Archivo de la categoría: Uncategorized

Pedagogía inversa (o por qué los andaluces deberíamos darle una lección a la Presidenta de la Junta)

El difunto filósofo John Rawls distinguía entre sociedades “bien ordenadas”, sociedades “menos favorecidas” y “estados proscritos”. Ahora bien, si resucitara y visitara España seguramente tendría dificultades para meternos en una de esas categorías y se inventaría una nueva. Comparada con Corea del Norte o con el Imperio de Felipe II, la España actual no merece ser llamada “proscrita.” Comparados con Haití, podemos considerarnos bastante favorecidos en el reparto de la riqueza mundial. Sociedad “bien desordenada” quizá sea lo que mejor nos cuadre.

¿Por qué no merecemos que nos etiqueten como sociedad “bien ordenada”? Concentrémonos, por mor de la brevedad, en un solo parámetro: uno esperaría que en una sociedad bien ordenada los gobernantes estén generalmente mejor cualificados que los gobernados y que estos exijan a aquellos cierta altura moral. En España acabamos de dar un paso en la buena dirección, es verdad, con la sustitución de Juan Carlos I, el Campechano, por Felipe VI, el Preparao. Pero por lo demás parece que caminamos hacia atrás. Como le gusta decir a mi novia, mientras que los políticos de la Transición parecían mejores que la media de la población, los actuales nos parecen, en general, peores. Hoy día, muchos paisanos nuestros hablan idiomas, realizan estancias posdoctorales en universidades extranjeras y hasta son capaces de montar muebles de Ikea siguiendo las instrucciones. En cambio, ninguno de nuestros últimos presidentes de Gobierno puede balbucear una frase en inglés sin producir vergüenza ajena, y buena parte de nuestra clase política está imputada o (sospechamos) debería estarlo. Cómo estará el nivel que algunos ven en la presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, una estrella emergente, un lince político y una mujer de Estado, y confían en ella para enderezar el torcido rumbo del, hasta ahora, principal partido de la oposición.

Pero Susana Díaz no demuestra estar a la altura de Solón o de Trajano, sino más bien de un trilero de feria o de un turbio concejal de urbanismo, cuando convoca elecciones anticipadas sin considerar las necesidades del pueblo que gobierna. Resulta evidente que sus verdaderos motivos tienen que ver, en la más benévola de las interpretaciones, con el bien de su partido y, en la más perspicaz, con sus propias ambiciones personales. En cualquier caso, esta profesional de la política sin más oficio que ese, esta licenciada a duras penas en Derecho, no parece estar en condiciones de enseñar nada al pueblo que, por cierto, gobierna sin que él la haya elegido. En una sociedad bien ordenada, los gobernantes deberían ser, como mínimo, tan capaces y honestos como la mejor mayoría de los gobernados y, si no lo son, los ciudadanos deberían retirarlos del gobierno.

En una sociedad bien ordenada, los gobernantes deberían poder ejercer cierta pedagogía hacia los gobernados y, si no están en condiciones de hacerlo, deben ser los ciudadanos quienes den una lección a sus gobernantes. La presidenta de la Junta, que ha adelantado irresponsablemente las elecciones, merece que los andaluces le demos una lección el día que vayamos a votar.

Anuncios

Manual de política tridimensional, primer ejercicio: ¿monarquía o república?

Prometí en la entrada anterior de este blog discutir posibles objeciones a mi propuesta de una taxonomía tridimensional para la política e ilustrar esta mediante ejemplos y ejercicios. Ahora bien, puesto que las objeciones son prolijas de responder y los ejemplos numerosos, voy a dividir este manual práctico de geometría política en varias entregas. Esta decisión me permite, además, empezar con un acontecimiento de actualidad (la reciente abdicación de Juan Carlos I) y dedicarle a tan regio asunto una entrada para él solo, comme il faut.

