En defensa de los belgas

Cuando yo (in illo tempore) estudiaba en el instituto, los recursos pedagógicos que mis profesoras de francés aplicaban con mayor éxito eran las canciones de Moustaki y de Brassens y los chistes de los franceses sobre los belgas. Imagino (aunque no me consta) que también los holandeses tendrán un buen repertorio de chistes de belgas. Son cosas de vecinos. Los niños españoles, en cambio, no contábamos chistes de belgas, porque de los belgas nada sabíamos, pero nos ensañábamos con otros vecinos mediante aquellos chistes que empezaban con el consabido “van un francés, un inglés y un español…”. El español, claro, siempre les daba la lección a los otros. Aparentemente, no se sentía acomplejado por provenir de un país de emigrantes gobernado por un dictador decrépito: el español era mucho más listo que el francés y el inglés, a los cuales su superior renta per cápita no les libraba de llegar maltrechos al final del chiste.

Ahora, después de los atentados de Bruselas, algunos políticos franceses sacan pecho y vuelven a contar chistes de belgas, y muchos periodistas españoles les secundan con entusiasmo. Ahora los chascarrillos versan sobre las muchas y mal coordinadas policías belgas, sobre los miramientos, dizque excesivos, a la hora de detener a los sospechosos, sobre un gobierno poco eficaz y sobre servicios de inteligencia poco inteligentes. Los franceses, los británicos y los españoles también hemos sufrido atentados, mayores y antes que los belgas, pero solo los belgas parecen ser responsables, por chapuceros, de su desgracia.

He escuchado a una corresponsal española quejarse porque había viajado en tren a través de Bélgica sin que ningún policía registrara su mochila. Quizá esta corresponsal preferiría vivir en Israel, o en algún otro paraíso de la seguridad, y enseñar su mochila a la entrada de cada centro comercial y de cada campus universitario. Quizá los aeropuertos belgas deberían copiar los protocolos estadounidenses para el trato a los extranjeros en tránsito. Quizá los guardias belgas debería recibir un cursillo de los policías croatas de frontera (lo digo por experiencia). Quizá las pintorescas policías locales y regionales belgas deberían aprender de lo bien que siempre se han coordinado la Policía Nacional y la Guardia Civil. Quizá Felipe González debería instruir al gobierno belga sobre lo eficaz que puede ser la lucha antiterrorista cuando las leyes se imprimen sobre papel mojado.

La sociedad belga merece no solo nuestra solidaridad en estos trágicos momentos. También merece nuestro respeto, porque es una sociedad admirable en muchos aspectos. Es una sociedad más democrática, más próspera, más culta, más pacífica y más respetuosa con los derechos humanos que la mayoría. Es una sociedad que convive con un porcentaje de población extranjera mayor que en casi ningún otro país, y sin embargo la convivencia es allí mejor que en la mayoría de los lugares que acogen inmigrantes. Ciertamente, no es una sociedad perfecta, y parece que las administraciones belgas incluyen, como tantas otras, una cuota no despreciable de políticos incompetentes y cortos de miras. Pero no deberíamos pensar que el principal problema de la seguridad europea consiste en la falta de coordinación entre las policías locales de Gante y Charleroi. Más nos debería preocupar que la policía británica no se coordine bien con la francesa, que la CIA espíe al gobierno alemán, que cada servicio de seguridad de cada país europeo desconfíe del resto, que los gobiernos de la UE sean incapaces de diseñar una política de seguridad realmente común, y que algunos ciudadanos y políticos europeos piensen que la única estrategia eficaz contra el terrorismo incluye mano dura con los inmigrantes y grandes rebajas en derechos humanos.

Los atentados de Bruselas y el recuerdo de otros terribles crímenes del terrorismo yihadista deberían provocar una cesión inmediata de soberanías nacionales en Europa, una mayor coordinación de las policías y los servicios de inteligencia, la elaboración de una estrategia sólida de seguridad común y un rediseño de la arquitectura europea que permita garantizar el máximo de protección sin renunciar a las cuotas de libertad que los ciudadanos disfrutan en países como Bélgica. Sobre esto deberíamos estar debatiendo, pero se ve que a Manuel Valls y a otros les trae más cuenta echarle la culpa a los belgas.

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Acerca de Javier Rodríguez Alcázar

Soy profesor de filosofía moral y política en la Universidad de Granada. He escrito algunos ensayos de filosofía y una novela (El escolar brillante, publicada por Mondadori) con la que gané el Premio Jaén el año 2005. Tengo dos hijos, Mario y Gabriel, y una novia, Lilian, que también se dedica a la filosofía.

Publicado el 25/03/2016 en Política y etiquetado en , , , , , . Guarda el enlace permanente. 4 comentarios.

  1. jose antonio

    Muy acertado el planteamiento que realizas.

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  2. Me encanto tu artículo Paco. Yo ahora estoy en Colombia y por seguridad, te registran el bolso a la entrada de un centro comercial o para acceder a la Úniversidad, o a cualquier conjunto residencial. Te cachean exhaustivamente en los aeropuertos, incluso a los niños pequeños. Y sientes esa falta de libertad q mencionas al moverte.

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    • Gracias, Amalia, me alegro de saludarte. Sí, yo también he estado varias veces en Colombia, y tengo muchos amigos colombianos, pero efectivamente lo más desagradable de la experiencia allí es esa sensación en la que se mezcla la falta de libertad y de seguridad, y que se concreta en esos constantes controles y cacheos. Quizá allí no tenga más remedio que ser así, al menos hasta que se firmen acuerdos estables con las guerrillas, y es verdad que también aquí necesitamos estar protegidos. Pero quería recordar que la libertad tiene su precio, y la seguridad también, y que tenemos que pensar con cuidado sobre el equilibrio entre una y otra, en vez de reaccionar “en caliente”, como ocurre a veces frente a situaciones trágicas, reclamando seguridad a cualquier precio. ¡Un saludo!

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