios de la unidad de España. Para ello, sin embargo, necesitarían oponer a la ilusión soberanista lo que Ortega llamó, en La España invertebrada, “un proyecto sugestivo de vida en común”.  Esto requeriría, entre otras cosas, renovar la clase política española y reducir el poder de los partidos tradicionales. Además, sería necesario que los partidos pequeños se atrevieran a dejar de repetir las mismas tonterías que dicen los grandes, o al menos a dar cabida a ideas menos esclerotizadas. Si finalmente ese referéndum lo ganasen quienes se oponen a la disgregación del Estado español, esa victoria sería una buena noticia no tanto por el mantenimiento de la unidad del Estado sino, sobre todo, porque indicaría que éste comienza a merecer la confianza de los ciudadanos.

En cualquier caso, si hoy podemos pensar, con más esperanzas que en los tiempos de Ortega, en “un proyecto sugestivo de vida en común” ese proyecto es Europa. A pesar de que el camino hacia la unidad europea no está en su mejor momento, muchos seguimos pensando que ése es nuestro único futuro viable. Si somos capaces de avanzar sólidamente hacia la integración europea, si somos capaces de transferir más y más competencias a los órganos comunitarios, si somos capaces de sustituir las ensoñaciones nacionalistas por un ideal primero europeísta pero, en último término, cosmopolita, entonces la cuestión de que Cataluña permanezca o no dentro del Estado español puede acabar dándonos más o menos igual.

Postdata:

No crean que me hago demasiadas ilusiones con esto del referéndum: los grandes partidos nacionales se aferran a las viejas ideas y parecen tener asegurada una larga vida, con la ayuda de un sistema electoral favorable y unos medios de comunicación mayoritariamente a su servicio. Y en cuanto a que los pequeños se abran a nuevas ideas, ya me referí en una entrada anterior a un comentario de Lilian Bermejo Luque sobre este mismo tema, que Rosa Díez (o alguno de sus colaboradores) retiraron, junto con algunos comentarios más, del blog personal de la líder de UPyD. ¿Habrá algún partido más receptivo?

Cosas que nunca pensé que haría: (y 3) recuperar, cómo decirlo…, cierta distancia con una opción política previamente apoyada

Continúo, por fin, con la tercera parte de la serie. He tardado; pero no por desidia, sino porque necesitaba realizar cierto trabajo de campo. Vuelto del campo, sigamos con los escritos. Esta entrada va a resultar poco filosófica y bastante autobiográfica, pero no esperen encontrar en ella detalles escabrosos.

Sobre Rosa Díez y la falta de tiempo

Ya conocen a Lilian Bermejo Luque, que a pesar de sus protestas aparecía reiteradamente mencionada en una entrada anterior como “mi novia”. Pues bien: hace algún tiempo, Lilian Bermejo Luque y yo pensamos que debíamos hacer algo con respecto a este país. Igual que, supongo, les ha pasado a otros muchos durante los últimos años, sentimos que los ciudadanos españoles estábamos permitiendo unos niveles de incompetencia y corrupción excesivos en nuestra clase política, y que no nos merecíamos unos dirigentes mejores si no estábamos dispuestos a mover un músculo para sustituirlos. Así que decidimos movilizar no uno, sino varios músculos, y también algunas vísceras para contribuir a que la situación cambiara.

Se nos ocurrió, entonces, ayudar en lo que pudiéramos a alguno de los partidos que intentan romper el monopolio de esos otros que han desprestigiado la política española durante las últimas décadas. Nos estudiamos los programas y, aunque no estábamos completamente de acuerdo con ninguno (¡filósofos teníamos que ser!) nos encontramos más cerca de UPyD que de ningún otro (a excepción de Ciutadans, pero Ciutadans era entonces un partido casi exclusivamente catalán y nos quedaba lejos).

Así pues, decidimos colaborar con UPyD. Ahora bien, ¿cómo? Los ricos pueden donar su dinero, los famosos pueden prestar su nombre y los palmeros pueden jalear las intervenciones de los líderes; pero nosotros no pertenecemos a ninguno de esos tres grupos. Se nos ocurrió entonces contribuir con “ideas”. Al fin y al cabo, los partidos que dominan la política española no parecen sobrados de buenas ideas, y en algo se tienen que distinguir, para mejor, los nuevos de los antiguos.

