La política, de abajo arriba

Hay muchas formas de clasificar y etiquetar las actitudes y las ideologías políticas. La más habitual consiste en distinguir entre las que son “de derechas” y las que son “de izquierdas”. Ahora bien, en nuestro complejo mundo esa taxonomía parece demasiado simple y hace muy difícil la respuesta a muchas preguntas. Verbigracia: ¿era más de izquierdas Mao o Gandhi?; ¿es más de derechas nacionalizar empresas, como hizo Franco, o privatizarlas, como hizo Margaret Thatcher?; ¿soy más de izquierdas si defiendo la existencia de televisiones públicas al servicio del gobierno, aunque el gobierno sea de derechas?; ¿me convierto en alguien de derechas si critico el gasto público ineficiente? Y, como estas, muchas más preguntas de dudosa respuesta.

Así pues, sería útil tener criterios algo más finos a la hora de ubicar a los partidos, a los programas y a uno mismo. Con ese propósito, algunos politólogos han propuesto que, en vez de situar las posiciones políticas a lo largo de una sola línea que va de izquierda a derecha, utilicemos las dos dimensiones de un plano, de la siguiente manera.

Primero, en lo que en mi escuela llamaban el eje de abscisas situamos a cada cual según justifique en mayor o menor medida la planificación colectiva de la economía: más a la izquierda cuanto más la justifique. En el eje de ordenadas, situamos las posiciones en función de su mayor o menor propensión al autoritarismo en la vida social: en un extremo, los defensores de un Estado autoritario, en el otro, los partidarios de la desaparición del Estado. La ubicación de cada cual resultaría de la combinación de las dos anteriores en lo que mis maestros llamaban un plano cartesiano.

Esta representación en dos dimensiones permite hilar más fino que la representación sobre una línea. Así, por ejemplo, un estalinista y un anarquista clásico, que quedarían igualmente a la izquierda según el eje de abscisas, ocuparían posiciones muy alejadas con respecto al de ordenadas.

A veces recomiendo a mis alumnos y a mis amigos que se sometan a un curioso test (“la brújula política”), diseñado hace ya algunos años. Éste permite, respondiendo unas cuantas preguntas, averiguar dónde cae uno mismo en ese mapa bidimensional. Los autores del test también especulan sobre dónde caerían distintos personajes históricos, de someterse al interrogatorio. Si los lectores de este blog quieren hacer ellos mismos la prueba, así como contemplar esa especulación sobre la ubicación de conocidos líderes políticos en el plano cartesiano, pueden encontrar ambas cosas aquí.

Ahora bien, ya va siendo hora de que la filosofía política se ponga ¡por fin! al nivel de la geometría euclídea y piense en tres dimensiones. Con esta finalidad, propongo que añadamos un tercer eje, vertical al plano, que ordene las actitudes políticas según su grado de apriorismo y dogmatismo: más arriba cuanto más inmunes a los hechos; más abajo cuanto más dispuestas a cambiar en función de lo que el tiempo y las circunstancias vayan enseñando. Los que se sitúan en la parte alta de este nuevo eje intentan practicar la política “de arriba abajo”, imponiendo a la vida política unos principios de validez universal y vigencia casi eterna. Los que nos situamos en la parte baja pretendemos, en cambio, aprender de la vida política de nuestro tiempo y de nuestro contexto, estamos dispuestos a dejarnos convencer por los argumentos y los datos, estamos abiertos a modificar las estrategias y hasta los principios, si con ello se consigue mejorar la práctica política. ¿Y en qué consiste mejorar la práctica política? En conseguir que la política sirva a los intereses y las necesidades de la gente, tal y como la propia gente los defina, y no a los objetivos que visionarios, filósofos, políticos o gurús de diverso pelaje se empeñen en imponer a sus prójimos.

Así pues, quienes entendemos la política “de abajo arriba” entendemos que esto significa dos cosas distintas pero relacionadas:

  1. En primer lugar, queremos dejar que sean los ciudadanos, los de abajo, quienes establezcan los objetivos de la acción política, en lugar de ser utilizados como mano de obra para realizar objetivos fijados por otros.
  2. En segundo lugar, creemos que la política consiste en averiguar los mejores medios para conseguir los objetivos de la gente, y eso es algo que se descubre empíricamente, aprendiendo de lo que ha ocurrido y de lo que ocurre, y no a priori. En esto, la política no es como la geometría euclídea ni, en general, como las matemáticas: no se trata de deducir a partir de axiomas, sino de inducir, trabajosamente, unas recetas que más o menos puedan funcionar durante algún tiempo, a partir de sucesivos ensayos y numerosos errores.

Ya estamos pertrechados teóricamente para practicar la reflexión política tridimensional. Por hoy lo dejamos aquí. En la próxima entrada rebatiré algunas acusaciones que podría recibir mi propuesta, como la de ser populista y la de ser tecnocrática. Además, como en todo manual de geometría que se precie, propondré algunas aplicaciones, ejemplos y ejercicios.

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Acerca de Javier Rodríguez Alcázar

Soy profesor de filosofía moral y política en la Universidad de Granada. He escrito algunos ensayos de filosofía y una novela (El escolar brillante, publicada por Mondadori) con la que gané el Premio Jaén el año 2005. Tengo dos hijos, Mario y Gabriel, y una novia, Lilian, que también se dedica a la filosofía.

Publicado el 31/03/2014 en Uncategorized y etiquetado en , , , , , . Guarda el enlace permanente. 7 comentarios.

  1. Luis Rodriguez

    Una vez más MAGISTRAL.

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  2. Más claro, imposible. Lo comparto. Saludos.

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  3. Muy interesante la propuesta tridimensional en la taxonomía ideológica. Espero con altas expectativas el debate de esas posibles críticas. Un saludo, profe.

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  4. Hola, Federico. Me alegra encontrarte entre los lectores del blog, y que lo leído te parezca interesante. Las ocupaciones de final de curso han retrasado la aparición de la siguiente entrada, pero está al caer. Un saludo.

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