Imaginemos que los marcianos han llegado en gran número a la Tierra. No se trata de una invasión organizada, como la de la Guerra de los Mundos, sino de una desordenada desbandada que, por razones que no hacen al caso, ha traído a varios miles de familias marcianas hasta la Tierra a bordo de sus vehículos particulares. Dada la imposibilidad de aplicar las leyes de inmigración en este caso (pues las naves han llegado con los niveles de su especial combustible marciano en la reserva y no podemos devolver los tripulantes a su planeta), y dada la incompatibilidad de los marcianos con las temperaturas de las regiones templadas, la ONU acuerda crear para ellos un Estado en la Antártida. Los marcianos habrán de redactar la Constitución de ese Estado y decidir cómo quieren gobernarse.

Pues bien: este blog ha sido nombrado (a saber por qué) asesor constitucional del nuevo Estado marciano de la Antártida, y antes que nada se nos pide consejo acerca de su forma de gobierno. El autor de este blog no simpatiza a priori con la monarquía, especialmente si hablamos de una monarquía absoluta, y conoce bien las razonables objeciones que suelen dirigirse a esa institución. Con todo, la respuesta de este blog a la consulta es tajante: no diremos una palabra al respecto mientras no sepamos mejor cómo son los marcianos (por ahora solo sabemos que no soportan el calor) y cómo quieren vivir. Nuestro compromiso con la política de abajo arriba nos impide comprometernos con ninguna solución a priori, aunque sabemos de otros pensadores más temerarios que, con los mismos datos, no dudan en producir informes defendiendo ora la monarquía parlamentaria, ora la república presidencialista.

Podemos, eso sí, prevenir a los marcianos contra algunos errores cometidos en el pasado por los terrícolas. Por ejemplo, es posible que los marcianos crean en alguna divinidad y que, aprovechándose de esa peculiaridad suya, algún avispado marciano intente justificar su inopinada ocupación del trono de la Antártida aduciendo que la divinidad así lo ha querido. Pero si alguno lo intentare, entonces instruiríamos a los marcianos en un conocido argumento que encontramos en los escritos de David Hume. Lo que señala Hume es que si aceptamos que quien ocupa el trono está legitimado a hacerlo porque la divinidad lo ha permitido, también habremos de admitir que cualquier otro hecho sucede porque esa divinidad lo permite, incluido el hecho de que un magnicida asesine al monarca y ocupe su puesto invocando, como su antecesor, la gracia de la divinidad. Lo que Hume viene a señalar, pues, es que la diferencia entre lo legítimo y lo ilegítimo no puede venir dada por lo que una divinidad omnipotente permite que suceda, porque entonces todo lo que sucede se convierte en legítimo y la diferencia se desvanece. Señalaré, de paso, que esto vale para los reyes marcianos y para los reyes de España: la justificación teológica de la monarquía es ineficaz, incluso, en un país (dizque) mayoritariamente católico.

¿Cómo podría legitimarse, entonces, la monarquía u otra forma de gobierno? Quizá algunos marcianos respondan: “Las leyes”. Esto es: un rey es el rey legítimo si lo es de acuerdo con las leyes vigentes. El problema es que los marcianos de la Antártida aún no tienen leyes. Están tratando, precisamente, de dotarse de algunas. Entre otras, de las leyes que establezcan quién debe gobernar. ¿Sobre qué base elegir, entonces, una u otra forma de gobierno y plasmarla en las leyes?

Este escenario marciano, por extraño que parezca, es pertinente para el caso español, porque nos recuerda que las leyes tienen un origen y una justificación. Esto significa que en algún momento hubo que preguntarse qué leyes eran las adecuadas y que en cualquier momento podemos preguntarnos si esas leyes siguen siendo las más adecuadas. En particular, quienes (empezando por el gobierno español) dicen que D. Felipe de Borbón está legitimado para ocupar el trono que deja vacante su padre porque así lo establecen las leyes, están respondiendo con una verdad obvia a una pregunta que nadie les ha hecho. Pues la pregunta interesante, la pregunta que sí hacen algunos, es si deberíamos cambiar las leyes, por los procedimientos que las mismas leyes permiten, bien para terminar con la monarquía, bien para consultar a los ciudadanos españoles acerca de la continuidad o no de esa monarquía.

