Archivo del Autor: Javier Rodríguez Alcázar

El falso 3D y el debate en Podemos

Gracias a que tenemos dos ojos, y no solo uno, percibimos un mundo tridimensional. Así pues, en realidad el 3D está inventado desde hace muchísimos siglos. Pero en los últimos años las complejas tecnologías computacionales han permitido crear la ilusión de que percibimos imágenes en 3D cuando lo que miramos, a decir verdad, es la superficie bidimensional de una pantalla. Hemos empezado a hablar de una manera extraña: cuando contemplamos nuestro coche aparcado no decimos que lo vemos en 3D, aunque es lo que hacemos, y en cambio decimos que vemos en 3D una película de animación, cuando realmente miramos el cristal de la tele.

De forma semejante, hay análisis políticos cuya anunciada profundidad y supuesta multidimensionalidad resultan, a la postre, ser solo aparentes. Verbigracia, el partido llamado Ciudadanos se anunció como una propuesta que trascendía la vieja dicotomía izquierda / derecha. Era por ello, se decía, un ejemplo de la nueva política. Pero al final descubrimos que el no ser ni de izquierdas ni de derechas consistía en ser de centro. ¡Acabáramos! ¿Esa era la novedad, el centro? Ni hay novedad política ni novedad geométrica: cuando un partido se define como “de centro” no está impugnando la dicotomía izquierda / derecha; simplemente se está instalando cómodamente en medio de ella. Pero no voy a insistir en esto, pues ya me metí bastante con Ciudadanos en una entrada anterior.

En una otra entrada defendí que una buena taxonomía no puede contentarse con ubicar cada posición política, como hacen muchos analistas y activistas perezosos, a lo largo del eje horizontal izquierda / derecha. Este eje seguiría sirviendo para ubicar a los partidos y los individuos según su mayor o menor propensión a justificar la planificación colectiva de la economía (y, por ende, el ejercicio por parte del Estado de la justicia distributiva). Pero además yo proponía contemplar otros dos ejes. En el eje de ordenadas, situaríamos las posiciones en función de su mayor o menor propensión al autoritarismo en la vida social. El tercer eje, perpendicular al plano, ordenaría las actitudes políticas según su grado de apriorismo y dogmatismo. Para no arriesgarme a retratar a alguien que luego no se reconozca en el retrato, me retrataré a mí mismo: yo me sitúo a la izquierda en el eje de abscisas; muy abajo, es decir, muy lejos del autoritarismo, en el eje de ordenadas; y también muy abajo, esto es, muy lejos de todo dogmatismo y pegado al aprendizaje colectivo y la participación democrática, en el eje de la tercera dimensión.

Los dirigentes y teóricos de Podemos son más sofisticados que los de Ciudadanos. Así que suelen entender bien lo de las varias dimensiones de la taxonomía política. Pero pensar tridimensionalmente requiere mucha concentración, y es fácil olvidar alguno de los tres ejes, especialmente cuando uno está muy ocupado con otras tareas. Casi todos en Podemos dicen tener en cuenta los tres ejes, pero algunos tienden a subrayar la transversalidad del proyecto, lo que suele significar que el eje izquierda / derecha pasa al olvido, o casi, para concentrarse en los otros dos. Otros, sin renegar de la transversalidad, insisten en que el lugar de Podemos está en la izquierda, en la defensa de los más desfavorecidos, aquellos que fueron maltratados, incluso, por la socialdemocracia del siglo XX. Unos creen que hay que acercar el proyecto político a las clases medias, y evitar darles miedo descartando los radicalismos. Otros defienden que hay que hacer pedagogía entre las clases medias empobrecidas por la crisis para que hagan frente común con los que peor lo pasan siempre, incluso cuando no hay crisis. Unos se sienten más cómodos hablando con Izquierda Unida, y otros tienen menos dificultad en hablar con el PSOE. Pero es un error olvidar cualquiera de los tres ejes. También lo es olvidar el eje izquierda / derecha, que no ha quedado anticuado aunque sea insuficiente.

Es difícil, por lo que se ve, percibir los tres ejes a la vez y con la misma nitidez. Por eso, en mi modesta opinión, Podemos no debería prescindir de nadie. Son necesarios muchos ojos para ver la complejidad de la política, y es imprescindible que Podemos consiga combinar esas visiones sin expulsar ninguna.

¿Tiene consecuencias en la práctica este abstruso análisis de geometría política? Tendría algunas para los dirigentes de Podemos, si les diera por leer estas líneas y tomarlas en consideración. A estos dirigentes les vendría bien un recordatorio de la geometría política que ya conocen y, de paso, un curso de inteligencia emocional. Pero como seguramente esos responsables tienen otras cosas que hacer, me dirigiré a los inscritos en Podemos, que por estos días votan telemáticamente unos importantes documentos y eligen su Consejo Ciudadano Estatal. Cada cual tiene derecho a priorizar, al votar, un eje u otro, pero es importante no olvidar los otros dos. También es importante evitar la tendencia de los partidos políticos españoles a expulsar el talento de sus organigramas, primando la afinidad y la lealtad de los mediocres. En resumen, mi recomendación sería esta: mira la política en auténtico 3D, haz tu propia lista, selecciona el talento y reparte el poder.

Las izquierdas y el optimismo

Hay cosas que uno hace como con miedo, porque ya se barrunta lo que va a pasar. Verbigracia, el otro día yo ya sabía lo que me iba a pasar si hacía lo que me disponía a hacer, pero lo hice. Qué demonios.

Resulta que me llegaron por Twitter unas estadísticas esperanzadoras. Unos gráficos muy interesantes de Max Roser, de la Universidad de Oxford, que mostraban cómo han mejorado (espectacularmente) varios parámetros desde 1820 hasta nuestros días. Por ejemplo, según esos gráficos, si en 1820 el 94% de la población mundial vivía en la pobreza extrema, ahora solo el 10% de los habitantes del mundo vive en esas terribles condiciones. O si en 1820 había un 88% de personas analfabetas en el mundo, ahora hay (todavía) un 15%. A estos gráficos los acompañaban otros, igualmente espectaculares, sobre democracia, educación básica, vacunación y mortalidad infantil.

Lo que más me alegró de mirar los gráficos fue prolongar aquellas líneas con la imaginación y pensar que en pocos años la pobreza extrema podría desaparecer; o que todos los niños y las niñas del mundo podrían tener acceso a educación básica hacia el año 2050, si las cosas no se tuercen.

