Cosas que nunca pensé que haría: (y 3) recuperar, cómo decirlo…, cierta distancia con una opción política previamente apoyada

Continúo, por fin, con la tercera parte de la serie. He tardado; pero no por desidia, sino porque necesitaba realizar cierto trabajo de campo. Vuelto del campo, sigamos con los escritos. Esta entrada va a resultar poco filosófica y bastante autobiográfica, pero no esperen encontrar en ella detalles escabrosos.

Sobre Rosa Díez y la falta de tiempo

Ya conocen a Lilian Bermejo Luque, que a pesar de sus protestas aparecía reiteradamente mencionada en una entrada anterior como “mi novia”. Pues bien: hace algún tiempo, Lilian Bermejo Luque y yo pensamos que debíamos hacer algo con respecto a este país. Igual que, supongo, les ha pasado a otros muchos durante los últimos años, sentimos que los ciudadanos españoles estábamos permitiendo unos niveles de incompetencia y corrupción excesivos en nuestra clase política, y que no nos merecíamos unos dirigentes mejores si no estábamos dispuestos a mover un músculo para sustituirlos. Así que decidimos movilizar no uno, sino varios músculos, y también algunas vísceras para contribuir a que la situación cambiara.

Se nos ocurrió, entonces, ayudar en lo que pudiéramos a alguno de los partidos que intentan romper el monopolio de esos otros que han desprestigiado la política española durante las últimas décadas. Nos estudiamos los programas y, aunque no estábamos completamente de acuerdo con ninguno (¡filósofos teníamos que ser!) nos encontramos más cerca de UPyD que de ningún otro (a excepción de Ciutadans, pero Ciutadans era entonces un partido casi exclusivamente catalán y nos quedaba lejos).

Así pues, decidimos colaborar con UPyD. Ahora bien, ¿cómo? Los ricos pueden donar su dinero, los famosos pueden prestar su nombre y los palmeros pueden jalear las intervenciones de los líderes; pero nosotros no pertenecemos a ninguno de esos tres grupos. Se nos ocurrió entonces contribuir con “ideas”. Al fin y al cabo, los partidos que dominan la política española no parecen sobrados de buenas ideas, y en algo se tienen que distinguir, para mejor, los nuevos de los antiguos.

Ahora bien: uno contribuye con una idea si aporta justamente una que el otro (o la otra) no tiene. Para aplaudir las ideas aceptadas ya están los mencionados palmeros, que tanto abundan en las sedes de los partidos y en sus mítines, y ni Lilian Bermejo Luque ni yo tenemos esa vocación. Así pues, se nos ocurrió proponer a UPyD una idea que su portavoz nacional, Rosa Díez, no defiende, justamente porque defiende la contraria. No voy a explicar ahora en qué consistía nuestra idea, porque me alargaría demasiado, pero prometo contarla otro día.

No éramos, entonces, mucho más jóvenes que ahora; pero, según se ha visto, sí mucho más ingenuos: creíamos que si un partido defiende una idea equivocada, la mejor ayuda que se le puede ofrecer consiste en sacarlo de su error, y con ese espíritu escribimos a Rosa Díez. No teníamos, claro está, muchas esperanzas de convencerla, pero pensamos que, al menos, agradecería nuestro interés y se mostraría dispuesta a discutir con nosotros. Pues de los nuevos partidos uno espera mayor atención que de los antiguos a las propuestas de los ciudadanos.

Escribimos, pues, un correo electrónico a Rosa Díez con nuestra propuesta. Nos contestó un amable técnico del grupo parlamentario de UPyD, que agradecía nuestra sugerencia y anunciaba el traslado de la misma a la portavoz del grupo. Pero nunca recibimos respuesta alguna  por parte de dicha portavoz, ni de ningún colaborador suyo.