De esta forma, llegamos a un punto en el que marcianos y españoles se enfrentan a una reflexión no tan diferente: ¿nos conviene o no tener un monarca? Pues bien, para esta pregunta también tenía respuesta Hume en los mismos escritos anteriormente mencionados. Dice Hume:

Pero ¿a quién debemos obediencia? ¿Quién es nuestro legítimo soberano? Esta pregunta es con frecuencia la más difícil de todas, y permite infinitas discusiones. Cuando la gente está tan contenta que puede responder: nuestro soberano actual, que ha heredado su corona, por línea directa, de aquellos ancestros que nos han gobernado durante siglos, esta respuesta no admite réplica alguna (…)

 Según Hume, pues, el criterio último es que la gente esté satisfecha con el monarca y con la institución. Traducido a la jerga de mi propuesta, podríamos decir: el criterio es que una institución y una persona contribuyan mejor que otras, en un momento determinado, a realizar los objetivos de la gente. Este criterio desarma a aquellos conservadores que quieren convencernos de que el heredero de la corona tiene siempre derecho al trono, sean cuales sean sus virtudes, las de sus progenitores y las circunstancias del país (quizá porque piensen, aunque no siempre lo digan, que el rey es rey por la gracia de Dios). También desarma a quienes son republicanos a priori y creen que es siempre racional deponer a cualquier monarca y sustituirlo por un presidente de la república, ya hablemos de marcianos o de españoles, ya se trate de Alfonso XIII o de Juan Carlos I, ya vivamos en 1931 o en 1975. Finalmente, contradice el perezoso razonamiento de quienes sostienen que el heredero al trono debe heredarlo simplemente porque así lo establecen las leyes, pues lo que generalmente están pidiendo sus interlocutores es, precisamente, que se cambien las leyes.

En fin, los marcianos sabrán lo que les conviene. Yo no digo nada, porque no les conozco. A los españoles les conozco algo más, y sobre la base de ese conocimiento me atrevo a sugerir que quizá no sea mala idea mantener la monarquía precisamente ahora que pasa a ocuparla alguien bien preparado y razonable; alguien que, parece, puede hacer bastante bien aquello que la Constitución le encomienda (y que, dicho sea de paso, no es tanto). Ahora bien, como en último término la única legitimidad digna de ese nombre que puede esgrimir ese futuro rey es la que le proporciona el apoyo del pueblo, también digo que la monarquía puede y debe terminar en España cuando este futuro rey, o alguno de sus sucesores, deje de hacer razonablemente bien aquello que esperamos que haga.

¿Cómo se demuestra el apoyo del pueblo? Algunos piden que se celebre un referéndum. Quizá sería inteligente que el propio heredero de la corona lo pidiera. Seguramente lo ganaría y reforzaría su legitimidad para las próximas décadas. Así pues, no me parece mal ni que se pida ni que se haga. Sin embargo, me llama la atención que ciertos partidos y grupos pongan tanto empeño en este asunto, como si lo que estuviera en juego fuera la deposición de un zar de poderes omnímodos y su sustitución por el Consejo Obrero y Campesino de Comisarios del Pueblo. Dada por supuesta la democracia parlamentaria, más bien estamos hablando de elegir entre un rey como el de Holanda o un presidente como el de Alemania (¿sabe alguien, fuera de esos países, cómo se llama alguno de ellos?).

Ojalá el referéndum, y otras fórmulas de consulta, fueran mucho más habituales en nuestra práctica política. Pero, puestos a pedir referendos, ¿no se nos ocurren unas cuantas cuestiones mucho más urgentes e importantes sobre las que consultar al pueblo?

Hemos planteado un ejercicio y es el momento de resumir la solución. El problema era: ¿monarquía o república? La respuesta de abajo arriba es que debemos elegir aquella institución que previsiblemente ayude mejor a realizar los fines de la gente, aquí y ahora. Un referéndum puede ser un buen instrumento para averiguar cuáles son esos fines y para reforzar la legitimidad de las instituciones, aunque no el único ni siempre el más adecuado. En todo caso, Felipe VI debe ser consciente de que el futuro y la legitimidad de la institución que representa dependen sobre todo de una cosa: de cómo lo haga; y también debe ser consciente de que quienes han de juzgar cómo lo hace son los españoles de nuestro tiempo. Lo que valió para los españoles de 1975 o para los marcianos de la Antártida puede no ser lo más adecuado para los españoles del siglo XXI.