Pues sí: yo me alegré. Creo que todo biennacido debería alegrarse de algo así. Es verdad que a todos esos datos se les pueden poner reparos. Por ejemplo, es discutible que la riqueza, medida en dólares per capita, sea el mejor indicador de la buena vida; pero también es verdad que la pobreza extrema tiene una definición muy precisa, que vivir en una situación de pobreza extrema es algo terrible, y que debemos alegrarnos de que el porcentaje de personas que viven en situación de pobreza extrema sea menor cada década que pasa. ¿O no? También es verdad que en ese 86% de personas que han recibido o reciben actualmente algún tipo de instrucción (comparadas con el 17% que la recibían o habían recibido en 1820), se incluyen tanto los que van a Eton como los que se amontonan junto a otros 40 compañeros, alrededor de un único maestro o maestra, en una pobre barraca sin luz eléctrica. Pero al menos van a la escuela muchos y muchas más que en 1820, y también deberíamos alegrarnos por eso. ¿O no?

Sí, yo me alegré, me sentí (moderadamente) esperanzado y decidí compartir mi alegría a través de Twitter. Pero dudé, porque sabía lo que iba a pasar. La gran mayoría de mis seguidores en Twitter son, para entendernos, de izquierdas (yo, pecador de mí, también lo soy), y entre los de izquierdas el optimismo no tiene buena prensa. Cuando alguien dice que las cosas van mejor, la gente de izquierdas tiende a pensar que ese alguien es un tonto del bote, o que no está bien informado o, peor aún, que ese alguien es de derechas. Pero me irritó pensar esto. ¿Por qué la alegría debe ser patrimonio de conservadores y neoliberales? ¿Estamos condenados los de izquierdas a ser siempre los cenizos y aguafiestas de las reuniones familiares?

Me armé, pues, de valor y retuiteé los gráficos, diciéndome a mí mismo: “seguro que me dicen lo de la desigualdad”. Y me lo dijeron: un amigo contestó enseguida recordándome que la desigualdad está creciendo en el mundo. Tuve, pues, que aclarar que lo sabía y que me parecía terrible. Estaba siendo sincero: lamento que aumenten las desigualdades casi tanto como si la culpa fuera mía, y creo firmemente que hay que tomar medidas para cambiar esa tendencia. Ahora bien: tan cierto como que aumentan las desigualdades es el hecho de que el número de personas vacunadas se ha triplicado en los últimos 30 años. ¿Tengo menos derecho que un neoliberal a alegrarme por esta noticia? ¿O tengo que torcer el gesto porque la proporción de niños que mueren antes de cumplir los cinco años se haya reducido del 43% al 4% en los últimos 200 años?

Otro tuitero me señaló que el mismo tipo de Oxford cuyos gráficos yo reproducía incluye en su web otros menos halagüeños, y me envió uno del mismo autor sobre cambio climático. Claro: es que el tipo este de Oxford es un tipo serio, y en el mundo hay datos muy malos. Casi todos los relacionados con el medio ambiente son muy malos. En realidad, también es muy mal dato el que siga habiendo un 10% de la población mundial en situación de pobreza extrema, o que un 15% no haya aprendido a leer. Son malos datos porque hace tiempo que podríamos y deberíamos haber erradicado la pobreza y el analfabetismo, porque técnicamente es posible, y los de izquierdas tenemos toda la razón al recordarlo y al reclamar cambios urgentes. Pero el que sean malos esos datos no impide que sean mejores que hace unas décadas, y mucho mejores que hace 200 años.

¿O es que solo hemos de creer los de izquierdas al tipo de Oxford cuando nos envía datos malos y hemos de desconfiar por sistema de las buenas noticias? Si los datos son fiables, el resistirse a aceptarlos y reproducirlos cuando son positivos solo sirve para desprestigiar nuestras posiciones y amargar al prójimo. Quizá, además, esa contumacia consiga desanimar a quienes quieren cambiar el mundo desde posiciones de izquierda, con la única excepción de aquellos fanáticos convencidos de que cuanto peor, mejor. Y yo no estoy convencido de tal cosa. Yo estoy convencido de que hay realidades, como la del cambio climático, que van mal y que pueden ir mucho peor si la especie humana no actúa con determinación; y también estoy convencido de que lo que ha mejorado, como las magnitudes a las que me refería más arriba, no lo ha hecho espontáneamente, o porque una fuerza misteriosa nos guíe teleológicamente por el camino del progreso: esos logros han sido trabajosamente alcanzados gracias al esfuerzo y al sacrificio de muchas generaciones de mujeres y hombres de todas las latitudes y de todos los oficios, y entre toda esa gente ocupan un lugar destacado miles de pensadores, activistas, sindicalistas y gente llana de izquierdas que han luchado arduamente para conquistar derechos que hoy nos parecen evidentes. Estas conquistas deben mucho a la fe y al optimismo de quienes las lograron, y ahora nos arriesgamos a perderlas si perdemos esa fe y ese optimismo.

Ahora bien, ser optimista no es lo mismo que comulgar con ruedas de molino. Como a todos mis compañeros de la izquierda, me parece inaceptable que, a pesar de las capacidades tecnológicas y los recursos que están ya a disposición de los seres humanos, el acceso de los niños y las niñas a la educación reglada, a las vacunas o a una atención sanitaria adecuada siga dependiendo del país y la familia en la que hayan tenido la suerte de nacer; y, desde luego, es inaceptable que millones de personas sigan viviendo en la más extrema pobreza. Tenemos que reclamar que esas situaciones, y muchas más, cambien, y que lo hagan deprisa. Pero tenemos que hacerlo con la confianza de que el cambio es posible. Y lo es. Prueba de ello es que muchos datos relativos a la condición humana han mejorado a lo largo de los últimos siglos, y la izquierda debería estar orgullosa de haber contribuido, con sus denuncias, sus propuestas y su lucha, a esa mejora. Si estamos dispuestos a seguir luchando tenemos derecho al optimismo; incluso tenemos derecho a una contenida alegría.

Podemos: recuperar la ingenuidad

En latín, ingenuus era el nacido libre y no esclavo; por extensión, también el noble de carácter. A veces, quien es noble de carácter, quien es capaz de pensar en el interés común y no solo en el propio, es tenido por tonto. Quizá por esta razón la palabra “ingenuo” ha terminado teniendo en castellano una connotación despectiva.

En España, miles de ingenuos se manifestaron el 15M; luego, esos mismos ingenuos sostuvieron sobre sus espaldas un movimiento y, más tarde, un partido en el que cabían personas de ideologías diversas que pedían el fin de la vieja política, que demandaban justicia e ilusión para todos, y clamaban contra la corrupción que campaba a sus anchas por nuestro país. Muchos estaremos de acuerdo en que la palabra “ingenuidad” resulta adecuada para describir algunos elementos de esta historia, pero no coincidiremos en nuestra interpretación del término. Algunos pensamos que era necesaria esa dosis de ingenuidad, esa insólita libertad con respecto a las consignas de los partidos, esa arriesgada fe en la posibilidad del cambio.