Algún lector o lectora estará pensando: “Ahí os llevasteis una cura de humildad, filósofos de pacotilla”. Pero no: la cura ya nos la habíamos aplicado antes. Ya sabíamos que ni Lilian es Simone de Beauvoir ni yo soy Jean-Paul Sartre (hechos ambos de los que me alegro, por varias razones), pero no esperábamos ser escuchados por ser filósofos, o profesores universitarios, ni en virtud de ningún otro título o mérito, sino en tanto que ciudadanos.  En una democracia, los políticos representan a los ciudadanos, y deberían estar dispuestos a escucharles. Pero se ve que eso resulta más difícil de lo que uno esperaría, incluso en aquellos partidos que presumen de su proximidad a la ciudadanía y pretenden diferenciarse de la vieja casta política.

Ahora bien, quizá Rosa Díez (o su colaborador) no habían contestado por falta de tiempo, o por un fallo en la transmisión de la propuesta. Así que Lilian insistió. Descubrió que Rosa Díez había publicado en su blog personal una entrada sobre, precisamente, el tema que queríamos discutir, y envió un comentario. El comentario fue publicado; lo cual es de agradecer, porque era un comentario crítico con la posición de Rosa Díez. La exposición de Lilian era, con todo, respetuosa y constructiva, aportaba argumentos sólidos y recibió el apoyo de algunos espontáneos visitantes del blog. Su contribución parecía haber conseguido lo que pretendía: provocar la deliberación sosegada sobre un asunto de interés público. Pero justamente cuando crecía el intercambio de pareceres sobre el particular y más interesante se tornaba la discusión, Rosa Díez (o quien gestione su  blog) decidió suprimir todos los comentarios, todos. Desde entonces la entrada sigue allí, pero sin comentarios.

Así que el problema no era la falta de tiempo; porque Rosa Díez, o alguien de su entorno, tuvo tiempo para permitir que aparecieran unos comentarios críticos con la posición oficial del partido mientras lo consideraron oportuno, y también tuvo tiempo para eliminarlos, todos ellos, cuando dejaron de hacer gracia. El problema parece, pues, otro: un cierto déficit de talante democrático. Pareciera que, igual que en los partidos que critica, en UPyD son bienvenidas las ideas solo si coinciden con las defendidas por su líder. Así que Lilian Bermejo Luque y un servidor llegamos a la conclusión de que en UPyD gentes como nosotros no pintábamos nada y decidimos terminar ahí nuestra incipiente colaboración.

Sobre Movimiento Ciudadano y el síndrome del fotógrafo

Cerrado el capítulo de UPyD, descubrimos que, a partir de Ciutadans, se estaba construyendo un proyecto para toda España llamado Movimiento Ciudadano. Ya expliqué en una entrada anterior (véase debajo) las razones por las que decidí firmar, junto con otras 50.000 personas, el Compromiso Ciudadano y mostrar públicamente mi apoyo a esta iniciativa.

Pero no paró ahí la cosa. Lilian y yo decidimos realizar algún estudio de campo y, de resultar este satisfactorio, manifestar nuestro apoyo de manera más física y presencial. Así que viajamos hasta Sevilla el pasado 18 de enero para asistir al acto de presentación en Andalucía de Movimiento Ciudadano. Para un servidor, acudir a ese tipo de reuniones no es, ni mucho menos, una acción rutinaria. Mi experiencia previa tuvo lugar a mediados de los ochenta (sí: hablamos del siglo pasado), cuando asistí a un mitin de Julio Anguita. Luego dejé de ir a esas cosas; y no por culpa de Anguita, que es un gran orador, sino por las mismas razones por las que no voy a los campos de fútbol: si de lo que se trata es de ver el partido, se ve mejor por la tele; y si de lo que se trata es de animar, hay hinchas mucho más entusiastas.