Ahora bien: uno contribuye con una idea si aporta justamente una que el otro (o la otra) no tiene. Para aplaudir las ideas aceptadas ya están los mencionados palmeros, que tanto abundan en las sedes de los partidos y en sus mítines, y ni Lilian Bermejo Luque ni yo tenemos esa vocación. Así pues, se nos ocurrió proponer a UPyD una idea que su portavoz nacional, Rosa Díez, no defiende, justamente porque defiende la contraria. No voy a explicar ahora en qué consistía nuestra idea, porque me alargaría demasiado, pero prometo contarla otro día.

No éramos, entonces, mucho más jóvenes que ahora; pero, según se ha visto, sí mucho más ingenuos: creíamos que si un partido defiende una idea equivocada, la mejor ayuda que se le puede ofrecer consiste en sacarlo de su error, y con ese espíritu escribimos a Rosa Díez. No teníamos, claro está, muchas esperanzas de convencerla, pero pensamos que, al menos, agradecería nuestro interés y se mostraría dispuesta a discutir con nosotros. Pues de los nuevos partidos uno espera mayor atención que de los antiguos a las propuestas de los ciudadanos.

Escribimos, pues, un correo electrónico a Rosa Díez con nuestra propuesta. Nos contestó un amable técnico del grupo parlamentario de UPyD, que agradecía nuestra sugerencia y anunciaba el traslado de la misma a la portavoz del grupo. Pero nunca recibimos respuesta alguna  por parte de dicha portavoz, ni de ningún colaborador suyo.

Algún lector o lectora estará pensando: “Ahí os llevasteis una cura de humildad, filósofos de pacotilla”. Pero no: la cura ya nos la habíamos aplicado antes. Ya sabíamos que ni Lilian es Simone de Beauvoir ni yo soy Jean-Paul Sartre (hechos ambos de los que me alegro, por varias razones), pero no esperábamos ser escuchados por ser filósofos, o profesores universitarios, ni en virtud de ningún otro título o mérito, sino en tanto que ciudadanos.  En una democracia, los políticos representan a los ciudadanos, y deberían estar dispuestos a escucharles. Pero se ve que eso resulta más difícil de lo que uno esperaría, incluso en aquellos partidos que presumen de su proximidad a la ciudadanía y pretenden diferenciarse de la vieja casta política.

Ahora bien, quizá Rosa Díez (o su colaborador) no habían contestado por falta de tiempo, o por un fallo en la transmisión de la propuesta. Así que Lilian insistió. Descubrió que Rosa Díez había publicado en su blog personal una entrada sobre, precisamente, el tema que queríamos discutir, y envió un comentario. El comentario fue publicado; lo cual es de agradecer, porque era un comentario crítico con la posición de Rosa Díez. La exposición de Lilian era, con todo, respetuosa y constructiva, aportaba argumentos sólidos y recibió el apoyo de algunos espontáneos visitantes del blog. Su contribución parecía haber conseguido lo que pretendía: provocar la deliberación sosegada sobre un asunto de interés público. Pero justamente cuando crecía el intercambio de pareceres sobre el particular y más interesante se tornaba la discusión, Rosa Díez (o quien gestione su  blog) decidió suprimir todos los comentarios, todos. Desde entonces la entrada sigue allí, pero sin comentarios.

Así que el problema no era la falta de tiempo; porque Rosa Díez, o alguien de su entorno, tuvo tiempo para permitir que aparecieran unos comentarios críticos con la posición oficial del partido mientras lo consideraron oportuno, y también tuvo tiempo para eliminarlos, todos ellos, cuando dejaron de hacer gracia. El problema parece, pues, otro: un cierto déficit de talante democrático. Pareciera que, igual que en los partidos que critica, en UPyD son bienvenidas las ideas solo si coinciden con las defendidas por su líder. Así que Lilian Bermejo Luque y un servidor llegamos a la conclusión de que en UPyD gentes como nosotros no pintábamos nada y decidimos terminar ahí nuestra incipiente colaboración.