Hoy hemos conocido los resultados de la consulta sobre el método de votación para Vistalegre 2. Esos resultados muestran, a mi juicio, que en Podemos quedan aún muchos ingenuos. Más que pablistas, más que errejonistas y, desde luego, más que anticapitalistas. Las cuentas cuadran porque hay ingenuos en cada una de esas familias. Quizá sean la mayoría en todas. Una mayoría que quizá ingenuamente crea a Echenique cuando dice que esta votación no es un plebiscito sobre Iglesias y Errejón, una mayoría que quizá ingenuamente ha votado por un determinado sistema de elección no porque fuera el de Pablo o el de Íñigo, sino porque les parecía el más justo.

También están, claro, los que no son ingenuos, esto es, los que “conocen” bien los entresijos del partido, los que “saben” que el mal está en el otro bando, los que sospechan que, en realidad, esta votación sí era un plebiscito, aunque nadie lo reconociera. Estos son los mismos que preferirían quedarse en su casa el día de las elecciones y permitir que el PP volviera a ganarlas antes que votar a una candidatura de su propio partido que estuviera encabezada por “los otros”.

Yo, personalmente, tengo mi esperanza depositada en los ingenuos, en esos ingenuos que todavía creen que no se trata de elegir entre Iglesias y Errejón, sino de construir una alternativa política, tolerante y abierta, capaz de echar al PP del gobierno de España y al PSOE del gobierno de Andalucía, capaz de forzar un cambio en el modelo energético, de poner coto a la corrupción y de mejorar las condiciones de vida de los más desfavorecidos.

Pablo Iglesias es un fan de Juego de Tronos. Errejón admira a Ernesto Laclau y a Chantal Mouffe. Estas dos filias tienen algo en común: una concepción agonística de la política. Según esta, la política es una búsqueda de la hegemonía en la que a cada bando lo define no solo lo que es, sino también quiénes son sus adversarios. Y a veces, como recuerda Maquiavelo (y también George R.R. Martin) los adversarios están en el propio bando y deben ser eliminados tan escrupulosamente como se eliminan los enemigos externos.

Sin embargo, los ingenuos no nos conformamos con aceptar la política como dicen los realistas que es y ha sido. Queremos que la política sea como puede y como debería ser. Pensamos en la política como una búsqueda colectiva del bien común que no excluye a nadie, y menos a los más cercanos. Por esto los ingenuos, esto es, los nacidos libres (según el diccionario de Latín) no nos dejaremos arrastrar fácilmente a la esclavitud de servir a un bando pudiendo seguir siendo libres, y seguiremos respondiendo ingenuamente a las preguntas que se nos hagan, cuando haya que votar, en vez de calcular a qué bando beneficia el resultado.

La ironía es que los cálculos de los sabihondos pueden irse al traste por no tener en cuenta a los ingenuos. No se equivoquen, aprendices de Borgia, de Lenin y de Tyrion Lannister: como hoy se ha podido comprobar, aunque en los aparatos abunden los rasputines, entre los inscritos y los votantes predominamos los ingenuos.

Brexit: para poca salud, ninguna

No quiero parecer frívolo, así que empiezo diciendo que la salida del Reino Unido de la Unión Europea es algo malo y preocupante. Pero me apresuro a añadir que este referéndum sobre el Brexit y su resultado no son las primeras cosas malas y preocupantes que le ocurren a la UE a lo largo de su historia, y que los sucesivos gobiernos británicos han sido responsables durante décadas de algunas de ellas.

El proyecto de la Unión Europea ha sido el intento más prometedor, hasta ahora, de sacar las relaciones internacionales de una situación semejante al estado de naturaleza hobbesiano y acercarlas al sueño kantiano de una paz perpetua mediante la integración voluntaria de Estados democráticos en una entidad supranacional. Ahora bien, un pesado hidroavión que despega de una ciénaga no puede permitirse la temeridad de poner sus motores a medio gas y prohibirse a sí mismo volar por encima de los árboles. El éxito del proyecto requería que los europeos creyeran firmemente que la unión era un juego win-win en el que si un país ganaba no necesariamente perdían los demás; requería una cesión progresiva y constante de soberanía desde los Estados nacionales a las instituciones europeas; requería integración económica, pero también fiscal, política, social, jurídica y educativa; requería una constitución compartida y unas instituciones más democráticas y eficaces que las de los Estados miembros; quizá requería también una moneda única, siempre y cuando esta viniera arropada por una radical armonización de las políticas económicas y fiscales y por mecanismos contundentes de protección social y de solidaridad entre países.

Como la cabra tira al monte, y los humanos al estado de naturaleza, todas esas medidas exigían un ejercicio incansable de pedagogía recíproca: de los gobernantes a los ciudadanos, de los gobernantes entre ellos y de los ciudadanos entre sí. Pero, con frecuencia, los políticos europeos han encontrado más rentable gritar que, por culpa de la dejadez del gobierno de aquí, los otros se estaban aprovechando de los nuestros con la ayuda de los corruptos burócratas de Bruselas, razón por la que los nuestros deberían votarnos a nosotros la próxima vez. Esta música, claro, les sonará a Nigel Farage, el repugnante dirigente del UKIP, pero ni la compuso él ni él ha sido su único intérprete. Numerosos políticos de cortas miras se han ganado la vida interpretándola y pasando la gorra en los mercados de sus países respectivos. En la lista están, claro, varios primeros ministros británicos, entre los que merecen especial mención Margaret Thatcher y David Cameron.

Sí, Cameron: el aparente europeísta que a última hora pedía con voz impostada el voto por la permanencia en la UE, no porque dicha permanencia debiera ilusionar a sus compatriotas sino porque, tras las últimas concesiones que él había rebañado a esos cansinos europeos (a los otros) con la amenaza del referéndum, seguir en Europa era un buen negocio. Pero Cameron no ha conseguido convencer a sus compatriotas de que el negocio era lo bastante bueno; tampoco nos habríamos mostrado, seguramente, muy entusiasmados los demás europeos si alguien nos hubiera preguntado nuestra opinión sobre las penúltimas maletas de plomo que debíamos subir al hidroavión europeo por exigencia británica. Al final, la relación UK/UE se parecía demasiado a un maduro matrimonio de conveniencia en el que cada parte languidece y desconfía de la otra; en esos casos, la única forma de evitar la ruptura consiste en que antes las partes mueran de aburrimiento.

Ahora toca hablar sobre el futuro. Hollande y Merkel van a hablar. Los demás también hablaremos. El próximo primer ministro británico quizá  di que estamos a tiempo de convencer a sus compatriotas de que vuelvan a subirse a nuestro avión si bajamos aún más las revoluciones de los motores europeos y les ofrecemos un mejor negocio. Pero con esa estrategia, como se ha visto, no levantaremos el vuelo. No se trata de atraer a los que se han ido, sino de entusiasmar a los que se quedan con un nuevo diseño del proyecto europeo. Ha llegado el momento de que los dirigentes europeos estén, por primera vez en muchos años, a la altura y nos dirijan el siguiente mensaje: soltado el lastre británico, somos más pobres pero más ligeros; revolucionemos los motores de la integración europea, fortalezcamos las instituciones, respaldemos el euro, fortalezcamos la democracia, protejamos los derechos de quienes viven y acojamos generosamente a quienes llaman a nuestra puerta. En definitiva, convenzámonos de que trabajamos para un proyecto que merece sacrificios y esfuerzos porque es mejor que lo que hay fuera y mejor que lo que teníamos.

