Cosas que nunca pensé que haría: (2) apoyar públicamente una opción política

Voy a justificar la segunda de las tres cosas que nunca había hecho y que voy a hacer a comienzos de este 2014. Esa segunda cosa es apoyar una opción política concreta: Movimiento Ciudadano.

¿Por qué no seguir teorizando por encima (o por debajo) del bien y del mal? Esto es lo que solemos hacer los filósofos, y generalmente nadie se mete con nosotros. Los colegas podemos disputar con fiereza a cuenta de si uno debe ser deontologista o consecuencialista, humanista o estructuralista, analítico o continental; pero a la mayoría de la gente todo eso le trae sin cuidado. Si un filósofo dice que defiende el deontologismo nadie se va a molestar; ante algunos quedará, incluso, revestido de cierto halo de misterio, como cuando los curas decían misa de espaldas y en latín. Pero si el filósofo en cuestión se atreve a apoyar a un partido puede estar labrando su ruina.

Por ejemplo, el talento de Heidegger sería más unánimemente reconocido si no hubiera apoyado al partido nazi; y Foucault parecía un tipo sutil hasta que defendió al ayatolá Jomeini en unos artículos que escribió en el Corriere della Sera. Algunos pudieron pensar, en ambos casos: “éste parecía más listo cuando no entendíamos lo que decía”. La misma decepción que cuando tradujeron las misas del latín y vistieron a los curas de paisano.

Mi madre me suele aconsejar que no me signifique políticamente (repárese en lo añejo de la expresión). Esto es comprensible: las madres se preocupan por el bienestar de sus hijos, y ella no cree que yo vaya a ganar nada apoyando a un partido. Yo tampoco lo creo. Más bien creo que si uno defiende a un grupo político se arriesga a que le atribuyan lo peor que se pueda atribuir a ese grupo, o lo peor que haya dicho el más inepto de sus miembros.

Sin embargo, creo que hoy día en España nadie debería mirar para otro lado y pensar únicamente en su buena imagen. Muchos estamos convencidos de que si la última crisis económica ha afectado más a nuestro país que a otros ha sido en parte porque nuestros dirigentes no han estado a la altura y siguen sin estarlo. Los dos partidos que se han alternado en el poder durante los últimos años han tolerado, en todos los niveles de la vida pública, unos grados de corrupción inaceptables; han hecho todo lo posible por limitar la independencia judicial y destruir la separación de poderes; han abusado del indulto para proteger a sus amigos y aliados; mantienen, con el dinero de todos, televisiones y radios públicas que, lejos de servir al interés común, se utilizan como instrumentos de propaganda; han recortado donde menos había que recortar y han despilfarrado donde no era necesario gastar; han entorpecido la eficacia de la administración, condicionando el trabajo de funcionarios y técnicos con criterios partidistas; han multiplicado los organismos públicos y los han utilizado para recompensar a sus respectivas clientelas y cuadros. Y no sigo porque, según los expertos, las entradas de los blogs deben ser breves.

Pero basta lo dicho para concluir que es urgente una regeneración de la política española. Es imprescindible que los ciudadanos forcemos un cambio en el comportamiento de nuestros partidos, y si los principales partidos se resisten a cambiar, es necesario que los reemplacemos por otros. Es el momento de romper el oligopolio político, el reparto del poder entre dos grandes partidos nacionales cada vez más parecidos en su funcionamiento y algunos partidos nacionalistas guiados por intereses demasiado particulares. Unos y otros se han beneficiado de una ley electoral injusta y han conseguido cuotas de poder mayores que las que los ciudadanos les hemos concedido.

Ahora bien, ¿tenemos alternativa? Durante algún tiempo he llegado a creer que la única opción política decente en España era quemarse a lo bonzo.

Hay, sí, movimientos sociales bienintencionados que mantienen viva la referencia a unos valores (la participación, la transparencia, la justicia) excesivamente ausentes de nuestra vida política. Esos movimientos son valiosos porque nos recuerdan la distancia que hay entre cómo son las cosas y cómo deberían ser; pero no han conseguido construir una alternativa política viable a lo que hay, ni parecen capacitados para gestionar las instituciones del Estado.