Sobre Movimiento Ciudadano y el síndrome del fotógrafo

Cerrado el capítulo de UPyD, descubrimos que, a partir de Ciutadans, se estaba construyendo un proyecto para toda España llamado Movimiento Ciudadano. Ya expliqué en una entrada anterior (véase debajo) las razones por las que decidí firmar, junto con otras 50.000 personas, el Compromiso Ciudadano y mostrar públicamente mi apoyo a esta iniciativa.

Pero no paró ahí la cosa. Lilian y yo decidimos realizar algún estudio de campo y, de resultar este satisfactorio, manifestar nuestro apoyo de manera más física y presencial. Así que viajamos hasta Sevilla el pasado 18 de enero para asistir al acto de presentación en Andalucía de Movimiento Ciudadano. Para un servidor, acudir a ese tipo de reuniones no es, ni mucho menos, una acción rutinaria. Mi experiencia previa tuvo lugar a mediados de los ochenta (sí: hablamos del siglo pasado), cuando asistí a un mitin de Julio Anguita. Luego dejé de ir a esas cosas; y no por culpa de Anguita, que es un gran orador, sino por las mismas razones por las que no voy a los campos de fútbol: si de lo que se trata es de ver el partido, se ve mejor por la tele; y si de lo que se trata es de animar, hay hinchas mucho más entusiastas.

Volviendo a lo de Sevilla, ¿qué nos encontramos? Ante todo, mucha gente llegada desde muchos lugares de Andalucía (los organizadores dijeron que había en la sala unas 1.400 personas). Parecían, en general, ciudadanos sin experiencia política previa, que seguramente se habían tomado la molestia de ir hasta allí porque querían, sincera y desinteresadamente, cambiar la política española y contribuir a la mejora del país: una gente, en definitiva, que sería lamentable decepcionar. También nos encontramos un acto bien organizado, una escenografía cuidada, una puesta en escena impecable y unos discursos de nivel aceptable entre los que destacó, como de costumbre, la elocuencia de ese gran comunicador que es Albert Rivera.

Ahora bien, no todo lo que vimos y oímos nos gustó, y voy explicar por qué.

No sé si habrán estado ustedes en una de esas bodas en las que manda el fotógrafo.  En esas bodas, el fotógrafo ordena lo que tiene que hacer cada cual, dónde tiene que ponerse y junto a quién, cuándo habla el padrino y cuándo bailan y se besan los novios. Cuando manda el fotógrafo, no importan ni el cariño de los que se casan, ni la emoción de sus progenitores, ni la diversión de los amigos: basta con que la cámara registre para el futuro, en foto o en vídeo, una apariencia de cariño, emoción y diversión que casi siempre parece falsa.

Pues bien: el acto de Sevilla daba la impresión de haber sido organizado por el fotógrafo, y por eso el vídeo quedó bien, como cualquiera puede comprobar si lo busca en Internet. Pero el fotógrafo no cayó en ciertas contradicciones entre lo que se mostró en el acto y el contenido del proyecto político, quizá porque no es obligación del fotógrafo entender los mensajes que graba.

Nos sorprendió, para empezar, que la atención a los asistentes no estuviera en manos de voluntarios, como uno esperaría de un auténtico movimiento ciudadano, sino de un grupo de azafatas de congresos a las que habían uniformado con minifaldas y escote, a pesar del frío invernal: como en una de esas convenciones de empresa en Las Vegas.

A continuación nos desconcertó que los ciudadanos que leyeron públicamente el Compromiso no fueran presentados por su nombre, a diferencia de las figuras mediáticas que arropan a Albert Rivera en estos actos: Javier Nart, Juan Carlos Girauta, Carolina Punset, Luis Salvador y algunos más. ¿Están acaso llamados los ciudadanos a participar en este movimiento como receptores o figurantes y no como agentes activos? ¿Cuál es la diferencia, entonces, con los grandes partidos que alientan sin rubor el culto de las masas a sus líderes?