Quizá, después de una arenga así, algunos se querrán bajar del avión. No les faltarán motivos, si tienen miedo a la altura, porque ese proyecto volará alto. Pero los que se queden tendrán algo en lo que creer. Habrán recuperado la ilusión y, como la ilusión es contagiosa, quizá llegue a ilusionar, algún día, incluso a los británicos.

En defensa de los belgas

Cuando yo (in illo tempore) estudiaba en el instituto, los recursos pedagógicos que mis profesoras de francés aplicaban con mayor éxito eran las canciones de Moustaki y de Brassens y los chistes de los franceses sobre los belgas. Imagino (aunque no me consta) que también los holandeses tendrán un buen repertorio de chistes de belgas. Son cosas de vecinos. Los niños españoles, en cambio, no contábamos chistes de belgas, porque de los belgas nada sabíamos, pero nos ensañábamos con otros vecinos mediante aquellos chistes que empezaban con el consabido “van un francés, un inglés y un español…”. El español, claro, siempre les daba la lección a los otros. Aparentemente, no se sentía acomplejado por provenir de un país de emigrantes gobernado por un dictador decrépito: el español era mucho más listo que el francés y el inglés, a los cuales su superior renta per cápita no les libraba de llegar maltrechos al final del chiste.

Ahora, después de los atentados de Bruselas, algunos políticos franceses sacan pecho y vuelven a contar chistes de belgas, y muchos periodistas españoles les secundan con entusiasmo. Ahora los chascarrillos versan sobre las muchas y mal coordinadas policías belgas, sobre los miramientos, dizque excesivos, a la hora de detener a los sospechosos, sobre un gobierno poco eficaz y sobre servicios de inteligencia poco inteligentes. Los franceses, los británicos y los españoles también hemos sufrido atentados, mayores y antes que los belgas, pero solo los belgas parecen ser responsables, por chapuceros, de su desgracia.

He escuchado a una corresponsal española quejarse porque había viajado en tren a través de Bélgica sin que ningún policía registrara su mochila. Quizá esta corresponsal preferiría vivir en Israel, o en algún otro paraíso de la seguridad, y enseñar su mochila a la entrada de cada centro comercial y de cada campus universitario. Quizá los aeropuertos belgas deberían copiar los protocolos estadounidenses para el trato a los extranjeros en tránsito. Quizá los guardias belgas debería recibir un cursillo de los policías croatas de frontera (lo digo por experiencia). Quizá las pintorescas policías locales y regionales belgas deberían aprender de lo bien que siempre se han coordinado la Policía Nacional y la Guardia Civil. Quizá Felipe González debería instruir al gobierno belga sobre lo eficaz que puede ser la lucha antiterrorista cuando las leyes se imprimen sobre papel mojado.

La sociedad belga merece no solo nuestra solidaridad en estos trágicos momentos. También merece nuestro respeto, porque es una sociedad admirable en muchos aspectos. Es una sociedad más democrática, más próspera, más culta, más pacífica y más respetuosa con los derechos humanos que la mayoría. Es una sociedad que convive con un porcentaje de población extranjera mayor que en casi ningún otro país, y sin embargo la convivencia es allí mejor que en la mayoría de los lugares que acogen inmigrantes. Ciertamente, no es una sociedad perfecta, y parece que las administraciones belgas incluyen, como tantas otras, una cuota no despreciable de políticos incompetentes y cortos de miras. Pero no deberíamos pensar que el principal problema de la seguridad europea consiste en la falta de coordinación entre las policías locales de Gante y Charleroi. Más nos debería preocupar que la policía británica no se coordine bien con la francesa, que la CIA espíe al gobierno alemán, que cada servicio de seguridad de cada país europeo desconfíe del resto, que los gobiernos de la UE sean incapaces de diseñar una política de seguridad realmente común, y que algunos ciudadanos y políticos europeos piensen que la única estrategia eficaz contra el terrorismo incluye mano dura con los inmigrantes y grandes rebajas en derechos humanos.

Los atentados de Bruselas y el recuerdo de otros terribles crímenes del terrorismo yihadista deberían provocar una cesión inmediata de soberanías nacionales en Europa, una mayor coordinación de las policías y los servicios de inteligencia, la elaboración de una estrategia sólida de seguridad común y un rediseño de la arquitectura europea que permita garantizar el máximo de protección sin renunciar a las cuotas de libertad que los ciudadanos disfrutan en países como Bélgica. Sobre esto deberíamos estar debatiendo, pero se ve que a Manuel Valls y a otros les trae más cuenta echarle la culpa a los belgas.

El centro descentrado

Es lo que pasa cuando se confunde la política con un torneo de debate de la Northwestern University. Uno quiere ganarse al ala derecha del auditorio y agradar a los patrocinadores y entonces, ¡zas!, se le ocurre, por ejemplo, que uno puede defender la intervención militar de España en Siria, como hizo Albert Rivera un día de noviembre. O bien uno puede prometer un importante aumento en el gasto militar si llega a gobernar, y así lo hace el Programa Electoral de Ciudadanos para las elecciones generales de 2015 en su página 331. Como estamos de debate y hablamos por hablar, el aumento prometido puede ser bastante grande, pero no se preocupen: sobre este asunto ya volveremos “siempre que el contexto económico lo permita”. Esto último, por si no se han percatado ustedes, se parece bastante a la forma de hacer programas electorales (y no cumplirlos) del Partido Popular.

Cuando a Albert Rivera le preguntan de dónde va a sacar el dinero para algo suele acordarse del Senado. No hace falta cerrar escuelas ni hospitales para pagar las facturas, dirá, porque podemos cerrar el Senado. Ahora bien, para alcanzar “los objetivos presupuestarios a los que España se ha comprometido con sus socios y aliados, avanzando paulatinamente hacia la media del % del PIB destinado a Defensa de los países europeos de nuestro entorno” (la cita, de nuevo, proviene de la página 331 del Programa Electoral de Ciudadanos), para eso no basta con cerrar el Senado, ni varios Senados, ni todas las diputaciones provinciales. Porque estaríamos hablando de doblar, y algo más, el presupuesto militar español, pasando del 0,8% o 0,9% del PIB al entorno del 2% que recomienda la OTAN.