Hay también algunos partidos minoritarios que han crecido durante los últimos años y que se han ganado el apoyo de muchos descontentos. Yo me felicito por ese crecimiento, pero tengo algunos problemas con esos partidos. El principal es que están definidos por ciertos dogmas que, según parece, deberían aceptar todos sus miembros, quedando el debate interno reducido a los detalles y las tácticas. Yo, en cambio, creo que las propuestas políticas deben revisarse y discutirse constantemente, que las verdades políticas solo se descubren, cuando se descubren, a posteriori, y que la política es el arte de averiguar los mejores medios para satisfacer las necesidades y los intereses de los ciudadanos.

Llevo años dedicándome a la filosofía y todavía no conozco ningún filósofo con el que esté completamente de acuerdo. Esto es muy normal entre filósofos, pero no tanto en los partidos políticos al uso. Por eso me temo que en cualquiera de ellos pronto tendría que elegir entre callar, fingir o marcharme. En cambio, en el Movimiento Ciudadano he encontrado unas pocas ideas básicas con las que estoy de acuerdo y una invitación a construir entre todos el programa. Los críticos dirán que, en estos momentos, Movimiento Ciudadano se parece más al ejército de Pancho Villa que a un partido, y que su programa político está en gran medida por definir. Pero yo prefiero entrar a discutir ese programa que encontrármelo hecho. También prefiero que esté por decidir qué se va a hacer (qué vamos a hacer) con este proyecto, y que por ahora no se parezca demasiado a los partidos que conocemos.

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Acerca de Javier Rodríguez Alcázar

Soy profesor de filosofía moral y política en la Universidad de Granada. He escrito algunos ensayos de filosofía y una novela (El escolar brillante, publicada por Mondadori) con la que gané el Premio Jaén el año 2005. Tengo dos hijos, Mario y Gabriel, y una novia, Lilian, que también se dedica a la filosofía.

Publicado el 11/01/2014 en Política y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. 3 comentarios.

  1. Yacoun Chebbi Marchante

    Estoy de acuerdo con todo excepto en el asunto de que debemos hacer cambiar a nuestros políticos. En principio y desde un punto de vista abierto esa sería la solución, pero en mi opinión el problema se traslada a algo mucha mas primitivo. Nuestros políticos se han criado en un sistema que intento adaptar ciertos domas de la dictadura franquista a la legislación y tambien a nivel judicial. Pero a lo que me refiero es a algo mucho mas primitivo aún ¿Cómo podemos esperar que nuestros políticos cambien si el sistema está podrido desde su base? Queremos cambiar la punta de la piramide por una mas nueva y bonita pero sin cambiar los cimientos que harán que la infraestructura se venga abajo. Una España en la que los ciudadanos de a pie aceptamos algunos pagos “en negro” y somos participes en asuntos de corrupción menores, que aunque consideremos de poca importancia, en proporción son del mismo tamaño muchas veces que las tan delicadas tramas que la clase política lleva acabo y que hoy día salen a la luz.

    Espero que este “pequeño” rapapolvo a nuestra sociedad sea de buen gusto, aunque me hace pensar que el bachiller me esta afectando demasiado a mi salud mental… Jajajaja

    Ánimo en tus participaiones políticas, mejor nos iría si mas gente intentase tomar cartas en asunto.

    ¡Un fuerte abrazo!

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    • Yacoun, gracias por tu comentario y enhorabuena por haber sobrevivido a la ESO. Estoy de acuerdo contigo en que no podemos culpar a los políticos profesionales de todos los males, y que la clase política no es el único problema de una sociedad como la española. Pero tampoco me quiero resignar con el dictum pesimista de que “tenemos los políticos que nos merecemos”. No creo que haya que elegir entre empezar a cambiar el comportamiento de los políticos profesionales o la cultura política de la gente. Con seguridad hay que cambiar las dos cosas y no es posible que una acabe de cambiar si no lo hace la otra. Quienes estemos convencidos de que hay que introducir cambios deberíamos preguntarnos a qué nivel podemos contribuir cada uno y cada una.

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  1. Pingback: El centro descentrado | De abajo arriba

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