En tercer lugar, saltaba a la vista la gran cantidad de asientos reservados en las primeras filas. ¿Reservados para quién? Unos pocos para Albert Rivera y algunos dirigentes de Ciutadans, lo cual es razonable: Albert entra el último en la sala, por mor de la escenografía, y quedaría feo que tuviera que sentarse en las escaleras. Pero ¿y el resto de las filas? Solo sabemos, porque lo dijeron públicamente los presentadores del acto, que allí se sentaban, entre otros, los hermanos mayores de varias cofradías. Esto resulta, de nuevo, sorprendente. Como es natural, no nos pareció mal que estas personas estuvieran presentes: ojalá hubieran acudido las cofradías enteras, y los músicos de todas las bandas de Sevilla, los monosabios de la Maestranza y los aparcacoches de Triana. Ahora bien, habiéndose declarado Ciutadans, la matriz de Movimiento Ciudadano, un partido laico y partidario de la estricta separación entre las confesiones y el Estado, resulta contradictorio conceder un tratamiento especial a ciertas personas únicamente en virtud de sus cargos en unas instituciones religiosas.

Lilian Bermejo Luque y yo regresamos, pues, de Sevilla, un tanto decepcionados, pero decididos, de nuevo, a contribuir con nuestras “ideas” a un proyecto político que nos seguía pareciendo interesante. Volvimos a sentarnos, pues, frente al ordenador y escribimos un mensaje, dirigido a Albert Rivera y a otros dirigentes de Ciutadans, en el que indicábamos los errores que, a nuestro juicio, se habían producido en la presentación sevillana de Movimiento Ciudadano. A las cuestiones mencionadas añadíamos alguna observación más, verbigracia: ¿qué imagen transmite Albert Rivera en este vídeo, en el que lo vemos tomar notas en el asiento de atrás de lo que parece un coche oficial, mientras alguien conduce por él?

Redactado el escrito, lo enviamos a sus destinatarios. Escarmentados por la experiencia con  Rosa Díez, esta vez no nos contentamos con remitir la carta a un solo dirigente, sino que escribimos a seis miembros del Comité Ejecutivo de Ciutadans, incluido su Presidente. Solo recibimos, de forma semejante a lo ocurrido con el grupo parlamentario de UPyD, un escueto acuse de recibo y la indicación de que se daba traslado de nuestro escrito al gabinete de presidencia. No hemos sabido nada más. ¿Compartirán Ciutadans y UPyD ese agujero negro al que sus técnicos reenvían las propuestas de la gente de la calle?

Más tarde hemos recibido, como todo el mundo, nuevas noticias de Ciutadans. Hemos sabido que el pasado 22 de febrero se celebraron las primarias para elegir a quienes encabezarán la lista para las elecciones europeas. Han participado el 23% de los militantes y han resultado elegidos, para los tres primeros puestos, Javier Nart, Juan Carlos Girauta y Carolina Punset, los tres candidatos previamente propuestos por la dirección del partido.

Está bien que los partidos celebren primarias, pero experiencias recientes como la elección de Susana Díez como secretaria general del PSOE-A demuestran que las primarias no siempre garantizan la calidad democrática de las organizaciones. En el caso de Ciutadans, la voluntad de convertirse en un genuino movimiento ciudadano nacional habría sido más creíble si las primarias se hubieran abierto a los 50.000 firmantes del Compromiso Ciudadano, y si se hubiera favorecido la confrontación real entre candidatos con verdaderas posibilidades de ganar, a la manera de las primarias de los partidos Demócrata y Republicano en EE.UU. Dada la forma en que se ha llevado a cabo el proceso, y el escaso entusiasmo que ha despertado entre los militantes, Ciutadans ha conseguido transmitir con sus primarias la misma imagen que UPyD: la imagen de partidos que no quieren militantes sino seguidores, que no quieren personas que cuestionen los programas y envíen propuestas, sino gente que jalee a los líderes y reenvíe las convocatorias y los lemas a través de las redes sociales. Quieren bocas y orejas que transmitan las virtudes del producto que se vende, sin poner en cuestión el producto mismo. Ahora bien, todo esto ya lo hacían, con la eficacia que proporciona la experiencia, los partidos de toda la vida. Difícilmente llegarán muy lejos los nuevos partidos si han de convencernos de que van a hacer mejor que los viejos lo mismo que aquéllos ya hacían. Y la promesa de hacer algo nuevo parece quedarse solo en eso: en una promesa.