Con la promesa de doblar el gasto militar español “siempre que el contexto económico lo permita” pueden pasar dos cosas: que el contexto económico no lo permita, lo cual es malo (porque todos querríamos ver mejorar el contexto económico ese), o que sí lo permita, lo cual tampoco es bueno, porque gastar más de la cuenta en Defensa puede volver a jorobar dicho contexto económico (y, de paso, embarcar a nuestra gente en alguna aventura bélica de incierta salida). En cualquier caso, llegue o no Albert Rivera a ser presidente del gobierno, cumpla o no su promesa de doblar el presupuesto militar, lo que está claro es que ni esa promesa ni el afán por mandar tropas a Siria son propias de un partido moderado. Son más bien típicas de un partido de extrema derecha (y de François Hollande, que hace tiempo no sabe de qué es, y así le va a su partido). De hecho, ni siquiera un partido oficialmente de derechas como el PP se ha atrevido a ir tan lejos en estos dos asuntos.

Ahora bien, ¿por qué un partido dizque de centro se descuelga de pronto con propuestas de extrema derecha? Quizá porque toca compensar otras propuestas suyas que son tenidas por izquierdosas por parte de su potencial electorado de centro-derecha, como mantener la ley de plazos para el aborto y oponerse al fracking. Ciudadanos quiere agradar a sus posibles votantes de centro-derecha y de centro-izquierda, intenta que su rueda siga girando triunfalmente en torno al eje del estricto centro político y con ese fin sus estrategas golpean la llanta a uno y otro lado en cuanto detectan alguna desviación. Pero con tanto golpe la llanta se abolla y la rueda, que dista ya de ser perfectamente redonda, chirría cuando gira y produce un desagradable traqueteo cuando tiene que rodar sobre el mundo real.

El avance de Ciudadanos es innegable, pero su maquinaria arrastra algunas averías, que son de esas averías que uno puede ignorar un tiempo pero que acaban saliendo a la larga. De algunas de esas averías ya avisé hace algún tiempo, aunque poco antes, reconozco, me había dejado engañar por las apariencias. Las apariencias eran que Ciudadanos parecía encarnar una forma realmente nueva de hacer política, que había dejado atrás la simple taxonomía lineal de las izquierdas y las derechas y reclamaba un lugar original en una cartografía más compleja, bidimensional o, incluso, tridimensional. Sin embargo, en la práctica la estrategia política de Ciudadanos se ha reducido a buscar un hueco entre el PP y el PSOE y a hacer ese hueco lo más grande posible a base de no molestar demasiado a los votantes desencantados más moderados de ambos partidos y subrayar las diferencias con Podemos.

Un partido de centro no es mucha novedad, que digamos. Partidos-bisagra centristas han tenido su lugar, mayor o menor, en muchos países europeos durante las últimas décadas, y en España tenemos los precedentes de la UCD y el CDS de Adolfo Suárez, el político que Rivera ha adoptado como su principal modelo. Pero no nos engañemos: ser de centro no es, en sí mimo, una virtud. El centro era quizá la opción necesaria en la España de los años 70 (y seguramente el gran acierto de Suárez fue percatarse de ello), pero no aporta demasiado en la segunda década del siglo XXI, cuando las viejas encarnaciones del bipartidismo llevan décadas compitiendo por ese mismo espacio. Si en Ciudadanos fueran capaces de hacer una lectura tridimensional y no monodimensional de la política, quizá se darían cuenta de que en muchos asuntos pueden y deben estar más cerca de Podemos que del PP o del PSOE, y abrirían la puerta a escenarios mucho más interesantes, regeneradores y esperanzadores para después del 20-D.

Ojalá que Ciudadanos llegara a superar y desplazar al PP en las próximas elecciones. Esta sería una estupenda noticia, entre otras cosas porque demostraría que la ideología de los votantes no los ha hecho completamente ciegos y sordos ante la corrupción, la mediocridad y la desfachatez. Ojalá, al menos, que Albert Rivera consiga un buen resultado en las próximas elecciones, aunque no gane. Pero ojalá que, en cualquiera de los dos escenarios, alcance a comprender que no estamos en los años 70 y que sus opciones no se reducen a un plácido suicidio en el regazo del PP o del PSOE. Para empezar, Rivera puede llamar a Nick Clegg (el ya políticamente malogrado líder de los liberal-demócratas británicos) y preguntarle qué le pasa a un partido centrista que pierde la imaginación tras la elecciones y se convierte en un apéndice de la vieja política.

PABLO IGLESIAS Y JUEGO DE TRONOS: LA POLÍTICA DE LOS POLÍTICOS O LA POLÍTICA DE LA GENTE

La anécdota es conocida: el rey de España visita a los parlamentarios españoles en Bruselas y Pablo Iglesias le regala la colección en DVD de Juego de tronos.

Yo para regalo lo veo bien, la verdad. Quizá le habría hecho mejor apaño uno de esos regalos que las madres llaman “prácticos” (una atornilladora eléctrica o un peso de cocina, por ejemplo), pero todos tenemos un je-ne-sais-quoi frívolo en virtud del cual preferimos que nos regalen un espectacular sombrero de ala ancha que nunca nos pondremos o una serie de moda que nunca veremos.

Además, don Felipe no pensó que el regalo fuera con segundas ni con mala baba: don Felipe sabe que Pablo Iglesias ha leído, con tanto interés como él, mi entrada anterior sobre la monarquía y que, en consecuencia, cuando dice que es republicano lo dice con la boca chica, como cuando decía lo de la renta básica. Por eso, lejos de molestarse, don Felipe se pondría tan contento cuando abriera el envoltorio y comprobara que la serie estaba completa, aunque ya se figuraría que la serie no la podrá ver hasta que las niñas se pongan grandes (mientras tanto, habrá que seguir disfrutando en familia con Dora Exploradora).

Descartada la hipótesis de la mala baba, yo pienso que Pablo Iglesias le regaló los DVD a don Felipe porque le gusta la serie y quiere que otros disfruten tanto como él (él, claro, no tiene niñas pequeñas y, después de visitar algunas casas okupas y asambleas de barrio, no se escandaliza con tanto fornicio y tanto degüello). La serie le gusta hasta el punto de que ha coordinado un libro sobre el asunto. Uno casi diría que es un poco friki del tema.

Ahora bien, ¿por qué le gusta tanto Juego de tronos a Pablo Iglesias; por qué cree, seguramente de forma sincera, que el rey podría verla con aprovechamiento? Mi explicación es que Pablo Iglesias es un político vocacional camino de convertirse en político profesional, por mucho que abomine de esta figura. Como a cualquier político vocacional, le fascina, igual que a los historiadores de la vieja escuela, la política extraordinaria: la política de los señores de la guerra y sus conquistas, la política de las intrigas, los magnicidios y los elocuentes discursos, la política de los bandos irreconciliables, las revoluciones tumultuosas y los vencedores inmisericordes; la política, en definitiva, de la conquista del poder. Quizá se vea como aquel gran jefe del clan Stark vallecano que redime finalmente a su pueblo y manda a galeras a la arrogante casta Lannister de la Moraleja.