La política, de abajo arriba

Hay muchas formas de clasificar y etiquetar las actitudes y las ideologías políticas. La más habitual consiste en distinguir entre las que son “de derechas” y las que son “de izquierdas”. Ahora bien, en nuestro complejo mundo esa taxonomía parece demasiado simple y hace muy difícil la respuesta a muchas preguntas. Verbigracia: ¿era más de izquierdas Mao o Gandhi?; ¿es más de derechas nacionalizar empresas, como hizo Franco, o privatizarlas, como hizo Margaret Thatcher?; ¿soy más de izquierdas si defiendo la existencia de televisiones públicas al servicio del gobierno, aunque el gobierno sea de derechas?; ¿me convierto en alguien de derechas si critico el gasto público ineficiente? Y, como estas, muchas más preguntas de dudosa respuesta.

Así pues, sería útil tener criterios algo más finos a la hora de ubicar a los partidos, a los programas y a uno mismo. Con ese propósito, algunos politólogos han propuesto que, en vez de situar las posiciones políticas a lo largo de una sola línea que va de izquierda a derecha, utilicemos las dos dimensiones de un plano, de la siguiente manera.

Primero, en lo que en mi escuela llamaban el eje de abscisas situamos a cada cual según justifique en mayor o menor medida la planificación colectiva de la economía: más a la izquierda cuanto más la justifique. En el eje de ordenadas, situamos las posiciones en función de su mayor o menor propensión al autoritarismo en la vida social: en un extremo, los defensores de un Estado autoritario, en el otro, los partidarios de la desaparición del Estado. La ubicación de cada cual resultaría de la combinación de las dos anteriores en lo que mis maestros llamaban un plano cartesiano.

Esta representación en dos dimensiones permite hilar más fino que la representación sobre una línea. Así, por ejemplo, un estalinista y un anarquista clásico, que quedarían igualmente a la izquierda según el eje de abscisas, ocuparían posiciones muy alejadas con respecto al de ordenadas.

A veces recomiendo a mis alumnos y a mis amigos que se sometan a un curioso test (“la brújula política”), diseñado hace ya algunos años. Éste permite, respondiendo unas cuantas preguntas, averiguar dónde cae uno mismo en ese mapa bidimensional. Los autores del test también especulan sobre dónde caerían distintos personajes históricos, de someterse al interrogatorio. Si los lectores de este blog quieren hacer ellos mismos la prueba, así como contemplar esa especulación sobre la ubicación de conocidos líderes políticos en el plano cartesiano, pueden encontrar ambas cosas aquí.

Ahora bien, ya va siendo hora de que la filosofía política se ponga ¡por fin! al nivel de la geometría euclídea y piense en tres dimensiones. Con esta finalidad, propongo que añadamos un tercer eje, vertical al plano, que ordene las actitudes políticas según su grado de apriorismo y dogmatismo: más arriba cuanto más inmunes a los hechos; más abajo cuanto más dispuestas a cambiar en función de lo que el tiempo y las circunstancias vayan enseñando. Los que se sitúan en la parte alta de este nuevo eje intentan practicar la política “de arriba abajo”, imponiendo a la vida política unos principios de validez universal y vigencia casi eterna. Los que nos situamos en la parte baja pretendemos, en cambio, aprender de la vida política de nuestro tiempo y de nuestro contexto, estamos dispuestos a dejarnos convencer por los argumentos y los datos, estamos abiertos a modificar las estrategias y hasta los principios, si con ello se consigue mejorar la práctica política. ¿Y en qué consiste mejorar la práctica política? En conseguir que la política sirva a los intereses y las necesidades de la gente, tal y como la propia gente los defina, y no a los objetivos que visionarios, filósofos, políticos o gurús de diverso pelaje se empeñen en imponer a sus prójimos.