Volviendo a lo de Sevilla, ¿qué nos encontramos? Ante todo, mucha gente llegada desde muchos lugares de Andalucía (los organizadores dijeron que había en la sala unas 1.400 personas). Parecían, en general, ciudadanos sin experiencia política previa, que seguramente se habían tomado la molestia de ir hasta allí porque querían, sincera y desinteresadamente, cambiar la política española y contribuir a la mejora del país: una gente, en definitiva, que sería lamentable decepcionar. También nos encontramos un acto bien organizado, una escenografía cuidada, una puesta en escena impecable y unos discursos de nivel aceptable entre los que destacó, como de costumbre, la elocuencia de ese gran comunicador que es Albert Rivera.

Ahora bien, no todo lo que vimos y oímos nos gustó, y voy explicar por qué.

No sé si habrán estado ustedes en una de esas bodas en las que manda el fotógrafo.  En esas bodas, el fotógrafo ordena lo que tiene que hacer cada cual, dónde tiene que ponerse y junto a quién, cuándo habla el padrino y cuándo bailan y se besan los novios. Cuando manda el fotógrafo, no importan ni el cariño de los que se casan, ni la emoción de sus progenitores, ni la diversión de los amigos: basta con que la cámara registre para el futuro, en foto o en vídeo, una apariencia de cariño, emoción y diversión que casi siempre parece falsa.

Pues bien: el acto de Sevilla daba la impresión de haber sido organizado por el fotógrafo, y por eso el vídeo quedó bien, como cualquiera puede comprobar si lo busca en Internet. Pero el fotógrafo no cayó en ciertas contradicciones entre lo que se mostró en el acto y el contenido del proyecto político, quizá porque no es obligación del fotógrafo entender los mensajes que graba.

Nos sorprendió, para empezar, que la atención a los asistentes no estuviera en manos de voluntarios, como uno esperaría de un auténtico movimiento ciudadano, sino de un grupo de azafatas de congresos a las que habían uniformado con minifaldas y escote, a pesar del frío invernal: como en una de esas convenciones de empresa en Las Vegas.

A continuación nos desconcertó que los ciudadanos que leyeron públicamente el Compromiso no fueran presentados por su nombre, a diferencia de las figuras mediáticas que arropan a Albert Rivera en estos actos: Javier Nart, Juan Carlos Girauta, Carolina Punset, Luis Salvador y algunos más. ¿Están acaso llamados los ciudadanos a participar en este movimiento como receptores o figurantes y no como agentes activos? ¿Cuál es la diferencia, entonces, con los grandes partidos que alientan sin rubor el culto de las masas a sus líderes?

En tercer lugar, saltaba a la vista la gran cantidad de asientos reservados en las primeras filas. ¿Reservados para quién? Unos pocos para Albert Rivera y algunos dirigentes de Ciutadans, lo cual es razonable: Albert entra el último en la sala, por mor de la escenografía, y quedaría feo que tuviera que sentarse en las escaleras. Pero ¿y el resto de las filas? Solo sabemos, porque lo dijeron públicamente los presentadores del acto, que allí se sentaban, entre otros, los hermanos mayores de varias cofradías. Esto resulta, de nuevo, sorprendente. Como es natural, no nos pareció mal que estas personas estuvieran presentes: ojalá hubieran acudido las cofradías enteras, y los músicos de todas las bandas de Sevilla, los monosabios de la Maestranza y los aparcacoches de Triana. Ahora bien, habiéndose declarado Ciutadans, la matriz de Movimiento Ciudadano, un partido laico y partidario de la estricta separación entre las confesiones y el Estado, resulta contradictorio conceder un tratamiento especial a ciertas personas únicamente en virtud de sus cargos en unas instituciones religiosas.

Lilian Bermejo Luque y yo regresamos, pues, de Sevilla, un tanto decepcionados, pero decididos, de nuevo, a contribuir con nuestras “ideas” a un proyecto político que nos seguía pareciendo interesante. Volvimos a sentarnos, pues, frente al ordenador y escribimos un mensaje, dirigido a Albert Rivera y a otros dirigentes de Ciutadans, en el que indicábamos los errores que, a nuestro juicio, se habían producido en la presentación sevillana de Movimiento Ciudadano. A las cuestiones mencionadas añadíamos alguna observación más, verbigracia: ¿qué imagen transmite Albert Rivera en este vídeo, en el que lo vemos tomar notas en el asiento de atrás de lo que parece un coche oficial, mientras alguien conduce por él?