Esta forma de entender la política tiene tanto ascendiente que ni siquiera consiguen librarse de ella quienes, en la izquierda, han abandonado la vieja retórica de la lucha de clases y abogan por un populismo que incluye a las clases medias, a una gran mayoría de gente corriente que sufre los abusos de una minoría ociosa y corrupta. Entre los defensores de ese populismo están dos autores que han influido muy notablemente en los líderes de Podemos: Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. Uno esperaría que entre las consecuencias de ese giro populista estuviera una visión más constructiva e integradora de la política, una concepción que buscara restañar heridas y fracturas, proponer proyectos que pudieran ser asumidos, idealmente, por todos, o al menos por una gran mayoría. Sin embargo, en estos autores pervive todavía una visión de la política como confrontación entre los nuestros y un enemigo que, aunque ya no se construya como uno de los polos de la dicotomía capitalista/proletariado, sigue siendo igualmente necesario para elaborar una estrategia agonística de conquista del poder. Así se pone de manifiesto en un momento de esta entrevista de Iglesias a la señora Mouffe.

Yo, sin embargo, tiendo a ver a la gente no como a esta tropa Stark que pelea contra los Lannister, sino como a esos extras de origen diverso que en Juego de tronos ven pasar al galope a los señores de la guerra y temen que su casa terminará chamuscada.

A la mayoría de la gente, incluso a quienes más nos interesa la política, no nos seduce el juego político tanto como a los políticos. La política nos interesa como la mejor herramienta para resolver los problemas que surgen cuando hay que coordinar acciones e intereses individuales muy diversos. Por eso no entendemos la política en términos de confrontación; buscamos soluciones a problemas y nos cuesta considerar enemigos a quienes proponen una solución distinta de la nuestra. Nuestros problemas no tienen que ver con la constitución de la Mesa del Parlamento, sino con la calidad de la enseñanza o la diferencia de sueldo entre hombres y mujeres. Valoramos cosas como la libertad, el bienestar, la seguridad y la justicia, aunque desconfiamos cuando oímos esas palabras pronunciadas en los discursos de los políticos y las traducimos en términos más llanos: nos gustaría que no hubiera más pobres ni más analfabetos, queremos un trabajo estable, queremos hablar sin miedo, ir a dónde nos dé la gana, sentirnos protegidos de epidemias, atentados terroristas y desmanes financieros. También esperamos que los gestores de la cosa pública resuelvan nuestros problemas cotidianos, que mantengan limpios esos sumideros que siempre se atascan cuando llueve, que sustituyan de una vez esa luz que parpadea en la farola de la esquina, que eliminen esa curva donde ya se han estrellado tres motoristas. Ahora bien, para los políticos profesionales preocuparse por los problemas de la gente es una estrategia instrumental para conseguir el poder. Así pues, comprendo que a Pablo Iglesias, como a otros políticos vocacionales, estos asuntos le parezcan algo aburridos, comparados con los objetivos de domesticar el capitalismo y desterrar la casta. Pero debería entender que para la gente el poder es un instrumento y no un fin en sí mismo; no un trofeo que arrebata a otros sino la posibilidad de que sus peticiones se escuchen y sus objetivos se realicen.

Pablo Iglesias no llegaría muy lejos si quisiera convertirse en otro campeón del gran torneo de la política tradicional, donde muchos y experimentados campeones montan unos soberbios alazanes que se alimentan en los pesebres del IBEX35. Si quiere realizar una contribución realmente importante, si de verdad quiere hacer gran política, Pablo Iglesias tiene que olvidarse de la política como confrontación y dejar a la gente que siga explicando lo que quiere. No debe permitir que lo aburra la rutina de los Círculos locales y las votaciones por internet. Debe dejar Juego de tronos para el ocio del fin de semana y seguir escuchando a la gente que anda por la calle.

Pedagogía inversa (o por qué los andaluces deberíamos darle una lección a la Presidenta de la Junta)

El difunto filósofo John Rawls distinguía entre sociedades “bien ordenadas”, sociedades “menos favorecidas” y “estados proscritos”. Ahora bien, si resucitara y visitara España seguramente tendría dificultades para meternos en una de esas categorías y se inventaría una nueva. Comparada con Corea del Norte o con el Imperio de Felipe II, la España actual no merece ser llamada “proscrita.” Comparados con Haití, podemos considerarnos bastante favorecidos en el reparto de la riqueza mundial. Sociedad “bien desordenada” quizá sea lo que mejor nos cuadre.

¿Por qué no merecemos que nos etiqueten como sociedad “bien ordenada”? Concentrémonos, por mor de la brevedad, en un solo parámetro: uno esperaría que en una sociedad bien ordenada los gobernantes estén generalmente mejor cualificados que los gobernados y que estos exijan a aquellos cierta altura moral. En España acabamos de dar un paso en la buena dirección, es verdad, con la sustitución de Juan Carlos I, el Campechano, por Felipe VI, el Preparao. Pero por lo demás parece que caminamos hacia atrás. Como le gusta decir a mi novia, mientras que los políticos de la Transición parecían mejores que la media de la población, los actuales nos parecen, en general, peores. Hoy día, muchos paisanos nuestros hablan idiomas, realizan estancias posdoctorales en universidades extranjeras y hasta son capaces de montar muebles de Ikea siguiendo las instrucciones. En cambio, ninguno de nuestros últimos presidentes de Gobierno puede balbucear una frase en inglés sin producir vergüenza ajena, y buena parte de nuestra clase política está imputada o (sospechamos) debería estarlo. Cómo estará el nivel que algunos ven en la presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, una estrella emergente, un lince político y una mujer de Estado, y confían en ella para enderezar el torcido rumbo del, hasta ahora, principal partido de la oposición.

Pero Susana Díaz no demuestra estar a la altura de Solón o de Trajano, sino más bien de un trilero de feria o de un turbio concejal de urbanismo, cuando convoca elecciones anticipadas sin considerar las necesidades del pueblo que gobierna. Resulta evidente que sus verdaderos motivos tienen que ver, en la más benévola de las interpretaciones, con el bien de su partido y, en la más perspicaz, con sus propias ambiciones personales. En cualquier caso, esta profesional de la política sin más oficio que ese, esta licenciada a duras penas en Derecho, no parece estar en condiciones de enseñar nada al pueblo que, por cierto, gobierna sin que él la haya elegido. En una sociedad bien ordenada, los gobernantes deberían ser, como mínimo, tan capaces y honestos como la mejor mayoría de los gobernados y, si no lo son, los ciudadanos deberían retirarlos del gobierno.