Así pues, quienes entendemos la política “de abajo arriba” entendemos que esto significa dos cosas distintas pero relacionadas:

  1. En primer lugar, queremos dejar que sean los ciudadanos, los de abajo, quienes establezcan los objetivos de la acción política, en lugar de ser utilizados como mano de obra para realizar objetivos fijados por otros.
  2. En segundo lugar, creemos que la política consiste en averiguar los mejores medios para conseguir los objetivos de la gente, y eso es algo que se descubre empíricamente, aprendiendo de lo que ha ocurrido y de lo que ocurre, y no a priori. En esto, la política no es como la geometría euclídea ni, en general, como las matemáticas: no se trata de deducir a partir de axiomas, sino de inducir, trabajosamente, unas recetas que más o menos puedan funcionar durante algún tiempo, a partir de sucesivos ensayos y numerosos errores.

Ya estamos pertrechados teóricamente para practicar la reflexión política tridimensional. Por hoy lo dejamos aquí. En la próxima entrada rebatiré algunas acusaciones que podría recibir mi propuesta, como la de ser populista y la de ser tecnocrática. Además, como en todo manual de geometría que se precie, propondré algunas aplicaciones, ejemplos y ejercicios.

Cosas que nunca pensé que haría: (y 3) recuperar, cómo decirlo…, cierta distancia con una opción política previamente apoyada

Continúo, por fin, con la tercera parte de la serie. He tardado; pero no por desidia, sino porque necesitaba realizar cierto trabajo de campo. Vuelto del campo, sigamos con los escritos. Esta entrada va a resultar poco filosófica y bastante autobiográfica, pero no esperen encontrar en ella detalles escabrosos.

Sobre Rosa Díez y la falta de tiempo

Ya conocen a Lilian Bermejo Luque, que a pesar de sus protestas aparecía reiteradamente mencionada en una entrada anterior como “mi novia”. Pues bien: hace algún tiempo, Lilian Bermejo Luque y yo pensamos que debíamos hacer algo con respecto a este país. Igual que, supongo, les ha pasado a otros muchos durante los últimos años, sentimos que los ciudadanos españoles estábamos permitiendo unos niveles de incompetencia y corrupción excesivos en nuestra clase política, y que no nos merecíamos unos dirigentes mejores si no estábamos dispuestos a mover un músculo para sustituirlos. Así que decidimos movilizar no uno, sino varios músculos, y también algunas vísceras para contribuir a que la situación cambiara.

Se nos ocurrió, entonces, ayudar en lo que pudiéramos a alguno de los partidos que intentan romper el monopolio de esos otros que han desprestigiado la política española durante las últimas décadas. Nos estudiamos los programas y, aunque no estábamos completamente de acuerdo con ninguno (¡filósofos teníamos que ser!) nos encontramos más cerca de UPyD que de ningún otro (a excepción de Ciutadans, pero Ciutadans era entonces un partido casi exclusivamente catalán y nos quedaba lejos).

Así pues, decidimos colaborar con UPyD. Ahora bien, ¿cómo? Los ricos pueden donar su dinero, los famosos pueden prestar su nombre y los palmeros pueden jalear las intervenciones de los líderes; pero nosotros no pertenecemos a ninguno de esos tres grupos. Se nos ocurrió entonces contribuir con “ideas”. Al fin y al cabo, los partidos que dominan la política española no parecen sobrados de buenas ideas, y en algo se tienen que distinguir, para mejor, los nuevos de los antiguos.

Ahora bien: uno contribuye con una idea si aporta justamente una que el otro (o la otra) no tiene. Para aplaudir las ideas aceptadas ya están los mencionados palmeros, que tanto abundan en las sedes de los partidos y en sus mítines, y ni Lilian Bermejo Luque ni yo tenemos esa vocación. Así pues, se nos ocurrió proponer a UPyD una idea que su portavoz nacional, Rosa Díez, no defiende, justamente porque defiende la contraria. No voy a explicar ahora en qué consistía nuestra idea, porque me alargaría demasiado, pero prometo contarla otro día.

No éramos, entonces, mucho más jóvenes que ahora; pero, según se ha visto, sí mucho más ingenuos: creíamos que si un partido defiende una idea equivocada, la mejor ayuda que se le puede ofrecer consiste en sacarlo de su error, y con ese espíritu escribimos a Rosa Díez. No teníamos, claro está, muchas esperanzas de convencerla, pero pensamos que, al menos, agradecería nuestro interés y se mostraría dispuesta a discutir con nosotros. Pues de los nuevos partidos uno espera mayor atención que de los antiguos a las propuestas de los ciudadanos.