Movimiento Ciudadano tiene aún una oportunidad para recuperar su credibilidad ante quienes, como yo mismo, nos hemos sentido decepcionados por el comportamiento de sus estrategas durante los últimos meses. Recientemente, los firmantes del Compromiso Ciudadano hemos recibido el anuncio de que a finales de este mes de marzo comenzará un proceso participativo en el que podremos contribuir al desarrollo de las cinco reformas propuestas en el Compromiso. ¿Será, por fin, el momento de empezar a construir un movimiento de abajo arriba,  con participación real de la gente? ¿O será una mera estrategia de marketing de cara a las elecciones europeas? Ojalá sea lo primero, porque el país necesita un movimiento de regeneración democrática real, y no una mera fachada. Pero todo se arruinará de nuevo si la organización de ese proceso queda otra vez en manos del fotógrafo.

La destrucción del alma: Bosnia, la guerra y unas mulas transfronterizas

Ya lo sé. Ahora tocaba una entrada cuyo título empezara así: “Cosas que nunca pensé que haría: (3)”.  Pero resulta que antes de escribir la tercera entrega de esta aclamada serie tengo que aclarar con el mundo unas cuantas cosas. Resulta, por otra parte, que el mundo va al paso que va, y que no quería tener a mis ávidos lectores abandonados por tanto tiempo.

Además, me ha llegado por correo un libro del que quiero hablar. Es la traducción al español de The Shattering of the Soul, un estremecedor testimonio sobre la guerra en Yugoslavia recogido por mi amiga Janja Bec. El libro incluye diez de las muchas entrevistas que Janja realizó entre noviembre de 1995 y enero de 1996 a mujeres que malvivían en campos de refugiados de Eslovenia tras haber escapado, por los pelos, de la muerte en Bosnia. Eran humildes campesinas que habían perdido sus casas en la guerra. También habían perdido a sus hijos o a otros seres queridos, asesinados por soldados o por sus propios vecinos.

Este libro aporta el testimonio en primera persona de quienes vivieron primero el desconcierto, luego el terror y, finalmente, el inmenso dolor de ver morir a los suyos durante los días de la guerra; recoge historias de vecinos buenos que salvaron a quienes súbitamente se habían convertido en “los otros”, cuando “los suyos” estaban a punto de matarlos, pero también testimonios de “buenos vecinos” a quienes la guerra convirtió en verdugos, ladrones y violadores. Las mujeres raramente explican las causas; solo cuentan su historia y comparten su sufrimiento. Pero de vez en cuando surge una denuncia. Dice Dzvahira (p. 33):

¿Quién nos ha metido en todo esto? ¿Para qué necesitábamos todo esto? Los líderes lo necesitaban. Temían perder los sillones en que se sentaban…

Ahora el libro, traducido por Carla Matteini, ha sido publicado por una pequeña editorial de Madrid, Continta me tienes. Richard Goldstone, que fue fiscal general en el Tribunal de la Haya para la guerra de la Antigua Yugoslavia, ha escrito el Prólogo. Gervasio Sánchez ha aportado unas fotografías tan impresionantes como ésta de la portada, que muestra la Biblioteca de Sarajevo destruida:

Libro Janja Bec

Janja Bec, que vive en Serbia y ha sido candidata al Premio Nobel de la Paz, se ha visto relegada y silenciada por llamar a las cosas por su nombre. Por ejemplo, por llamar genocidio al genocidio de Srebrenica, donde en julio de 1995 soldados del ejército de la República Srpska y paramilitares serbios asesinaron a más de ocho mil personas desarmadas, bosnios musulmanes, mientras los cascos azules holandeses que debían protegerlos pensaban en el queso de bola. A algunos serbios les molesta que Janja, que también es serbia, señale a todos los criminales de guerra, incluidos los serbios, y que denuncie que algunos asesinos de Srebrenica hayan hecho carrera en el ejército de la República Srpska, mientras las mujeres que entrevistó en los campos de refugiados siguen viviendo en la miseria.

Hace unos años tuve la suerte de compartir con ella aulas en Split y en Dubrovnic. En Dubrovnik, Janja se esforzaba por mantener viva la memoria del genocidio y de los crímenes de guerra, y las voces de quienes reclamaban justicia. En Split juntábamos profesores y estudiantes de toda Europa para hablar de la reconstrucción de los Balcanes y del futuro.

Durante tres años, los cursos en Split incluyeron una actividad especial: profesores y alumnos viajábamos hasta Mostar, donde unos amigos de la Universidad de Granada estaban empeñados en promover la colaboración entre las dos universidades (una croata, otra bosnio-musulmana) en las que se había dividido la antigua universidad. Ardua tarea, porque es más fácil romper las cosas que luego recomponerlas.