En una sociedad bien ordenada, los gobernantes deberían poder ejercer cierta pedagogía hacia los gobernados y, si no están en condiciones de hacerlo, deben ser los ciudadanos quienes den una lección a sus gobernantes. La presidenta de la Junta, que ha adelantado irresponsablemente las elecciones, merece que los andaluces le demos una lección el día que vayamos a votar.

Que Europa nos asista: reflexiones domésticas tras el referéndum en Escocia

Ya está. Uff… Ya sabemos el resultado del referéndum escocés y la mayoría de los europeos suspiramos con alivio. Ahora bien: como en las películas de terror, no esperemos que la pesadilla termine con la muerte del primer zombie/vampiro/lunático en la segunda secuencia. La cosa va para largo, y así lo advierte Alex Salmond, el Ministro Principal de Escocia y líder independentista, en un twit, tras conocer la derrota de los suyos: Let’s not dwell on the distance we’ve fallen short – let us dwell on the distance we have travelled (“no nos fijemos en lo que nos ha faltado; fijémonos en lo que hemos recorrido”). O sea: hemos subido menos escalones de los que esperábamos, pero llegar arriba (¿al cadalso?; ¿al soñado paraíso de las gaitas y las varoniles faldas de cuadros?) es cuestión de tiempo.

Por lo pronto, el Reino Unido ha tenido que pagar un precio para evitar que los independentistas ganaran el referéndum: como un mercachifle en día de remate, Cameron ha tenido que prometer a los escoceses, durante las últimas semanas de campaña, aquellas cesiones de soberanía que no había querido conceder antes, y que pretendía evitar con el referéndum. Por ello, y por el susto que nos ha metido en el cuerpo, muchos comentaristas retratan hoy a Cameron como el tonto del bote de la política europea. Ahora bien, seamos justos: Cameron no será Richelieu, pero es un genio de la estrategia comparado con Rajoy: al menos, ha tenido los reflejos suficientes para desinflar el globo antes de que estallara. Es verdad que ahora los partidarios de la independencia comenzarán a inflarlo de nuevo, pacientemente, pero por ahora no ha estallado, y Cameron le ha pasado el marrón al siguiente. En cambio, Rajoy ha dejado pasar el tiempo de desinflar el globo, como yo modestamente le pedía en una entrada anterior, y en estos momentos aquí nos vemos: preguntándonos si el estallido del globo catalán es cuestión de semanas, de meses o de años, pero con la certeza de que, si no lo remedia un portentoso Deus ex machina, el globo va a estallar y nos va a salpicar a todos de un líquido que no sabemos qué lleva.

¿Quién es ese Deus ex machina? Puede que Cameron se acuerde de él, y hasta le rece, cuando dentro de algún tiempo se enfrente al segundo referéndum que ha prometido: el referéndum mediante el cual los ciudadanos del Reino Unido dirán si quieren o no seguir en la Unión Europea. El panorama de un Reino Unido fuera de la Unión Europea y presionado por los nacionalistas escoceses solo es mejor que el de un Reino Unido aislado de Europa y vecino de una Escocia independiente. Imaginar el frío que la conjunción de los dos nacionalismos (el escocés y el británico) puede llevar a las Islas debería advertirnos de lo que nos espera en toda Europa si seguimos alimentando los nacionalismos: los grandes (Francia, Hungría) y los pequeños (Córcega, Euskadi).

No tenemos, por ahora, otro Deus ex machina, ni otra solución, que fortalecer la Unión Europea y traspasar más competencias al Parlamento Europeo y a las demás instituciones de la Unión, avanzar por el camino hacia una Europa federal que quedó aplazada con el fiasco de la Constitución Europea: una Europa que se relacione con sus miembros, más o menos, como se relacionan los EE.UU. con el estado de Wisconsin (aunque, a ser posible, con una mayor dosis de pragmatismo y una menor carga de patriotismo). Claro que, al mismo tiempo, necesitamos ganar más credibilidad para esas instituciones europeas, aumentar su eficacia y reducir su coste. También necesitamos reducir el tamaño de las administraciones estatales e infraestatales a la vez que reforzamos las comunitarias: ¡ojalá pronto el plan de ordenación urbana de las ciudades españolas lo elabore un/a lejano/a funcionario/a europeo/a en vez del cuñado del alcalde, que casualmente también es primo de un promotor!

El proyecto de desmantelar España (o cualquier otro estado-nación europeo) conduce al desastre y va contra los tiempos; el de recentralizarla, también. La propuesta de un federalismo, simétrico o asimétrico, dentro de España equivale a seguir soportando el mismo agotador chantaje al que el nacionalismo catalán ha sometido al gobierno español desde la Transición hasta nuestros días, el mismo con el que Salmond amenaza al Reino Unido a partir de ahora. Necesitamos un planteamiento federal, pero no para los ya pequeños estados europeos, sino para construir una Europa federal, una Europa de los ciudadanos, no de los Estados ni de los pueblos, una Europa de afiliación voluntaria y reversible, a la que todo el mundo sienta que pertenece porque le conviene, no por su identidad.

Ahora bien: ¿cómo se llamarán esos estados federales dentro de Europa? ¿Serán Alemania, España, Italia… o más bien Baviera, Cataluña, Lombardía? Bueno: ¿a quién le preocupa el tamaño de Wisconsin?

Las tres almas de Podemos

En una entrada anterior defendí la política de abajo arriba. Desde entonces, seguramente la mayor novedad en la política española ha sido la irrupción de Podemos, un movimiento cuyo principal reclamo es, precisamente, practicar una política de abajo arriba. Siguiendo con nuestro manual de política tridimensional, el ejercicio de hoy consiste en comprobar si esa etiqueta le cuadra a este nuevo grupo político.

La respuesta no es fácil porque dentro de Podemos conviven tres almas, y cada una de ellas interpreta de forma distinta eso de practicar la política de abajo arriba.

Esto que digo no es del todo nuevo. Algunos ilustrados comentaristas ya han dicho que hay dos tendencias en tensión dentro de Podemos. Yo digo que hay tres, porque algo tendré que añadir: con todo lo que se ha escrito sobre Podemos, no voy a perder el tiempo en decir lo mismo. Además, mejor que de “tendencias”, yo prefiero hablar de “almas”, que suena más poético.

 La primera de las almas de Podemos es la anticapitalista, que está presente sobre todo en los miembros del grupo Izquierda Anticapitalista y en antiguos militantes de partidos de izquierda. Para éstos, la política de abajo arriba consiste ante todo en la conquista del poder por los “de abajo” como paso ineludible en la construcción de una sociedad sin clases. De acuerdo con la tradición marxista, “los de abajo” se identifican con el proletariado (el del siglo XXI, que no es exactamente el mismo que el del XIX) y el instrumento sigue siendo la lucha de clases, aunque a los recursos tradicionales de ésta (las barricadas, las huelgas o el arte proletario) se suman ahora recursos técnicos novedosos, como los muros de Facebook y los Círculos Podemos. Quienes descalifican a Podemos como otro partido más de la extrema izquierda (por ejemplo, toda la “caverna mediática”, pero también Joaquín Sabina) se fijan sobre todo en esta primera de sus almas y, al hacerlo, solo cuentan parte de la verdad.