Escribimos, pues, un correo electrónico a Rosa Díez con nuestra propuesta. Nos contestó un amable técnico del grupo parlamentario de UPyD, que agradecía nuestra sugerencia y anunciaba el traslado de la misma a la portavoz del grupo. Pero nunca recibimos respuesta alguna  por parte de dicha portavoz, ni de ningún colaborador suyo.

Algún lector o lectora estará pensando: “Ahí os llevasteis una cura de humildad, filósofos de pacotilla”. Pero no: la cura ya nos la habíamos aplicado antes. Ya sabíamos que ni Lilian es Simone de Beauvoir ni yo soy Jean-Paul Sartre (hechos ambos de los que me alegro, por varias razones), pero no esperábamos ser escuchados por ser filósofos, o profesores universitarios, ni en virtud de ningún otro título o mérito, sino en tanto que ciudadanos.  En una democracia, los políticos representan a los ciudadanos, y deberían estar dispuestos a escucharles. Pero se ve que eso resulta más difícil de lo que uno esperaría, incluso en aquellos partidos que presumen de su proximidad a la ciudadanía y pretenden diferenciarse de la vieja casta política.

Ahora bien, quizá Rosa Díez (o su colaborador) no habían contestado por falta de tiempo, o por un fallo en la transmisión de la propuesta. Así que Lilian insistió. Descubrió que Rosa Díez había publicado en su blog personal una entrada sobre, precisamente, el tema que queríamos discutir, y envió un comentario. El comentario fue publicado; lo cual es de agradecer, porque era un comentario crítico con la posición de Rosa Díez. La exposición de Lilian era, con todo, respetuosa y constructiva, aportaba argumentos sólidos y recibió el apoyo de algunos espontáneos visitantes del blog. Su contribución parecía haber conseguido lo que pretendía: provocar la deliberación sosegada sobre un asunto de interés público. Pero justamente cuando crecía el intercambio de pareceres sobre el particular y más interesante se tornaba la discusión, Rosa Díez (o quien gestione su  blog) decidió suprimir todos los comentarios, todos. Desde entonces la entrada sigue allí, pero sin comentarios.

Así que el problema no era la falta de tiempo; porque Rosa Díez, o alguien de su entorno, tuvo tiempo para permitir que aparecieran unos comentarios críticos con la posición oficial del partido mientras lo consideraron oportuno, y también tuvo tiempo para eliminarlos, todos ellos, cuando dejaron de hacer gracia. El problema parece, pues, otro: un cierto déficit de talante democrático. Pareciera que, igual que en los partidos que critica, en UPyD son bienvenidas las ideas solo si coinciden con las defendidas por su líder. Así que Lilian Bermejo Luque y un servidor llegamos a la conclusión de que en UPyD gentes como nosotros no pintábamos nada y decidimos terminar ahí nuestra incipiente colaboración.

Sobre Movimiento Ciudadano y el síndrome del fotógrafo

Cerrado el capítulo de UPyD, descubrimos que, a partir de Ciutadans, se estaba construyendo un proyecto para toda España llamado Movimiento Ciudadano. Ya expliqué en una entrada anterior (véase debajo) las razones por las que decidí firmar, junto con otras 50.000 personas, el Compromiso Ciudadano y mostrar públicamente mi apoyo a esta iniciativa.

Pero no paró ahí la cosa. Lilian y yo decidimos realizar algún estudio de campo y, de resultar este satisfactorio, manifestar nuestro apoyo de manera más física y presencial. Así que viajamos hasta Sevilla el pasado 18 de enero para asistir al acto de presentación en Andalucía de Movimiento Ciudadano. Para un servidor, acudir a ese tipo de reuniones no es, ni mucho menos, una acción rutinaria. Mi experiencia previa tuvo lugar a mediados de los ochenta (sí: hablamos del siglo pasado), cuando asistí a un mitin de Julio Anguita. Luego dejé de ir a esas cosas; y no por culpa de Anguita, que es un gran orador, sino por las mismas razones por las que no voy a los campos de fútbol: si de lo que se trata es de ver el partido, se ve mejor por la tele; y si de lo que se trata es de animar, hay hinchas mucho más entusiastas.