Todos los años, en el viaje de Split a Mostar, nos encontrábamos con algo que poco antes no estaba allí: una frontera, la que ahora separaba Croacia de Bosnia-Herzegovina. Todos los años pasábamos un rato en tierra de nadie (o, mejor dicho, carretera de nadie), helados de frío, porque todos los años los guardias le ponían pegas a alguien de la expedición. Los de la Unión Europea no teníamos problemas. Mira por dónde, los que lo tenían más difícil eran los que venían de más cerca.

Uno de esos años, mientras llamábamos por teléfono a Mostar para pedir ayuda, observé a un campesino que araba su finca en paralelo a la carretera. Araba como antiguamente, con un arado romano tirado por dos mulas. La finca, según colegí, estaba allí antes que la frontera, porque el campesino, cada vez que daba una vuelta, cruzaba como si tal cosa la línea imaginaria de la frontera, que atravesaba su finca. Y sus mulas igual: con la misma naturalidad.

Mientras tanto, nosotros seguíamos discutiendo con los guardias, que no dejaban pasar a alguno de los nuestros por algún peregrino motivo. Los macedonios lo tenían difícil por una cosa y los kosovares, por otra. A una profesora búlgara no la dejaron entrar porque no llevaba visado, y los búlgaros solo podían pasar sin visado en verano. Se ve que los búlgaros se vuelven peligrosos con el frío.

El labrador y sus mulas habían completado ya otro surco, de punta a punta de la finca, y volvían a cruzar la frontera, y nosotros seguíamos discutiendo con los guardias.

Los vicerrectores de Móstar habían llamado al Ministerio, pero el Ministerio no podía hacer nada. Finalmente, algunos tenían que regresar a Split en un autobús de línea. Nosotros subíamos resignados al que nos llevaba a Mostar, mientras las mulas y el campesino seguían arando la tierra. Quizá el campesino nos miraba de reojo y entendía algo de lo que pasaba. Las mulas seguro que no entendían nada. Pero no porque fueran menos inteligentes que nosotros. Si hubieran podido hablar quizá habrían dicho algo, no sé si en serbo-croata, en serbio, en croata o en bosnio, porque allí, como aquí, no se ponen de acuerdo sobre cómo se llama su lengua; quizá habrían hablado en la lengua de las mulas, y seguramente habrían dicho algo sobre las fronteras y la estupidez humana.

Cosas que nunca pensé que haría: (2) apoyar públicamente una opción política

Voy a justificar la segunda de las tres cosas que nunca había hecho y que voy a hacer a comienzos de este 2014. Esa segunda cosa es apoyar una opción política concreta: Movimiento Ciudadano.

¿Por qué no seguir teorizando por encima (o por debajo) del bien y del mal? Esto es lo que solemos hacer los filósofos, y generalmente nadie se mete con nosotros. Los colegas podemos disputar con fiereza a cuenta de si uno debe ser deontologista o consecuencialista, humanista o estructuralista, analítico o continental; pero a la mayoría de la gente todo eso le trae sin cuidado. Si un filósofo dice que defiende el deontologismo nadie se va a molestar; ante algunos quedará, incluso, revestido de cierto halo de misterio, como cuando los curas decían misa de espaldas y en latín. Pero si el filósofo en cuestión se atreve a apoyar a un partido puede estar labrando su ruina.

Por ejemplo, el talento de Heidegger sería más unánimemente reconocido si no hubiera apoyado al partido nazi; y Foucault parecía un tipo sutil hasta que defendió al ayatolá Jomeini en unos artículos que escribió en el Corriere della Sera. Algunos pudieron pensar, en ambos casos: “éste parecía más listo cuando no entendíamos lo que decía”. La misma decepción que cuando tradujeron las misas del latín y vistieron a los curas de paisano.

Mi madre me suele aconsejar que no me signifique políticamente (repárese en lo añejo de la expresión). Esto es comprensible: las madres se preocupan por el bienestar de sus hijos, y ella no cree que yo vaya a ganar nada apoyando a un partido. Yo tampoco lo creo. Más bien creo que si uno defiende a un grupo político se arriesga a que le atribuyan lo peor que se pueda atribuir a ese grupo, o lo peor que haya dicho el más inepto de sus miembros.