Redactado el escrito, lo enviamos a sus destinatarios. Escarmentados por la experiencia con  Rosa Díez, esta vez no nos contentamos con remitir la carta a un solo dirigente, sino que escribimos a seis miembros del Comité Ejecutivo de Ciutadans, incluido su Presidente. Solo recibimos, de forma semejante a lo ocurrido con el grupo parlamentario de UPyD, un escueto acuse de recibo y la indicación de que se daba traslado de nuestro escrito al gabinete de presidencia. No hemos sabido nada más. ¿Compartirán Ciutadans y UPyD ese agujero negro al que sus técnicos reenvían las propuestas de la gente de la calle?

Más tarde hemos recibido, como todo el mundo, nuevas noticias de Ciutadans. Hemos sabido que el pasado 22 de febrero se celebraron las primarias para elegir a quienes encabezarán la lista para las elecciones europeas. Han participado el 23% de los militantes y han resultado elegidos, para los tres primeros puestos, Javier Nart, Juan Carlos Girauta y Carolina Punset, los tres candidatos previamente propuestos por la dirección del partido.

Está bien que los partidos celebren primarias, pero experiencias recientes como la elección de Susana Díez como secretaria general del PSOE-A demuestran que las primarias no siempre garantizan la calidad democrática de las organizaciones. En el caso de Ciutadans, la voluntad de convertirse en un genuino movimiento ciudadano nacional habría sido más creíble si las primarias se hubieran abierto a los 50.000 firmantes del Compromiso Ciudadano, y si se hubiera favorecido la confrontación real entre candidatos con verdaderas posibilidades de ganar, a la manera de las primarias de los partidos Demócrata y Republicano en EE.UU. Dada la forma en que se ha llevado a cabo el proceso, y el escaso entusiasmo que ha despertado entre los militantes, Ciutadans ha conseguido transmitir con sus primarias la misma imagen que UPyD: la imagen de partidos que no quieren militantes sino seguidores, que no quieren personas que cuestionen los programas y envíen propuestas, sino gente que jalee a los líderes y reenvíe las convocatorias y los lemas a través de las redes sociales. Quieren bocas y orejas que transmitan las virtudes del producto que se vende, sin poner en cuestión el producto mismo. Ahora bien, todo esto ya lo hacían, con la eficacia que proporciona la experiencia, los partidos de toda la vida. Difícilmente llegarán muy lejos los nuevos partidos si han de convencernos de que van a hacer mejor que los viejos lo mismo que aquéllos ya hacían. Y la promesa de hacer algo nuevo parece quedarse solo en eso: en una promesa.

Movimiento Ciudadano tiene aún una oportunidad para recuperar su credibilidad ante quienes, como yo mismo, nos hemos sentido decepcionados por el comportamiento de sus estrategas durante los últimos meses. Recientemente, los firmantes del Compromiso Ciudadano hemos recibido el anuncio de que a finales de este mes de marzo comenzará un proceso participativo en el que podremos contribuir al desarrollo de las cinco reformas propuestas en el Compromiso. ¿Será, por fin, el momento de empezar a construir un movimiento de abajo arriba,  con participación real de la gente? ¿O será una mera estrategia de marketing de cara a las elecciones europeas? Ojalá sea lo primero, porque el país necesita un movimiento de regeneración democrática real, y no una mera fachada. Pero todo se arruinará de nuevo si la organización de ese proceso queda otra vez en manos del fotógrafo.

Acerca de Javier Rodríguez Alcázar

Soy profesor de filosofía moral y política en la Universidad de Granada. He escrito algunos ensayos de filosofía y una novela (El escolar brillante, publicada por Mondadori) con la que gané el Premio Jaén el año 2005. Tengo dos hijos, Mario y Gabriel, y una novia, Lilian, que también se dedica a la filosofía.