 La segunda es el alma que, siguiendo a los comentaristas de marras, podemos llamar populista. Es la que está más presente en la comisión promotora de Podemos y en sus portavoces más conocidos, como Pablo Iglesias. Estos siguen viendo la política como una defensa de los de abajo frente a los de arriba, aunque hacen una lectura más amplia de los de abajo, hasta incluir a todas las buenas gentes (los parados, los médicos, los estudiantes, los hipotecados, los investigadores…, muchos de ellos venidos del 15M y de las mareas ciudadanas) que se sienten justamente indignados y estafados por los de arriba, también novedosamente reinterpretados como la casta. En el discurso de estos portavoces las referencias a la lucha de clases y la revolución proletaria ceden el protagonismo a la reivindicación de incumplidos derechos constitucionales, como el derecho a la vivienda y al trabajo. Los anticapitalistas (y Willy Toledo) dicen que estos otros son, en realidad, socialdemócratas, lo cual viniendo de los anticapitalistas no es ningún cumplido. El nombre de populistas les viene de la influencia que han recibido de representantes del llamado “populismo latinoamericano” post-marxista, como el difunto Ernesto Laclau, un politólogo argentino con algunos aciertos teóricos y un gran desacierto práctico: haber vinculado voluntariamente la suerte de sus teorías a la del kirchnerismo. Le puede pasar (póstumamente) lo que le pasó a Philip Pettit cuando eligió a Zapatero como encarnación viviente de su republicanismo. Que el señor les conserve el olfato a los filósofos políticos.

 Queda, en mi opinión, un alma más de Podemos, en la que no suelen reparar sus detractores, un alma que se solapa con las otras dos y que, aunque sea más afín a la segunda, no acaba de identificarse con ninguna de ellas. La llamaré su alma democrática. Es el alma que se encarna, por ejemplo, en estos portavoces locales que insisten en que Podemos no es un partido, sino un método para la participación de personas con convicciones diversas, que no tiene ideología y que no es, dicen literalmente, ni de izquierdas ni de derechas, sino “sentido común”. A algunos estas palabras les sonarán ingenuas (el sentido común tiene muchas interpretaciones), pero creo que aquí encontramos la principal novedad de Podemos y la principal explicación de su inesperado éxito en las urnas; también creo que Podemos tiene futuro como proyecto político a largo plazo solo si este alma se impone a las otras dos. Y alguna tendrá que imponerse, porque hay que elegir entre primar los contenidos o primar el método. Verbigracia, si un grupo se llama a sí mismo “Izquierda Anticapitalista”, podemos inferir que sus miembros ya han decidido, antes de empezar a discutir, que el capitalismo es malo. Pero entonces, ¿para qué necesitan el método?

 En Podemos hay un método y unos contenidos. A mí el método me parece muy bien. Los contenidos, a veces sí y a veces no. Pero en estos momentos es más importante el método que los contenidos. ¿Por qué? Porque la gente de la calle no se cree los contenidos de los programas, y hace bien. Por ejemplo, ahora todo el mundo está de acuerdo en que hay que luchar contra la corrupción. ¡Hasta la presidenta de la Junta de Andalucía! ¡Hasta la vicepresidenta del gobierno! No paran de decir que ellas y sus partidos están comprometidos contra la corrupción, pero a estas alturas casi nadie les hace caso, como es natural.

 Por eso, a partidos como UPyD y Ciudadanos no les basta con decir que están contra la corrupción, por la transparencia, por la participación y contra la vieja política. Necesitan mostrar en su praxis que están muy lejos de las maneras del PP y del PSOE y, como señalé en una entrada anterior, justamente de eso no nos acaban de convencer. Podemos podría decepcionar a sus seguidores si cometiera el mismo error que UPyD y Ciudadanos: dar más importancia a los contenidos que al método y utilizar éste como un mero recurso pedagógico o propagandístico mediante el cual demostrar los axiomas que ya se aceptaban antes de aplicar el método. En otras palabras: Podemos corre el peligro de convertirse en un partido más (eso sí, de izquierdas) si se impone tanto su alma anticapitalista como su alma populista; de la misma manera que UPyD y Ciudadanos corren el peligro de convertirse en dos partidos más (eso sí, de centro), si siguen más preocupados por su escaparate programático que por el funcionamiento de sus tripas.

 Así pues, aquellos portavoces locales de Podemos tienen razón cuando dicen que lo fundamental es el método (la participación, la democracia, la movilización de los que no estaban movilizados) y no la ideología, el anticapitalismo, el populismo o la izquierda. Ellos quizá no han leído a Laclau, ni a Althusser, ni a Chantal Mouffe, ni a Gramsci, ni a Lacan ni a Derrida (o a lo mejor sí: vaya usted a saber). Pero han disuelto algunos dilemas viejunos sobre la viabilidad de la democracia participativa manejando los tuits y el whats up con unos dedos vertiginosos que son la envidia de los que tenemos más años; y han sabido conectar con la gente de la calle mejor que ninguno de esos políticos culturetas de izquierda que han intentado durante décadas, infructuosamente, explicarles a las masas las bondades del post-estructuralismo.

 Ojalá el alma democrática se imponga en Podemos al alma populista y al alma anticapitalista. Mi novia tiene más esperanzas que yo con respecto a esto. Quizá porque ella es de la Generación X y yo más bien pertenezco al Baby Boom, y los del Baby Boom somos pesimistas por buenas razones.

 Sería bueno para Podemos y para el país que acabara imponiéndose el alma democrática. Podemos podría recibir entonces el apoyo de gentes que no saben si quieren destruir el capitalismo o acabar con la globalización pero sí tienen claro que quieren encontrar puestos de trabajo para los jóvenes, reducir gastos estúpidos y privilegios irracionales, y echar a los políticos corruptos. Solo así podría Podemos superar el techo tradicional de IU y ser algo más que un partido que defiende los intereses de un bando.

 Seamos, por un momento, incluso más optimistas e imaginemos que el alma democrática se impusiera, en general, en los nuevos partidos y movimientos políticos (Equo, UPyD, Ciudadanos, Podemos) por encima de sus dogmas respectivos. Entonces podríamos aspirar a una política mucho más de abajo arriba, una política que escuche a la gente y busque soluciones libres de dogmas a los retos de un mundo cambiante; una política en la que no habría desaparecido la confrontación, en la que convivirían almas diversas, pero que tendría, al menos, alma.

 En cuanto a los viejos partidos, hace tiempo que vendieron su alma y lo mejor es que la marea se lleve pronto los cadáveres.

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