Sin embargo, creo que hoy día en España nadie debería mirar para otro lado y pensar únicamente en su buena imagen. Muchos estamos convencidos de que si la última crisis económica ha afectado más a nuestro país que a otros ha sido en parte porque nuestros dirigentes no han estado a la altura y siguen sin estarlo. Los dos partidos que se han alternado en el poder durante los últimos años han tolerado, en todos los niveles de la vida pública, unos grados de corrupción inaceptables; han hecho todo lo posible por limitar la independencia judicial y destruir la separación de poderes; han abusado del indulto para proteger a sus amigos y aliados; mantienen, con el dinero de todos, televisiones y radios públicas que, lejos de servir al interés común, se utilizan como instrumentos de propaganda; han recortado donde menos había que recortar y han despilfarrado donde no era necesario gastar; han entorpecido la eficacia de la administración, condicionando el trabajo de funcionarios y técnicos con criterios partidistas; han multiplicado los organismos públicos y los han utilizado para recompensar a sus respectivas clientelas y cuadros. Y no sigo porque, según los expertos, las entradas de los blogs deben ser breves.

Pero basta lo dicho para concluir que es urgente una regeneración de la política española. Es imprescindible que los ciudadanos forcemos un cambio en el comportamiento de nuestros partidos, y si los principales partidos se resisten a cambiar, es necesario que los reemplacemos por otros. Es el momento de romper el oligopolio político, el reparto del poder entre dos grandes partidos nacionales cada vez más parecidos en su funcionamiento y algunos partidos nacionalistas guiados por intereses demasiado particulares. Unos y otros se han beneficiado de una ley electoral injusta y han conseguido cuotas de poder mayores que las que los ciudadanos les hemos concedido.

Ahora bien, ¿tenemos alternativa? Durante algún tiempo he llegado a creer que la única opción política decente en España era quemarse a lo bonzo.

Hay, sí, movimientos sociales bienintencionados que mantienen viva la referencia a unos valores (la participación, la transparencia, la justicia) excesivamente ausentes de nuestra vida política. Esos movimientos son valiosos porque nos recuerdan la distancia que hay entre cómo son las cosas y cómo deberían ser; pero no han conseguido construir una alternativa política viable a lo que hay, ni parecen capacitados para gestionar las instituciones del Estado.

Hay también algunos partidos minoritarios que han crecido durante los últimos años y que se han ganado el apoyo de muchos descontentos. Yo me felicito por ese crecimiento, pero tengo algunos problemas con esos partidos. El principal es que están definidos por ciertos dogmas que, según parece, deberían aceptar todos sus miembros, quedando el debate interno reducido a los detalles y las tácticas. Yo, en cambio, creo que las propuestas políticas deben revisarse y discutirse constantemente, que las verdades políticas solo se descubren, cuando se descubren, a posteriori, y que la política es el arte de averiguar los mejores medios para satisfacer las necesidades y los intereses de los ciudadanos.

Llevo años dedicándome a la filosofía y todavía no conozco ningún filósofo con el que esté completamente de acuerdo. Esto es muy normal entre filósofos, pero no tanto en los partidos políticos al uso. Por eso me temo que en cualquiera de ellos pronto tendría que elegir entre callar, fingir o marcharme. En cambio, en el Movimiento Ciudadano he encontrado unas pocas ideas básicas con las que estoy de acuerdo y una invitación a construir entre todos el programa. Los críticos dirán que, en estos momentos, Movimiento Ciudadano se parece más al ejército de Pancho Villa que a un partido, y que su programa político está en gran medida por definir. Pero yo prefiero entrar a discutir ese programa que encontrármelo hecho. También prefiero que esté por decidir qué se va a hacer (qué vamos a hacer) con este proyecto, y que por ahora no se parezca demasiado a los partidos que conocemos.

Cosas que nunca pensé que haría: (1) montar un blog sobre política

Año nuevo, vida nueva. Empieza el 2014 y voy a hacer tres cosas que nunca había hecho.

La primera es crear un blog. “Vaya”, dirán mis hijos, “nuestro padre abandona la filosofía para convertirse en un gurú de las modernas tecnologías.” Lo dirán con sorna, claro.