Publicado el 02/03/2014 en Uncategorized y etiquetado en , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 7 comentarios.

  1. Bueno, a ciudadanos le queda un largo camino por recorrer, necesita al igual que Vox, hacerse oír, (hecerse un espacio en lo medios es vital, y èsto es un camino casi imposible)ser lo más transparente posibles y saber pelear el voto con inteligencia.Las personas que citas, Girauta, Nart, Rivera,son personas, bajo mi punto de vista, de una moralidad y ética más que probada.

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    • Gracias, Federico. No pongo en cuestión la moralidad de estas personas, a quienes no conozco lo suficiente. No les doy un cheque en blanco, porque ya estamos bastante escarmentados, pero tampoco tengo por qué desconfiar de ellos a priori. El problema no es de confianza personal, sino de procedimiento y organización de los partidos. Mayor transparencia y mayor apertura a la participación serían deseables en todos ellos, pero es aún más irrenunciable en el caso de Ciutadans y Movimiento Ciudadano. La razón es que, frente a partidos como UPyD y Vox, más claramente definidos por sus pronunciamientos ideológicos, Ciutadans y el Movimiento Ciudadano ofrecen cierta indefinición ideológica, y esto puede verse como un defecto, pero también como una virtud si se entiende que responde a una voluntad de dejar que sean sus militantes y simpatizantes los que, desde abajo, vayan construyendo las ideas y determinando los posicionamientos del partido o del movimiento. Ahora bien, si la participación es tan limitada como en otros, si el funcionamiento orgánico acaba siendo tan deficiente como el de los demás, ¿qué atractivo puede ofrecer Movimiento Ciudadano frente, por ejemplo, UPyD, cuyas posiciones ante cualquier asunto están bastante fijadas, para bien o para mal? (No tomo como referente a VOX, pues considero que la distancia ideológica entre VOX y Movimiento Ciudadano es mucho mayor que la que existe entre éste y UPyD, o eso me gustaría pensar…).

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  2. Abogo por la definició ideológica desde el principio, si bien es cierto que el hecho de cambiar las cosas desde dentro es más que positivo, al a par de quijotesco.Estos partidos acaban de nacer, habrá que ver como evolucionan.Pero porfvor, nada de populismos, que nos e latinoamericanice el país.Estoy leyendo el “Fin de la Historia” de F.Fuhuyama, quizá deba leerlo algún político de ocasión, en fin, a ver que pasa….

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    • Cierto grado de definición ideológica es inevitable y necesaria, porque hay que optar por unos fines u otros de la acción política, y no todos los fines son compatibles, ni lo son todas las posibles formas de priorizarlos. Así que no creo ni en el “crepúsculo de las ideologías”, por utilizar la añeja expresión de Gonzalo Fernández de la Mora, ni en el “fin de la historia” del que habla Fukuyama. Ahora bien, la política es, en buena medida, una ocupación empírica en la que es necesario rectificar las estrategias como resultas de nueva información o mejores teorías, y también tener en cuenta los cambiantes deseos de la gente.
      Es verdad que un planteamiento aposteriorista y no dogmático como el que acabo de describir corre el peligro de ser confundido con el populismo, pero es muy diferente. Los populismos no se han caracterizado por abrir auténticos cauces de participación democrática, con objeto de acompasar la praxis política a las necesidades de los ciudadanos. Más bien han buscado reclutar el apoyo de la población en torno a alguna idea simple (contra el imperialismo yanqui, por la justicia social, por la dignidad nacional, contra la corrupción…) para luego completar el resto del programa sin contar con el pueblo, aunque usándolo como coartada.
      Ciutadans y el Movimiento Ciudadano han nacido y se presentan como una alternativa participativa, pero no populista, a los partidos predominantes en España. He querido advertir del peligro, sugerido por algunas de sus últimas actuaciones, de que la participación real se vaya reduciendo para dejar paso al populismo.

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