Volviendo a lo de Sevilla, ¿qué nos encontramos? Ante todo, mucha gente llegada desde muchos lugares de Andalucía (los organizadores dijeron que había en la sala unas 1.400 personas). Parecían, en general, ciudadanos sin experiencia política previa, que seguramente se habían tomado la molestia de ir hasta allí porque querían, sincera y desinteresadamente, cambiar la política española y contribuir a la mejora del país: una gente, en definitiva, que sería lamentable decepcionar. También nos encontramos un acto bien organizado, una escenografía cuidada, una puesta en escena impecable y unos discursos de nivel aceptable entre los que destacó, como de costumbre, la elocuencia de ese gran comunicador que es Albert Rivera.

Ahora bien, no todo lo que vimos y oímos nos gustó, y voy explicar por qué.

No sé si habrán estado ustedes en una de esas bodas en las que manda el fotógrafo.  En esas bodas, el fotógrafo ordena lo que tiene que hacer cada cual, dónde tiene que ponerse y junto a quién, cuándo habla el padrino y cuándo bailan y se besan los novios. Cuando manda el fotógrafo, no importan ni el cariño de los que se casan, ni la emoción de sus progenitores, ni la diversión de los amigos: basta con que la cámara registre para el futuro, en foto o en vídeo, una apariencia de cariño, emoción y diversión que casi siempre parece falsa.

Pues bien: el acto de Sevilla daba la impresión de haber sido organizado por el fotógrafo, y por eso el vídeo quedó bien, como cualquiera puede comprobar si lo busca en Internet. Pero el fotógrafo no cayó en ciertas contradicciones entre lo que se mostró en el acto y el contenido del proyecto político, quizá porque no es obligación del fotógrafo entender los mensajes que graba.

Nos sorprendió, para empezar, que la atención a los asistentes no estuviera en manos de voluntarios, como uno esperaría de un auténtico movimiento ciudadano, sino de un grupo de azafatas de congresos a las que habían uniformado con minifaldas y escote, a pesar del frío invernal: como en una de esas convenciones de empresa en Las Vegas.

A continuación nos desconcertó que los ciudadanos que leyeron públicamente el Compromiso no fueran presentados por su nombre, a diferencia de las figuras mediáticas que arropan a Albert Rivera en estos actos: Javier Nart, Juan Carlos Girauta, Carolina Punset, Luis Salvador y algunos más. ¿Están acaso llamados los ciudadanos a participar en este movimiento como receptores o figurantes y no como agentes activos? ¿Cuál es la diferencia, entonces, con los grandes partidos que alientan sin rubor el culto de las masas a sus líderes?

En tercer lugar, saltaba a la vista la gran cantidad de asientos reservados en las primeras filas. ¿Reservados para quién? Unos pocos para Albert Rivera y algunos dirigentes de Ciutadans, lo cual es razonable: Albert entra el último en la sala, por mor de la escenografía, y quedaría feo que tuviera que sentarse en las escaleras. Pero ¿y el resto de las filas? Solo sabemos, porque lo dijeron públicamente los presentadores del acto, que allí se sentaban, entre otros, los hermanos mayores de varias cofradías. Esto resulta, de nuevo, sorprendente. Como es natural, no nos pareció mal que estas personas estuvieran presentes: ojalá hubieran acudido las cofradías enteras, y los músicos de todas las bandas de Sevilla, los monosabios de la Maestranza y los aparcacoches de Triana. Ahora bien, habiéndose declarado Ciutadans, la matriz de Movimiento Ciudadano, un partido laico y partidario de la estricta separación entre las confesiones y el Estado, resulta contradictorio conceder un tratamiento especial a ciertas personas únicamente en virtud de sus cargos en unas instituciones religiosas.