De acuerdo, no es para tanto: hoy día cualquiera tiene un blog. Además, no voy a dejar la filosofía. Entre otras razones, porque mis clases nos dan de comer, a mis hijos y a mí, y mis hijos comen mucho. Además, aunque ellos no lo crean, la filosofía es útil. Ellos creen que los filósofos hacemos lo que decía Hegel: pintar gris sobre gris. Vaya planazo. En realidad, mis hijos no lo dicen tan literariamente como Hegel; no reproduciré la expresión que usan porque este blog está abierto a menores de edad y no deben mencionarse en él ciertas cosas que la gente hace, aunque estén acompañadas por el adjetivo “mentales”.

En fin, a eso dicen Hegel y mis hijos que nos dedicamos los filósofos: a darle vueltas a lo que ya ha pasado. Por eso, sigue Hegel, la filosofía siempre llega tarde. Qué curioso: mi novia suele quejarse de que llego tarde a nuestras citas. La culpa va a ser de la filosofía.

A mis alumnos, en general, lo del gris sobre gris les deja fríos. Les suele gustar más lo que dicen Marx y Engels en la undécima de sus Tesis sobre Feuerbach. Ya saben: “Los filósofos, hasta el momento, no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo; ahora de lo que se trata es de transformarlo.” Esto suena mejor, claro; por algo John Lennon escribió en una canción: we all want to change the world.

Yo también he sido joven, así que no voy a reprochar a mis alumnos que se imaginen guiando al pueblo contra el último bastión del capitalismo, con un tratado de filosofía post-estructuralista en una mano y un diccionario de francés en la otra.  Pero yo ya no tengo edad para esas cosas, y no creo que los filósofos estemos más capacitados que otros para decir cómo hay que gobernar, y mucho menos para gobernar directamente (esto último lo llegó a proponer Platón en uno de sus diálogos, para regocijo general, aunque es verdad que en otros anduvo más fino). En cualquier caso, digamos lo que digamos los filósofos, la gente no nos iba a encargar estos asuntos a nosotros, así a bulto, como gremio: si ya no se fían de los economistas, menos se fiarán de los filósofos, que llevamos muchos más siglos errando en nuestras predicciones.

Con todo, decía antes, creo que la filosofía es útil. Los que nos dedicamos a la filosofía nos pensamos mucho las cosas y eso, en general, es bueno (por lo menos, es lo que me decía mi madre cuando salía con alguna chica: que las cosas hay que pensarlas antes de hacerlas). Un servidor, sin ir más lejos, lleva ya algunos años estudiando lo que otros filósofos han dicho, sobre política y sobre otros asuntos, y algunas de sus conclusiones me parecen  pertinentes para los problemas que tenemos. Yo mismo le he dado algunas vueltas a eso que otros han dicho y, aunque el resultado de esas vueltas quizá no sea tan interesante, me gustaría poder discutirlo con otros. Vivimos tiempos de perplejidad y zozobra (¿y cuándo no?), y no está de más, creo, ninguna reflexión, la hagan los filósofos, los economistas o el porquero de Agamenón.

Así que he decidido montar un blog para hablar de política, lo que me ha obligado a intervenir en el mundo, como pedían Marx y Engels, aunque a pequeña escala. En primer lugar, le pedí a mi novia que me hiciera una foto, que es la que puede verse en la cabecera. Luego he aprendido a montar blogs. Esto me ha parecido bastante difícil, pero mucho más fácil que elegir el título. Inicialmente, en un alarde de creatividad, pensé llamarlo “El blog de Javier Rodríguez Alcázar”, lo cual dejaba sin resolver el problema de la descripción o subtítulo. Luego descubrí que mi primera entrada estaba quedando muy larga, que debía partirla en tres y que en algún momento tendría que avisar de que estas tres entradas había que leerlas empezando por la última, de abajo arriba (que es como habitualmente quedan ordenadas las entradas en los blogs), so pena de no entender palabra. Como no sabía dónde colocar esas instrucciones, las he colocado en el título, tras pasar lo de “El blog de…” al subtítulo. La solución me gusta sobre todo porque ese título, “de abajo arriba”, describe bastante bien mi manera de entender la política. Pero esto lo explicaré más adelante, porque esta entrada ya vuelve a engordar más de la cuenta.

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