Lilian Bermejo Luque y yo regresamos, pues, de Sevilla, un tanto decepcionados, pero decididos, de nuevo, a contribuir con nuestras “ideas” a un proyecto político que nos seguía pareciendo interesante. Volvimos a sentarnos, pues, frente al ordenador y escribimos un mensaje, dirigido a Albert Rivera y a otros dirigentes de Ciutadans, en el que indicábamos los errores que, a nuestro juicio, se habían producido en la presentación sevillana de Movimiento Ciudadano. A las cuestiones mencionadas añadíamos alguna observación más, verbigracia: ¿qué imagen transmite Albert Rivera en este vídeo, en el que lo vemos tomar notas en el asiento de atrás de lo que parece un coche oficial, mientras alguien conduce por él?

Redactado el escrito, lo enviamos a sus destinatarios. Escarmentados por la experiencia con  Rosa Díez, esta vez no nos contentamos con remitir la carta a un solo dirigente, sino que escribimos a seis miembros del Comité Ejecutivo de Ciutadans, incluido su Presidente. Solo recibimos, de forma semejante a lo ocurrido con el grupo parlamentario de UPyD, un escueto acuse de recibo y la indicación de que se daba traslado de nuestro escrito al gabinete de presidencia. No hemos sabido nada más. ¿Compartirán Ciutadans y UPyD ese agujero negro al que sus técnicos reenvían las propuestas de la gente de la calle?

Más tarde hemos recibido, como todo el mundo, nuevas noticias de Ciutadans. Hemos sabido que el pasado 22 de febrero se celebraron las primarias para elegir a quienes encabezarán la lista para las elecciones europeas. Han participado el 23% de los militantes y han resultado elegidos, para los tres primeros puestos, Javier Nart, Juan Carlos Girauta y Carolina Punset, los tres candidatos previamente propuestos por la dirección del partido.

Está bien que los partidos celebren primarias, pero experiencias recientes como la elección de Susana Díez como secretaria general del PSOE-A demuestran que las primarias no siempre garantizan la calidad democrática de las organizaciones. En el caso de Ciutadans, la voluntad de convertirse en un genuino movimiento ciudadano nacional habría sido más creíble si las primarias se hubieran abierto a los 50.000 firmantes del Compromiso Ciudadano, y si se hubiera favorecido la confrontación real entre candidatos con verdaderas posibilidades de ganar, a la manera de las primarias de los partidos Demócrata y Republicano en EE.UU. Dada la forma en que se ha llevado a cabo el proceso, y el escaso entusiasmo que ha despertado entre los militantes, Ciutadans ha conseguido transmitir con sus primarias la misma imagen que UPyD: la imagen de partidos que no quieren militantes sino seguidores, que no quieren personas que cuestionen los programas y envíen propuestas, sino gente que jalee a los líderes y reenvíe las convocatorias y los lemas a través de las redes sociales. Quieren bocas y orejas que transmitan las virtudes del producto que se vende, sin poner en cuestión el producto mismo. Ahora bien, todo esto ya lo hacían, con la eficacia que proporciona la experiencia, los partidos de toda la vida. Difícilmente llegarán muy lejos los nuevos partidos si han de convencernos de que van a hacer mejor que los viejos lo mismo que aquéllos ya hacían. Y la promesa de hacer algo nuevo parece quedarse solo en eso: en una promesa.

Movimiento Ciudadano tiene aún una oportunidad para recuperar su credibilidad ante quienes, como yo mismo, nos hemos sentido decepcionados por el comportamiento de sus estrategas durante los últimos meses. Recientemente, los firmantes del Compromiso Ciudadano hemos recibido el anuncio de que a finales de este mes de marzo comenzará un proceso participativo en el que podremos contribuir al desarrollo de las cinco reformas propuestas en el Compromiso. ¿Será, por fin, el momento de empezar a construir un movimiento de abajo arriba,  con participación real de la gente? ¿O será una mera estrategia de marketing de cara a las elecciones europeas? Ojalá sea lo primero, porque el país necesita un movimiento de regeneración democrática real, y no una mera fachada. Pero todo se arruinará de nuevo si la organización de ese proceso queda otra vez en manos del fotógrafo.

A %d blogueros les gusta esto: